Mientras escribo esto, mi gata está sentada en el suelo a un metro de distancia limpiándose su garra derecha. La lame, la ve, la vuelve a lamer y la vuelve a ver. Luego se pasa esa garra por la cara. Un procedimiento normal, digamos, de aseo matutino.

Mi gata llegó a casa hace casi trece años. Una cachorrita de apenas un mes que tenía frío y miedo. Al poco tiempo empezó a maullar, a maullar para todo. Y desde entonces le gusta mantener conversaciones largas y acaloradas. Ella maúlla y yo le contesto; a veces, sólo por jugar, mi respuesta es un sonido con el que intento simular otro maullido y así podemos conversar un buen rato. Sin embargo, hay ocasiones que no tengo ganas de seguirle el juego y le respondo en español, y no importa, aún así ella vuelve a increparme con sus maullidos. En otros momentos, cuando no tengo ganas de conversar, me robo una línea de la película The Big Lebowski, y le grito: “Shut the fuck up, Donny!”. Ella hace caso omiso y sigue maullando.

Hace unos años me fui a vivir fuera. Yo no quería viajar con la gata, por mera comodidad, pero mi hermana me obligó a llevarme al felino. En total, nos mudamos, la gata y yo, tres veces de ciudad (con respectivos vuelos en avión) en cinco años para acabar de vuelta en el DF. Por supuesto, en cada viaje, la gata externó su incomodidad y descontento mediante maullidos estentóreos.

En el aeropuerto internacional de Houston, donde hicimos una conexión, un tipo de seguridad me dijo que debía revisar la transportadora donde viajaba el gato, la cual tenía yo resguardada con una toalla. Al descubrir la jaula, mi gata empezó a maullar con más fuerza. La perorata no era amigable y afortunadamente el depositario del odio del felino fue el agente de seguridad (en realidad era yo, pero el tipo estaba enfrente). Un poco nervioso, el agente me dijo que tenía que sacar al gato para que él pudiera revisar la transportadora. La gata seguía vociferando los peores maullidos que le he oído, así que sólo atiné a decir: “Ok. At your own risk. I am not cleaning up the mess”. No sé si fue mi amenaza o la de la gata, que estaba visiblemente encabronada, pero el agente me dio luz verde sin tener que revisar la transportadora. Unas horas después, llegamos a Nueva York en medio de una terrible tormenta de nieve. El aire frío se colaba por la jaula y la gata seguía molesta. Me subí a un taxi y el taxista, un paquistaní, decidió ignorarme después de que le diera la dirección a la que íbamos y todo el viaje, desde LaGuardia hasta el East Village, sostuvo un largo diálogo con la gata que desde la jaula seguía externando su incomodidad. Él hablaba indistintamente en urdu (supongo) e inglés, y el felino respondía. Yo no le entendía al taxista ni media palabra, pero por el tono del gato, hablaban de mí. Y por supuesto, no quedé bien parado en esa conversación. Al bajarme del taxi, el nuevo amigo de mi gata, me dijo que la cuidara bien. Noté, en su recomendación, los reclamos del felino.

Hace no mucho circuló un video en redes de una serie llamada Science of Us, que hace la New York Magazine, precisamente, sobre el maullido de los gatos y según los estudios consultados, cada gato tiene un maullido particular diseñado para que su dueño lo entienda. Es decir, lo felinos no maúllan por maullar, sino que se comunican de manera específica con sus humanos. Esto no es noticia para cualquier persona que tenga un gato. Sabemos, gracias a la repetición constante e incriminatoria, cuando el felino quiere comida, agua o atención.

Así, cuando me entero que un gato escapó de casa, tiendo a pensar que es porque sus dueños no entendían lo que les decía. Los gatos tienen poca tolerancia a los humanos y si no tienen la capacidad de entenderles, pues supongo que no encuentran ningún motivo para quedarse.

Quizá la excepción sea la mía, que trece años después sigue tolerando mi torpeza —digo esto mientras me maúlla algún reclamo bajo el escritorio. A pesar de todo, me tiene paciencia.

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