Los diminutivos son, básicamente, sufijos que solapan la poca inteligencia y falta de vocabulario de quien los usa.

Ya lo dije. Y lo sostengo. Por qué decir “tienes una inteligencia pequeñita”, si existe la palabra ‘diminuta’ (aunque con cuatro sílabas, no es tan corta ni tan blandengue).

Además, la mayoría de las veces son innecesarios; el adjetivo puede ser igual o hasta más severo sin la hipocresía del diminutivo, pero de este hecho se desprende el otro uso del recurso, muy socorrido en este país: El diminutivo a manera de eufemismo.

Hace unos días, una querida amiga —cuyo nombre no diré para no delatar su jeiterismo— me dijo que odia que la gente diga “vinito”. Yo me pregunto si se tratará de servir sólo una copita de vino o de acabársela con apenas dos traguitos. De inmediato, agregué que yo odio cuando me invitan al “cinito”. ¿Será que sólo habrá seis butacas en la sala frente a una pantalla de 72 pulgadas?

Unas horas más tarde, en uno de esos eventos tan comunes en que todo de pronto se entrelaza, me encontré un texto escrito por un extranjero donde enumeraba las cualidades únicas de los mexicanos que él más apreciaba. La última, de una lista de menos de veinte, era la capacidad de restarle la mala connotación a las cosas usando un diminutivo. Y eso es lo que pasa, pero a diferencia del amigo foráneo, yo no lo aprecio.

“Vamos a tomarnos unos vinitos” es mejor a “Vamos a beber”, porque esconde el latente alcoholismo que denota. Tomar vinitos es un acto social aceptable, mientras que embriagarse, no lo es.

Ir al cinito, en cambio, es mucho mejor que perder el tiempo. Porque, quiero pensar, un crítico de cine no va al cinito cuando va a la proyección de una cinta de la muestra; él va al cine a trabajar. La gente que va al cinito, en cambio, va a ver algo palomero para matar la tarde con un rato solaz. Lo cual, hay que decirlo, no tiene nada de malo, pero en una idea neoliberal sobrevalorada de productividad, pues está mal visto ver pasar las horas sólo riendo y comiendo palomitas.

Con esto, tendría suficiente para denostar a los diminutivos con justicia, pero debo confesar que hay algo más. Siempre he odiado que mi nombre lo digan con diminutivo, porque además suelen aplicarlo al apócope. Es decir, no es en plan torero: Rafaelillo. Sino en plan manchado: Rafita. Y eso, eso es querer matarle la dignidad a alguien.

A la única persona que le perdonaba cuando me decía Rafita era mi abuela. Pero ya está muerta, así que no debería haber nadie en el mundo que se refiera a mí de esa manera. Sin embargo, hay gente, y lo peor es que ni siquiera lo dicen con la intención de vilipendiarme, sino como una expresión de cercanía, hasta de cierto cariño, quizá.

La reacción varía dependiendo de mi humor cuando alguien me llama Rafita. Con los años, he aprendido a ignorar la afrenta, pero también ha habido veces que con la mayor seriedad y mi voz más grave pido que nunca me llamen de esa manera —es maravilloso cuánto puede asustar a alguien mi seriedad ecuánime—. Pero no con cualquiera funciona esa estrategia. Suelo, en general, no hacer aspavientos, nada de enojos, pero nada de fiestas. Cuando la gente ve que no causa efecto su intención de endulzarme, lo olvidan.

Así que, ya entrados en esto, sépanlo: si utilizan el apócope de mi nombre y le agregan un diminutivo para apelar a mi atención, deben estar conscientes de que podría contestarles de manera poco amable. Además, pueden estar seguros de que lo primero que pensaré es que su inteligencia es diminuta.

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