Nunca he sido partidario de las marchas. Me parece que son una pérdida de tiempo y de esfuerzo que, usualmente, sólo sirven para que las personas que están de acuerdo en algo se den coba; es decir, las ondas que provocan no salen del estanque en que se generan. En pocas palabras, las marchas sirven para un carajo.

Por ejemplo, recuerdo la llamada megamarcha del 2005 en contra de la violencia que se vivía en el país; ha sido, quizá, la marcha más concurrida en donde un río de gente vestida de blanco inundo Paseo de la Reforma. Impresionante.

En 1987, me topé, lleno de ingenuidad e ignorancia, con un gigante contingente organizado por el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) que dirigía sus pasos a la UNAM en protesta contra el rector Jorge Carpizo. Días después hubo una (otra) “gran marcha” antihuelga de los autollamados “verdaderos estudiantes”. Marchas de diferentes bandos en un mismo conflicto.

Un año después, también de manera accidental, me encontré como testigo de una marcha descomunal en protesta contra los resultados electorales en los que se había dado por ganador a Carlos Salinas de Gortari después de la muy sospechosa “caída del sistema” —la entrada, fallida pero contundente, de este país tercermundista a la era digital—.

De estos tres humildes ejemplos de movilizaciones de protesta no resultó absolutamente nada. Luego de la del 2005, nada. Acaso un año después llegó Calderón al poder desenfundando su guerra contra el crimen organizado que desató en todo caso una violencia caótica. Las dos marchas que menciono del 87 pretendían evitar una huelga (unos presionando para que cedieran a sus demandas y los otros para que los primeros desistieran de sus intenciones rojinegras), pero el resultado fue una larga huelga en la máxima casa de estudios del país. En 1988 hubo más de una marcha y a pesar de todas, Salinas gobernó su sexenio entero.

Ayer, salieron a las calles mujeres, hombres, niños y perros en una marcha que pretendía, según entiendo, generar consciencia para acabar con la violencia de género. En un país tan profundamente machista, generar esta consciencia es, sin duda, algo necesario y urgente, pero pienso que esta movilización habrá servido de poco.

En cambio, durante la semana pasada un par de medios de comunicación (Milenio y Animal Político) publicaron una serie de textos sobre casos de mujeres que han padecido acoso y violencia por ser mujeres. Este tipo de iniciativas me parecen mucho más valiosas para generar consciencia. Al menos yo, y sé que muchos otros hombres, hemos encontrado esto útil para darnos cuenta de la dimensión de un problema que, sin embargo, suele ser minimizado.

El tema me supera. El  hecho de que exista una violencia sistemática en contra de las mujeres me parece tan anacrónico como el afiche de la Westinghouse que ilustra este texto y me resistía siquiera a considerarlo; es decir, no me lo podía creer. Me parecía, quizá, propio de clases sociales con bajo nivel socioeconómico y, por ende, poca educación. He visto, sin embargo, a colegas abusar de su posición para acosar a reporteras, y lo que pensé es que era un caso aislado. Pero no, el acoso y la violencia contra las mujeres es algo tan común que me da miedo.

Pienso también, que hijos de puta habrá de cualquier manera. Es decir, personas que abusen del poder que tienen sobre otras, habrá siempre, sin importar el género. Será la mísera condición humana. Sin embargo, en la medida en que las mujeres estén en una posición vulnerable sólo por ser mujeres, siempre serán presa fácil de estos hijos de puta.

Y no me doy baños de pureza. Reconozco que me he descubierto en más de una ocasión abusando de mi condición masculina y me avergüenzo —digo, leo algunos de los testimonios de mujeres acosadas y yo en comparación soy una blanca paloma, pero eso no me exime de la culpa, porque también con los actos más sutiles perpetuamos el sometimiento. Para hablar de acoso no es necesario llegar a una violación, y hablar de violencia no sólo se trata puñetazos y ojos morados.

Antes de que empezaran los testimonios en los medios de comunicación mencionados, dos mujeres a las que le tengo particular cariño, iniciaron una conversación en redes sociales en torno a este tema. Dicha conversación la empezó Lorena Abrahamsohn (@lorabraham) con una frase lapidaria que quizá habría bastado para que abriéramos los ojos: “La primera vez que un hombre abusó de mí…”

Al poco rato, Ana Negri (@unanamas) le respondió en una carta abierta y luego de veinte días este diálogo se transformó en un movimiento que ha compilado testimonios de muchas mujeres que han padecido acoso y desembocaron una página web: duelo.org.mx.

Este tipo de acciones son mucho más efectivas para generar consciencia que una marcha, sin duda. Ahora, el problema será que el alcance es limitado. Habría que ir pensando cómo permear esta consciencia en todos los recovecos de la idiosincrasia nacional, donde el machismo es más mexicano que el mismo mole.

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