Waldorf & Statler, no hay mucho más que decir.

En la gloriosa década de los setenta, cada domingo religiosamente (nunca mejor aplicado el adverbio) pasaban por la tele un programa llamado The Muppet Show. Yo era niño y no me lo perdía.

Estoy seguro que todos, hasta quienes no han visto ese programa, conocen a los personajes que lo protagonizaban. Empezando por René y Piggy, la rana y la cerdita —al amigo verde algunos lo conocerán como Gustavo o Kermit, y ahora es muy famoso en memes—, además estaban Gonzo, Animal, el chef sueco, Beaker y un largo, largo etcétera.

El programa trataba sobre estas marionetas, los Muppets, que producían y presentaban semanalmente un espectáculo de revista en un teatro, y nos enterábamos de todos los entresijos de estos artistas tras bambalinas y en el escenario. Entre el público del teatro siempre había dos viejitos en un balcón —el mejor lugar—, quienes lo único que hacían era criticar el espectáculo y a los artistas. Y, hay que decirlo, era lo mejor del programa (y el programa era bueno).

El señor Waldorf y el señor Statler no se perdían una sola función de los Muppets y, sin embargo, tenían una opinión adversa de casi todos los actos presentados. Cuando reconocían, alguno de los dos, que algo les había gustado, el otro asumía de inmediato que estaba enfermo o tenía algún problema relacionado con su vejez (senilidad, falta de vista, falta de oído, etcétera). Y lo mejor, lo mejor de todo, es que no paraban de criticar, todo el tiempo, como tampoco paraban de reír. Con un maravilloso y oscuro sentido del humor, ellos son el mejor role model que podría encontrar.

Waldorf y Statler en el siglo XXI.

¿Por qué eres tan hater?, me preguntan de vez en cuando. Antes de escuchar mi respuesta —porque claro, era una pregunta retórica—, suelen empezar a argumentar cómo ese odio lo único que provoca es que se multiplique la infelicidad y forma, inevitablemente, una espiral parabólica hacia la oscuridad, la amargura, el odio y la infelicidad. Cuando terminan su exposición suelen dedicarme una mirada, que supongo es como la que le dedicarían a alguien en su lecho de muerte.

Yo discrepo cordialmente. Creo que cada quien enfrenta al mundo como puede y como mejor le dé resultado. En lo personal, mi cualidad de jeiter funciona como una válvula de escape. De otra manera, el odio se quedaría encerrado y eso sí que sería una debacle, sería trágico.

Dicho en términos más jipis tengo que sacar de mí la mala vibra para que no se me eche a perder. Yo sé, todos esos seres de luz que hay en el mundo (que, al menos en tuiter, son un chingo), seguirán convencidos de que mi método es una receta para el fracaso. Ni modo. Para todos ellos, pues nada, siempre puedo ponerme lentes oscuros y mandarlos al carajo.

El lugar donde pertenecemos

Aquí, una compilación de las participaciones de Waldorf & Statler en el show.

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