Hace algunos años —once— empaqué todos los libros que tenía y los mandé a una bodega. Desde entonces no los he vuelto a ver y debo aceptar que nunca más lo haré.

El proceso de desapego no fue inmediato; no los mandé a la bodega para eso. Ha sido, en cambio, un largo y accidentado vía crucis en el que algunas de mis malas costumbres (otras) me han pasado factura.

El objetivo era mudarme de país y no lo podía hacer con diecisiete cajas de libros a cuestas (ni el Pípila las hubiera cargado). En ese momento, no sabía cuál iba a ser mi futuro al largo plazo, y  la premisa era no tomar una decisión precipitada, así que lo lógico, me pareció, fue poner a resguardo los libros, salir del país y una vez asentado tomar una decisión.

Como  ya he escrito en otras entregas, los planes que hago nunca se cumplen a pie juntillas, siempre hay dramáticas vueltas de tuerca que me complican la toma de decisiones (con un trastorno obsesivo compulsivo, aún nimio como el mío, eso en sí mismo es una caminata sobre ardientes brasas; y no soy ningún faquir). Así, apenas pasados unos meses en mi nuevo país, caí enfermo (leer, si os interesa, B+), con lo que todo el panorama se vio afectado.

Mi aventura como expatriado se prolongó algunos años, pero toda ella estuvo sometida por una deuda gigante que me impidió asentarme, al grado de que tuve que volver a México si quería algún día terminar de pagar lo que debía. Ya de vuelta, seguí postergando el trámite de recuperar las diecisiete cajas de libros —una de mis malas costumbres es esa, postergar los problemas en lugar de resolverlos—.

La bodega a donde había mandado los libros era propiedad de la amiga de una tía mía y fueron mis tías quienes se encargaron de quitarme ese problema de encima —otra mala costumbre: no responsabilizarme por cosas cuando los trámites que implican me incomodan—. Para cuando intenté coger al toro por los cuernos, era demasiado tarde. La casa donde estaba la bodega entró a un litigio y mis libros se quedaron en manos de quienes reclamaron la propiedad.

En este proceso de aprendizaje, tuve que desprenderme de una de mis posesiones más preciadas y es una pérdida que aún no acabo de superar. Algunos de esos ejemplares, además, quizá hasta valdrían algo de dinero: una primera edición de Cien años de soledad, autografiada por García Márquez para mí; Los cuadernos de don Rigoberto, dedicado por Vargas Llosa; Ensayo sobre la ceguera, también con firma de Saramago. Además de esas joyitas, había otras que a pesar de ser libros más comunes (algunos hasta los he repuesto), también eran ejemplares con un profundo valor sentimental y hay días en que los echo de menos. Por ejemplo: la poesía completa de Efraín Huerta, libro que usé para mi tesis de licenciatura; la poesía completa (hasta el 98, al menos) de Luis Alberto de Cuenca, por el que tuve que ir hasta Sevilla, para comprarlo en las oficinas de Editorial Renacimiento; la primera edición de La ley de Herodes, de Ibargüengoitia, en Joaquín Mortiz, uno de los primeros libros de literatura que leí en mi vida; y así, la lista podría hincharse con libros de autores como Miguel Hernández, Xavier Villaurrutia, Hugo Argüelles y Emil Cioran, entre otros, sin dejar de lado los cientos de tesoros que me gustaba olvidar entre las páginas de los libros (un separador, un boleto del metro de Madrid, un pase de abordar del 92, apuntes sobre lo leído, etcétera).

En ese selecto grupo de libros que me pesa haber perdido, destacan tres ediciones de Hamlet: una de pasta dura, donde lo leí por primera vez; una estadounidense de la Folger Shakespeare Library, y otra bilingüe, que no recuerdo muy bien porque sólo la usaba como consulta.

Ayer, gracias a una invitación de última hora de una buena amiga mía, fui al Lunario a ver la puesta en escena del National Theatre Live de un Hamlet encarnado por Benedict Cumberbatch. No, no es lo mismo que estar en el teatro, pero es lo mejor a lo que podemos aspirar aquí y la versión es bastante buena.

Volví a casa después de tres horas y media de teatro isabelino y, por supuesto, me dolió no tener mis libros. Maldije mi desidia, me olvidé de todo lo que había progresado en cuanto al desapego de las cosas materiales y grité improperios en mi casa —no sé qué pensarán mis vecinos—.

Ya bajé un PDF de la obra entera que encontré en Internet y revisaré algunos pasajes con calma en la semana, pero no hay nada como abrir un libro viejo, leído años atrás, para releer algún diálogo que vagamente se reconstruye en la memoria. Esa sensación no es por un objeto material, pero sí depende de uno. Carajo.

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Ver video.
Adrian Lester as Hamlet: ‘To be or not ti be’. Shakespeare Solos, The Guardian.

 

 

 

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