Abatido. Si me piden que me describa con una sola palabra, en este momento debería decir: abatido.

Deambulo por la red. Camino haciendo ochos en mi departamento. Doy sorbos al café y me quedo viendo a través del ventanal. Así, me acabo dos tazas y un par de horas.

Quizá sea lo que pasa luego de revisar los periódicos. Pero no, estaba abatido desde antes; esto no lo provocó el precio del dólar, ni el temor al nuevo reglamento de tránsito, ni el saber que ganando el sueldo mínimo tendrían que pasar cinco siglos para juntar lo que un ministro se metió de aguinaldo este año. Y que no se malentienda, esta información es suficiente para abatir a cualquiera, pero no, yo ya estaba así desde antes. Lo de los diarios fue sólo como golpear al caído.

Quizá sea sólo la devastación natural que queda luego de un fin de semana en el que no hice nada. Quizá, pero creo que puedo achacar mis alas caídas a que ya es 14 de diciembre. Este mes lúgubre que nos atormenta con lucecitas y amenazas de buenas intenciones.

El primer arbolito de navidad se dejó ver encendido por ahí de la semana del 20 de noviembre —claramente, hay personas que aprovechan el día festivo para erigir este monumento a la hipocresía. Sólo para eso sirvió la revolución mexicana—. Sin embargo, uno puede hacerse de la vista gorda algunas semanas. Ahora, a mediados de mes, ya es inevitable.

El acoso ha triunfado y uno tiene que convivir con imágenes tan perturbadoras como un santoclós enfundado en skinny jeans, con barba blanca jipster y cara de que en cualquier momento se quitará la ropa para desvirgarnos (que se siente en su regazo su puta madre). Sign of the times.

Y pensar que en estas fechas lo que se solía festejar, antes del nacimiento de Cristo, antes siquiera de la fundación de Roma, era a Saturno y toda su oscuridad. Primero, en algunos lugares, se hacían sacrificios humanos (con recién nacidos, ni más ni menos), y  después todos se entregaban al alcohol hasta quedar totalmente absortos, ebrios, tirados, desmayados probablemente entre sus orines y su vómito (a esta actividad de la ebriedad decembrina algunos le llaman maratón Guadalupe-Reyes y sigue llevándose a cabo). La Saturnalia, en todo caso, era un festejo más directo, más honesto: la gente mataba niños y luego se emborrachaba, sin necesidad de disfrazar todo en buenos deseos.

Digo, si lo que queremos es festejar, festejemos sin darnos atole con el dedo. Ya vendrán a decirme que hasta lo que no me como me hace daño y quizá sea cierto; quizá sólo deba cabrearme por el tráfico, por el consumismo y por los romeritos (no, no me gustan los romeritos).

Sin embargo, después de navegar quejándome por esta mañana del 14 de diciembre de 2015 , pienso que quizá hoy no deba sentirme abatido. Quizá deba enfocar mis esfuerzos en encontrar las ventajas y los regalos que nos da la vida. Por ejemplo, el próximo año vendrán el Papa, en febrero, y Adele, en noviembre, dos motivos para congratularnos, sin duda.

Debo confesar que después de escribir lo anterior, pasaron unos 10 minutos en que mis palabras retumbaron en mi cabeza y ni como ironía me causaron risa.

Mi conclusión: el santoclós jipster más bien se parece al Saturno goyesco.

saturno

 

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