Lo confieso con vergüenza: tengo frío.

Yo, que siempre he solicitado con ahínco un invierno más crudo en la tropical Ciudad de México, ahora, tengo frío. Yo que he vivido en latitudes más boreales, donde las ondas polares azotan con mucho más fuerza durante el invierno, ahora me declaro con frío —y eso que el termómetro se mantiene por arriba de los 10 grados Celsius—.

Me he preguntado estos días a qué se deberá mi derrota ante un frío tan nimio. En qué momento me volví tan débil como para sucumbir a este clima irrisorio. Tengo un amigo que solía repetir en voz alta “el frío es de los débiles” cuando nos quedábamos hasta altas horas de la noche en la Ibero de Santa Fe y las ráfagas nos hacían tiritar. Y pienso que quizá sea eso, me he vuelto débil. Por la edad, quizá. ¿Llegar a los 45 años implicará sentarse a escribir con una frazada en las piernas? Qué vergüenza.

Pero todo el asunto perdió sentido cuando caí en cuenta de que sólo siento frío en casa. Si salgo a la calle, donde la intemperie permite que el frío sea más férreo, en cambio, me siento bien, como siempre, en mangas de camisa sin ningún problema. Regreso a casa y luego de un rato siento que se me enfrían los huesos.

La cosa, al final, es que en mi departamento no entra el sol durante el invierno. Entra mucha luz porque tengo un ventanal, pero el rayo del sol, ese que calienta, no pega dentro de la casa. Y el problema es que ahora trabajo buena parte del tiempo en mi casa (sí, resulta que esta es una de las desventajas).

Mi pobre gata, como reloj viejo, a eso de las 10 de la mañana busca un rayito de sol que entra por una ventana del comedor. Se sube al alféizar y aprovecha la escasa media hora que le pega el sol. Como a las 11:30 se coloca en un espacio escondido de la pequeña cocina donde puede disfrutar del sol otros cuarenta y cinco minutos. De ahí, pasa a la cama (la mía, que en realidad es la suya) y se enrosca como cochinilla para evitar que el calor se le escape por la nariz. En la tarde, como de 4:30 a casi 6, se echa en el sillón del salón donde le toca un buen rato de sol. Ese es todo el sol que pega dentro del departamento y como me da un poco de pena usurparle al gato esos espacios, yo me banco todo el día a la sombra.

La temperatura en la ciudad marca 15 grados y aunque no es frío, luego de siete horas, la temperatura corporal tiende a igualar la externa. El resultado:  los huesos se me hielan y las tres tazas de café que me tomo antes de la comida sólo logran alterar mi estado de consciencia sin mitigar el frío que adormece mis pies.

El problema es que mi departamento, como muchos en esta ciudad, no está preparado para esto. No hay una calefacción central con un radiador de agua como había en Madrid, ni una calefacción independiente eléctrica como tenía en NY. Aquí, la única opción que tengo es mi frazada en las piernas.

Por esto, ahora me veo en esta penosa situación de confesar que tengo frío. Y me niego a comprar un calentador eléctrico, porque eso sería aceptar que me ha vencido un frío timorato de más de 10 grados; que me he doblegado ante un invierno que no deja de ser para niños, en una ciudad a la que nunca llega el vórtice polar. Me niego a aceptar que si el frío es de los débiles, yo soy débil. Me niego. Pero tengo frío.

Anuncios