El viernes fui al teatro con una mujer guapa e inteligente cuyo nombre guardaré, de manera egoísta, en el anonimato. La obra no me gustó, pero tampoco diré el título porque pues ni que fuera crítico de teatro —aunque, debo aclarar, sí hubo cosas muy rescatables de la puesta.

Ella, la mujer guapa e inteligente, suele ser cuidadosa a la hora de escoger las palabras que salen de su boca. Cuando habla, se le ve que en su cabeza repasa su vasto vocabulario para encontrar la palabra más cercana a lo que quiere decir en lugar de agarrar la primera que le pasa por la mente. Esa labor, yo como su interlocutor, la agradezco por dos razones: la primera, porque suele pronunciar palabras improbables (hablo de adjetivos como ‘ulterior’ o verbos como ‘esgrimir’, que son palabras conocidas, pero poco probable que utilicemos en una conversación coloquial), lo cual me causa gracia y goce; y la segunda, porque es más precisa y es más fácil entender lo que me quiere decir.

No recuerdo bien cómo, antes de entrar al foro, empezamos a hablar de las palabras domingueras, de esas palabras pedantes que uno usa para apantallar, aunque haya otras más coloquiales que usamos más seguido. No concluimos nada al respecto.

Apenas empezando la obra, el personaje principal utiliza la palabra ‘pitos’ (así, en plural), lo que detonó de inmediato la risa del respetable. Y aquí me detengo para usar esa palabra como ejemplo. Si el personaje hubiera querido usar una palabra dominguera, habría dicho ‘falos’. Hubiera podido sobreactuar, poner su vista en lontananza, y decir ‘falos’. Y el respetable no se hubiera reído, al contrario, es probable que el público hubiera puesto cara de circunstancia y pensara en la inteligencia (así, en abstracto). También, el personaje hubiera podido utilizar otra palabra, por ejemplo, ‘vergas’, y la reacción hubiera sido otra (sin duda, más de uno se hubiera sentido incómodo).

Así de cabrón es el lenguaje.

Las tres palabras, en el contexto mencionado, hubieran remitido al público al mismo sitio, al mismo significado, pero no habrían generado la misma reacción.

Entonces, me pregunto, dónde guardan las palabras su significado.

Por eso agradezco a la mujer guapa e inteligente el empeño que pone al escoger sus palabras.

Cerca del final de la obra, el mismo personaje principal que usó la palabra ‘pitos’ para detonar la risa del respetable, ya en un tono mucho más serio, dijo algo así como: “La vida es la sucia espuma del drenaje”. El público puso cara de circunstancia y se sintió inteligente (así, en abstracto), como el personaje principal. Pero qué habría pasado si la frase hubiera sido: “La vida es lo que sobresale de la mierda sobre la que estamos parados”.

Lo mismo, ¿o no?

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