Hasta el último segundo antes de escribir la hache que inaugura este texto (el título lo escribí al final, como debe ser), me resistía a tocar el tema inevitable del fin de semana: el texto de Sean Penn sobre su encuentro con el Chapo Guzmán.

Lo único que quiero decir al respecto es que Sean Penn escribe muy feo y casi podría apostar que los editores de la Rolling Stone decidieron no tocarle una coma (seguro porque, como el Chapo ya lo había aprobado, pues no tenía caso).

Y no, no me refiero al fondo, sino a la forma.

El actor entregó una crónica en primera persona que yo leí completa por curiosidad, por morbo, por disciplina, pero que quise abandonar desde los primeros párrafos. El inglés es un idioma cuyo pragmatismo lo hace óptimo para este tipo de textos, pero  Penn, al parecer, no es tan diestro con la pluma como uno hubiera deseado. Y a su favor, cabe aclarar, no tendría por qué serlo (y el editor, ¿dónde estaba?).

Penn tiene, eso sí, gran sensibilidad, atención al detalle y logra, a pesar del vericueto que forja su prosa, transmitir su nerviosismo y paranoia —él se conoce y nos lo cuenta.

Asimismo, agradezco que haya mantenido los nombres propios en español, utilizando la tilde sobre las vocales que así lo exigían, por ejemplo, en Mazatlán o en Guzmán (aunque de pronto faltan algunos, error imputable al editor, por supuesto).

Empecé a leer el texto el sábado y al cuarto párrafo ya me había incomodado la accidentada redacción. Pensé, en ese momento, que quizá era una cosa mía, quizá estaba cansado o no tenía la cabeza necesaria en ese momento, así que la dejé a un lado.

Al día siguiente, la volví a empezar; sin embargo, al terminar el tercer párrafo corroboré mi primer diagnóstico. Pero ni modo, tenía que leerla. A la mitad del texto, un texto largo (muy largo si pensamos en cualquier periódico o revista mexicana), concluí que era un desperdicio tener una anécdota de tal magnitud escrita de esa manera: hubiera podido ser una crónica soberbia.

Hace años, era común ver en periódicos estadounidenses notas firmadas por dos personas, un byline compartido entre el reportero y el escritor, y no pude evitar pensar que este hubiera sido el texto perfecto para retomar esa práctica en desuso. O bien, quizá el editor hubiera podido poner un poco más de empeño. (¿Será que apresuraron su publicación tras la captura del narcotraficante?)

Ya cuando llegué a la parte de preguntas y respuestas, pensé que quizá estaba exagerando y terminé de leer sin aspavientos. Horas después, en Twitter, me encontré a varios periodistas estadounidenses destrozando el trabajo de edición de la revista con el texto de Penn. Y bueno, me sentí un poco menos intolerante, ya que no era el único que había pensado que el texto estaba mal escrito.

Pero de este lado del mundo, en México, las críticas se movían en direcciones distintas: por qué Penn si no es periodista; que si Kate y Sean estaban encubriendo a un criminal; que si este par de actores eran más capaces que las autoridades como para dar con el Chapo, y así, un largo etcétera de absurdos sobre los que me da mucha pereza abundar.

Por su parte, El País describe la prosa de Penn llena de “meandros discursivos”. El diario español fue bastante benevolente con el escrito y supongo que eso fue porque la prosa del gringo, al final de cuentas, era lo de menos. El evento en sí se encumbra como algo que supera la imaginación más lúcida y perversa. Un galardonado actor de Hollywood y una actriz de telenovelas mexicana se reúnen en secreto con el mayor narcotraficante del mundo, apenas unos meses después de que se hubiera escapado de una prisión de “alta seguridad”.

Los hechos llanos no admiten adjetivos; son rotundos. En lo personal, me quedo con dos pasajes particulares del texto: Primero, cuando Penn confiesa que se le escapó una flatulencia que el Chapo oyó (y quizá habrá olido) e ignoró; y después, la confesión de Guzmán tras cuestionarle sobre su reciente escape, cuando  dice que le preguntó a Dios y que gracias él, estaba ahí, libre (sólo así, por intervención divina, podrá al fin explicar el gobierno mexicano la escapatoria del escurridizo narcotraficante).

Ahora, a punto de terminar estas líneas, un par de horas después de haber escrito la hache que inauguró este texto, me doy cuenta que es muy probable que ya carezca de toda actualidad porque el mundo ha cambiado drásticamente en los pasados ciento veinte minutos. Este hecho surrealista ya no es lo más importante del fin de semana.

Lo verdaderamente importante es que Alejandro G. Iñárritu ganó un Golden Globe y que David Bowie murió a los 69 años. El trío Chapo-Penn-Del Castillo es algo de lo que ya casi no me acuerdo.

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