Cuando era niño no entendía bien la frase Fasten your seatbelts (conocía su significado, pero no la entendía bien). Relacionaba la palabra fasten con rápido (Fast), entonces, en mi lógica inocente, decía, pues claro, vamos rápido, pues hay que abrocharse el cinturón, pero no me quedaba claro de dónde se sacaban el verbo correcto.

Años después, impulsado por esa curiosidad infantil, fui y averigüé lo que significa Fasten y que no tenía nada que ver con rápido, pero desde siempre hago esa pequeña relación mental cada vez que estoy sentado en un avión y veo la palabra Fasten escrita en todos lados —sobre todo a escasos 30 centímetros de mis ojos en el respaldo del asiento delantero—.

La semana pasada tuve que subirme a un avión, o a dos, de ida y vuelta, y debo decir que odio los aviones. Me gusta viajar, pero odio el poco espacio y la obligación que genera de convivir con personas a las que quisiera nunca tenerme que topar.

El suplicio de volar empieza cada vez que llego al asiento y veo el mísero espacio con el que cuento. Una madriguera de mapache seguro es más amplia.

Soy un tipo alto y grande, e invariablemente mis rodillas chocan con el respaldo delantero. No lo puedo evitar. Cuando hay suerte, el asiento de al lado (siempre escojo pasillo) va vacío y eso me regala un poco de espacio para mis piernas. Eso ya es un triunfo.

Pero me pregunto por qué la gente tiene que echar su respaldo para atrás. En primer lugar, el asiento debe ir en posición horizontal hasta ya avanzado el vuelo, pero he descubierto que todo el mundo (al menos quienes se sientan delante de mí) lo echan para atrás desde que estamos abordando y nadie les dice nada.

Si el espacio entre mi cara y el letrero de Fasten your seatbelts era escaso, ahora es mínimo. Podría entender esa necesidad de reclinar el asiento si quien va a delante de mí es igualmente alguien alto, pero no. En esta ocasión era una chica que habría llegado de milagro al metro y medio. Qué puta necesidad tiene, me pregunto.

Yo sé que los asientos son reclinables y todos tenemos la prerrogativa de hacerlo porque está permitido (cuando está permitido, claro), pero si todos sabemos que estamos hacinados en un cilindro metálico con poco espacio, por qué echar para atrás el respaldo en un vuelo corto. Entiendo si hablamos de un vuelo de ocho horas, porque tenemos que dormir un rato, aunque sea.

Pero qué necesidad tenía la señorita de metro y medio y por qué lo hacía aún estando en tierra, cuando está prohibido. La respuesta, creo yo, es sencilla. A la señorita de metro y medio le importa muy poco lo que está pasando a su alrededor.

Pensé, en algún momento, que sería necesario escribir, y lo planeaba, un instructivo para la gente que no sabe seguir instrucciones, pero ahí comprendí que no tendría ningún sentido. La gente no sigue las instrucciones en un avión no porque no sepa seguir instrucciones (hay mucha gente que no sabe, eso es cierto), sino porque le importa poco, no está siquiera escuchando las instrucciones.

Al lado mío, después del asiento vacío, había un tipo que se la pasó mandando mensajes en su celular hasta después de haber despegado y traía su computadora prendida desde antes de que el capitán lo permitiera. Misma historia, no es que no entienda que no puede hacerlo, lo que ocurre es que le importa muy poco. Y lo triste es que lo que no les importa, ni al joven de los mensajes ni a la señorita de metro y medio, es todo el entorno a su alrededor.

Personas como estas, luego me hacen comentarios como “Por qué eres un jeiter” o tonterías así, pero su desprecio por la gente que les rodea en un avión, su absoluta falta de empatía, reflejan un jeiterismo aún más profundo, más de fondo.

Cuando aterrizamos, la joven de metro y medio me pidió que le alcanzara su mochila. Ni siquiera la voltee a ver (me gusta ignorar a la gente que se lo merece). Se enojó, se subió a su asiento, jaló su back pack en un ademán de autosuficiencia y se lo puso en la espalda. Era rosa, tenía dibujado el rostro de un felino blanco con un moño en su oreja izquierda y decía Hello Kitty.

¿Cómo no odiarla tanto?

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