Como siempre, llegué tarde, pero me he puesto al corriente. El último mes que he estado entre la enfermedad y la convalecencia me he dedicado a ver las cuatro temporadas de House of Cards (aún no acabo, me faltan tres episodios), pero he logrado entender bien la excitación y revuelo que ha causado.

Sé que se trata de una dramatización, de un trabajo de ficción, pero no podemos soslayar que muestra un proceso político interesante, y hablo de política más en términos aristotélicos, de la relación entre personas dentro de la plaza pública. La manipulación es el terreno en donde el amigo Underwood se maneja naturalmente y para ello se debe tener malicia e inteligencia, lo cual forja a un personaje que inevitablemente se gana la admiración del respetable (o sea, nosotros). Además, la serie tiene esta cualidad de hacernos sentir inteligentes, hacernos creer que conocemos a Underwood y reconocer las trastadas antes que sus víctimas, lo que nos deja creyendo que podemos ser igual de maliciosos. Un efecto similar a cuando vemos una película de boxeo y salimos del cine sintiéndonos capaces de pelear por el título en la división que nos toque. Pero no, no es así, es sólo lo que nos hacen creer.

Hay algo que me parece muy interesante del personaje Underwood: su hambre de poder y el desprecio que siente por quienes buscan riqueza, en cambio. En eso basa toda su motivación, la carrera por el poder, sin importar los medios. Sin embargo, ese es un animal muy diferente al que tenemos en la política nacional. Nuestros políticos tienen hambre de poder y de riqueza, aunque coinciden con Underwood en que su fin justifica cualquier medio que encuentren. Claro que ayuda la impunidad, que aunque no es exclusivo de este país, sí es una gran ventaja que los criminales (sean de cuellos blanco, de manos ensangrentadas o simplemente hambrientos) tienen ante el sistema de justicia en México.

En donde en cambio, sí encuentran nuestros políticos un simil con Underwood es en su voluntad implacable para conseguir sus fines. Nuestros políticos son incansables en su busqueda tanto de poder como de riqueza, no cejan, no bajan el ritmo. Implacables. Algo admirable si no fuera a nuestra costa que consiguen lo que quieren. Aquí, un político no tiene mucho remordimiento en mandar matar a más de cuarenta personas que puedan ocasionarle un inconveniente, sin dejar de lado el manejo de sus dineros.

Yo coincido plenamente en algunas ideas fundamentales de Frank Underwood, por ejemplo: “Democracy is so overrated”. Lo mismo que el personaje de ficción que asume la presidencia sin recibir un solo voto, aquí nos gobiernan personas que ganaron sus votos ilegalmente, son nombrados por su mismo partido (como los diputados plurinominales), o simplemente hicieron un fraude llano. El problema es que nuestro país y nuestra vida no es una obra de ficción.

Anuncios