Un cerdo camina por Álvaro Obregón mientras un tipo lo pastorea a medio metro. La gente se acerca, el cerdo, orondo, ignora a todo mundo, mientras su dueño sonríe sabedor de que su “mascota” es el centro de atención (siempre). Es domingo.

No sé ni por dónde empezar a hablar de este tema.

Por supuesto, el cerdo, el mismo que caminó delante de mí, es bastante famoso y yo no tenía idea. Hace unas semanas sacaron una nota en El Universal sobre él. O ella, porque el cerdo es cerda y hasta tiene una cuenta de Instagram que suma más de 5,240 seguidores (muchos, muchos más que yo, por supuesto).

Sigo sin saber por dónde empezar a decir que me parece un verdadero exceso y un absurdo.

Uso Google y me entero que George Clooney popularizó el tema de tener a un animal de estos como mascota. La cerda de la Roma, según el diario, se llama La Chata, pesa 63 kilos y hablan del glamour de tener un animal de estos. Yo me pregunto cuándo empezó a ser glamuroso pasear un cerdo, pero ese es el poder de Clooney.

Me encuentro en la Red, además: que hay criaderos; que hay otro tipo de cerdos que también se comercializan, los minipigs (sí, cerditos; cerdos bonsai) que son diferentes a los vietnamitas porque no crecen y llegan a costar más de 25,000 pesos; que, según algunas personas que los comercializan, los cerdos son más inteligentes que los perros y que los gatos; y que hay muchas celebridades que tienen cerdos.

Al final, prefiero dejar de perder el tiempo con esta necedad que me sigue pareciendo un absurdo y me pregunto, como si fuera yo un venerable anciano, hasta dónde vamos a llegar.

Pero la verdad es que desde que vi a la cerda caminar por la calle quedé algo perturbado. Todo mi mundo urbano dejó de tener sentido y no paro de pensar en eso de que el orgasmo de un cerdo dura media hora, me pregunto si seguirá existiendo el Rancho El Girasol, traigo en la cabeza la canción de Molotov y no pierdo la esperanza de que el jueves haya lomo de cerdo en la cena navideña. Se me hace agua la boca.

 

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