El verano en la Ciudad de México es una utopía pasada por agua. Se siente tan fuera de lugar como debe ser festejar la navidad en el hemisferio sur, rodeados de la incongruencia mediática que nos sofoca.

En el sur, el árbol navideño convive con días largos, soleados y calurosos, a pesar de que la publicidad en el mundo nos obsequia nevadas, frío y bufandas. Y así es la idea del verano en México, mientras en los medios todos llevan puesto un bañador, en esta ciudad llueve a diario y hay que lidiar con días grises e inundaciones.

Londres, por ejemplo, tiene la fama de ser una ciudad en la que llueve mucho, que sus días pasan nublados y, sin embargo, es un mito, un fraude. He podido estar allá en varias ocasiones (cinco o seis) y sólo una de esas visitas padecí esa Londres que nos pintan. Todas las demás, sol; Londres es una de las mayores decepciones de mi vida —climáticamente hablando, nada más—. En la realidad, llueve más en la Ciudad de México que en la capital británica, por dónde se mire: ya sea en milímetros de agua o en número de días con lluvia. La época de lluvias en la Gran Tenochtitlán se extiende de mayo a octubre; casi medio año.

Aunque hay que admitir que es una lluvia cómoda, valga la expresión. Aquí no llueve todo el día, sino que hay un horario establecido para ello. A menos de que algún fenómeno meteorológico extraordinario altere la normalidad, aquí cae agua por las tardes. Las mañanas suelen ser soleadas y de pronto, casi de la nada, se encapota el cielo y la precipitación baña a los chilangos después de la hora de la comida. Pero es diario, no hay sorpresa.

Con esa puntualidad —esta sí muy inglesa—, uno podría esperar que los chilangos estuviéramos siempre preparados, pero no es así. Casi nadie en esta ciudad carga un paraguas (ya no digan las botas de hule) y no solo eso, sino que se mofan de quien lo lleva a todos lados, como yo. A diario, uno puede encontrarse con grupos de gente hacinados bajo el techo de la entrada de un edificio, dentro de una tienda o en algún lugar protegiéndose de una lluvia que sabían que iba a caer.

La cosa no queda allí. La ciudad padece escasez de agua —tampoco algo nuevo—, pero inexplicablemente las autoridades no han sumado dos más dos para, quizá, aprovechar toda esa agua que nos cae del cielo —nunca más literal—. Aunque hay sistemas de aprovechamiento de agua pluvial desarrollados en México (lean aquí), no ha habido una sola política pública que favorezca la instalación de estos sistemas en toda la ciudad. Así que, nos mojamos en verano y nos quedamos sin agua en primavera: el ciclo de la vida, será.

Por si fuera poco, las inundaciones en la ciudad son cosa de cada año. El sistema de drenaje se desborda a causa de esa preciada agua que desperdiciamos. Y esto sería sólo triste por el agua perdida, pero la realidad es que de las alcantarillas se desborda no sólo agua, sino toda nuestra mierda. Quizá no haya metáfora más perfecta.

Por eso es que la discordancia me supera. Estas imágenes idílicas del verano como época de descanso, de sol, de solaz esparcimiento, en realidad deberían ser tsunamis de mierda en los desniveles del Viaducto. Al final, cuando entra el verano en México parece más un solecismo, un grave error de concordancia en la vida.

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