Hace años sentía un odio contenido en contra del punto y coma porque me parecía algo inútil y, sobre todo, petulante. Hoy, sigo sintiendo el odio, aunque ya no me parece inútil; de hecho, lo uso cuando lo considero necesario, luego de que mucho tiempo estuvo desterrado de mis escritos.

Pero siendo justos con este signo compuesto, su pedantería no es culpa suya, sino que radica en la ignorancia de la gente. Según datos del INEGI, en el 2010, 6.9% de mexicanos mayores de 15 años eran analfabetas. Ellos, por obvias razones, no saben usar el punto y coma (y en su descargo, no lo usan). En cambio, si las matemáticas son exactas, el 93.1% de los mexicanos mayores de 15 años debería saber cómo y dónde utilizar el punto y coma. Pero no, ese dato no es correcto.

Por desgracia, al maestro Francisco Gabilondo Soler no se le ocurrió acompañar su Marcha de las vocales, con el Pasodoble del punto y coma, o la Copla del signo ortográfico. El resultado de esa falta de visión es que la inmensa mayoría de los mexicanos no saben usar el punto y coma —y México es el país con mayor número de hispanoparlantes y, por ende, de hispanoescribientes en el mundo—.

Y, perdón, pero para ahondar en el tema debo ir un par de pasos más atrás, porque muchos, de hecho, no saben usar siquiera el punto y el punto final, que son los signos ortográficos más básicos. El uso de la coma, para tantos más, representa un acertijo infranqueable. Y, por supuesto, cuando llegamos al uso correcto del punto y coma, pues no debemos tener muy elevadas nuestras expectativas.

La RAE define a este signo de la siguiente manera: Signo ortográfico (;) usado para separar oraciones sintácticamente independientes, pero con relación semántica directa entre sí; sirve también para separar los elementos de una enumeración que, por su complejidad, incluyen comas, y se coloca asimismo delante de conectores de sentido adversativo, concesivo o consecutivo.

No me sorprenderá que alguien diga que eso en cursivas es un galimatías que tiene por objeto no ser entendido. Y con esto doy por presentado mi caso sobre la petulancia del punto y coma: una herramienta que pocos saben utilizar.

Pero no me debería causar extrañeza. Ya Javier Marías habló hace unos días del neoespañol, un idioma aproximado al español pero carente de coherencia, que ahora nos invade. Y el escritor —que se refería al libro Guía práctica de neoespañol, de Ana Durante— menciona ejemplos de esta nueva variante de nuestro idioma que aparecen en medios impresos y hasta en obras literarias; ni siquiera se detiene a hablar del español que se escribe en redes sociales o Internet, ese universo donde todas las reglas se diluyen (ya no es que se violen, simplemente se olvidan).

Aunque, siendo honesto, es Internet y las redes sociales, quizá, el único lugar donde sí se le da el uso correcto al punto y coma al ponerlo seguido de cerca por un guión (prescindible) y el cierre de paréntesis. Eso es, al final de cuentas, un punto y coma: un guiño feliz.