Para ordeñar una vaca, lo primero, es levantarse antes del alba y, ya en el establo, uno debe acostumbrarse al olor a mierda.

Antes de empezar la labor hay que hacerle saber a la res que la ordeñaremos. No, no es necesario esgrimir explicaciones, simplemente hay que acariciarle el testuz, darle un par de palmadas en el lomo mientras caminamos lentamente hacia sus cuartos traseros; la voz ayuda para que el animal sepa dónde estamos. Hay que formar un vínculo antes de esquilmarla. Ya en el sitio indicado, hay que ponerse en cuclillas e inspeccionar las ubres, cuidando que no haya inflamación (mastitis) y que la vaca no sienta molestias —en caso de que algo así ocurra o haya alguna anomalía, tendremos que cancelar el procedimiento—. Si no hay problema, hay que limpiar las ubres con un trapo y un balde de agua tibia con desinfectante.

Una vez hecha la limpieza podemos, si así lo deseamos, acercarnos un taburete para no desgastarnos las rodillas en el primer trabajo del día. La vaca se moverá poco; uno puede sentir la respiración del animal y cierta incomodidad (nuestra, más que nada) y por momentos el animal blandirá el rabo para espantarse a las moscas que para ese momento ya estarán zumbándonos los oídos. Una vez sentados en el taburete, habrá que colocar otro balde, este vacío y limpio, bajo las ubres y sujetarlo con las rodillas, levemente inclinado hacia la vaca.

Con todo listo, hay que coger uno de los pezones con el dedo pulgar y el índice en la base, donde acaba la ubre, dejando el resto del pezón suelto, y oprimirlo, con lo que se consigue que la leche de la ubre baje, entonces, el resto de los dedos oprimirán el pezón colgante para que la leche salga disparada hacia el cubo que tenemos entre las rodillas. La piel de la ubre es misteriosamente suave, pero esa tersa sensación se ve empañada con el penetrante olor de la leche tibia, mezclado con el excremento de la res. El apretón de la ubre debe ser firme, pero gentil al mismo tiempo, es un trabajo de muñeca y fuerza en el antebrazo. Lo mejor es coger un pezón delantero con una mano y el trasero del lado contrario con la otra y alternar los sutiles apretones. Aunque en el proceso se jala el pezón, debe ser un movimiento apenas sugerido, leve. El éxito de la operación radica más en el ritmo, no en la fuerza con que se apriete la ubre. Los chisguetes salen a presión directo al fondo del balde lechero de aluminio que provoca un eco fuerte. A veces, mientras uno exprime, la vaca muge.

Una vez vacías las mamas de la vaca, los pezones fláccidos y caídos, hay que volver a limpiar las ubres para evitar infecciones. En una sentada, un buen día, pueden salir unos siete litros de leche, aunque eso dependerá de muchas cosas.

Luego, hay que cargar el balde de vuelta a la casa. El olor a mierda, para alguien que no está acostumbrado, nos perseguirá el resto del día, aunque sólo sea una ilusión, una disrupción del  manto urbano que nos guarece. Esa leche, bronca, se debe hervir antes de tomarse y en ese momento se forma una nata espesa, un manjar cada vez menos común.

Lo único que tienen en común la leche bronca y la mala leche, sin embargo, sólo es el estiércol y el hedor que las rodea cuando se extraen. Así que gracias a esta introducción, en el futuro no sólo sabremos cómo conseguir mala leche (de eso sabemos demasiado), sino que también podemos decir que sabemos, al menos en teoría, cómo conseguir unos litros de leche bronca.

Esta semana —como todas, quizá—, se desbordó la mala leche. Todo empezó con el gorila y el niño (ya estoy hasta la madre de este tema); luego, la desolación que dejó la muerte de The Greatest, y al final, salió más mala leche con la ordeña que conllevan unas elecciones, deprimentes en este caso. En un mundo sin Muhammad Ali, donde haya gente que prefiera a un gorila sobre un niño, lo mismo que en un país dividido entre el PAN y el PRI (o cualquier partido político mexicano), el futuro es tan prometedor como el mío si me tomara un vaso de leche bronca con mi intolerancia a la lactosa. No hay final feliz posible.

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