La gente le llama pereza, pero nada más alejado de la realidad. Bueno, es cierto, no lo llaman pereza, más bien le dicen hueva o flojera. Fiaca, igual que pereza, ya es una palabra muy sofisticada. Pero de cualquier forma, no se trata de eso.

Me han acusado de perezoso en un sinnúmero de ocasiones, y quizá, alguna vez, sí lo he sido, pero no se trata de eso a la hora de procrastinar. La pereza no tiene nada que ver.

La palabra significa, según el DRAE, diferir o aplazar. La raíz latina hasta especifica para cuando se posterga la obligación: mañana. La traducción literal podría ser “dejar para mañana”. La gente eficiente, en general, no entiende este acto, y lo achaca a la pereza, al desinterés, al valemadrismo, pero no. Hay, en realidad, diversos estudios que asocian la procrastinación con un problema psicológico. Exactamente como cuando alguien come al sentirse ansioso y poco tiene que ver con la gula.

La procrastinación es la digresión del discurso. Es el camino largo, pues. El problema real es que quienes la padecemos no sabemos, no nos enteramos de cuándo toma el control. Así, estaba yo escribiendo este texto y sin darme cuenta me descubrí revisando mapas actuales de Europa Oriental para ver qué países circundaban Serbia, siendo que no tengo planeado un viaje ni hay nada que me vincule con aquel país; sólo me entró curiosidad y divagué.

Pero no importa mi intención. Luego de escribir el pasaje serbio, pensé que esto sería más o menos como marear a la perdiz y entonces investigué. La frase, por más coloquial que sea, tiene un origen cinegético. Así se caza perdices, primero se les marea y cuando se cansan, se les caza. Pareciera, supongo, que los cazadores están procrastinando al andar por ahí mareando al ave, en lugar de cazarla de una, pero es necesario cansar a estas aves, dicen. Así yo, estoy mareando a la perdiz en lugar de escribir el texto e irme a descansar porque estoy enfermo. Algo comí el sábado, seguramente mucho queso (fue una pizza) y se me alebrestó una colitis que me ataca de pronto. Tengo que padecer, mientras escribo, espasmos en el intestino que duelen como una hostia. Así, paré la narrativa para descubrir que lo más recomendable es que me haga una dieta blanda con ciertas verduras, por ejemplo zanahoria, chayote, y debo evitar el brócoli, la lechuga y la calabaza. Así que apenas termine de escribir este texto me iré con mis espasmos intestinales al súper a comprar un pollo, zanahorias y chayotes para hacer un caldo. Qué más me queda.

De pronto, hago consciencia y me doy cuenta que estoy en mi cama acostado. No recuerdo en qué momento decidí irme a acostar, entonces tengo que hacer memoria. Creo que estaba escribiendo sobre mis espasmos intestinales cuando me atacó uno, así que preferí evitar la mala postura en la silla y recostarme para que se me quitara el dolor. Ya se había quitado, pero me quedé viendo la televisión.

Y me pregunto, al final de cuentas, cómo serán las perdices: perdizSon aves rechonchas que, sin embargo, no harían un platillo generoso porque son chicas. Alguna vez, recuerdo, comí perdiz a la vinagreta. Sabía a pollo, pero más chico. En el libro Como agua para chocolate, escrito por Laura Esquivel, Tita, el personaje principal, prepara unas perdices en pétalos de rosa que le provocan a su hermana Gertrudis (¿así se llamaba?) un deseo sexual incontrolable y acaba escapándose con un villista a galope, ella a horcajadas sobre el tipo (al menos esa era la imagen de la película, no recuerdo si así lo especificaba Esquivel en la novela). Me pregunto si habrán mareado a esas perdices antes de torcerles el pescuezo para hornearlas con pétalos de rosa.

El punto, al final, es que la procrastinación es más un síndrome de orígenes psicológicos que nos ataca a ciertas personas. Y nada tiene que ver con la pereza, fiaca, hueva o flojera, sino con la incapacidad de enfocarnos en una sola tarea en un momento específico. Un buen amigo bautizó este estado como el Síndrome del Ángel Exterminador. Porque es exactamente eso: No es que no queramos irnos de la fiesta, sino que se nos atraviesa un rebaño de cabras por el salón y nos quedamos.

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