Hay momentos en mi vida —cada vez más comunes— en que me pregunto, honestamente, por qué la gente procrea. Supera mi entendimiento, mi tolerancia y mi tranquilidad. ¿Qué pasa por su cabeza? ¿De qué infinita ignorancia abrevan, de qué ligereza se untan, en qué manantial de estulticia se bañan?

Dejen de lado el argumento, de por sí válido, de que ya somos muchos en el país y en el planeta; yo me pregunto, de entrada, qué les hizo creer que tenían la capacidad de traer un niño al mundo con todo lo que implica: me refiero a la capacidad física, mental, ética y económica necesaria para educar a un infante que luego se convertirá en un adulto con responsabilidades —porque si la respuesta es que “los bebés son una bendición”, de una les digo que son unos egoístas inconscientes—.

Muchos dirán que mi discurso es contra natura y quizá sea cierto; aunque en realidad creo que es a favor de natura. Baste pensar en la retahíla de lores y ladies —vaya forma que encontramos para denominarlos— que han proliferado en este país; esa escoria no se dio en los árboles, sino que fueron procreados por personas, claramente, incapacitadas para educarlos de suerte que pudieran vivir en sociedad. Y peor aún, ¿cómo creen que ese tipo de gente va a educar a su progenie? ¿Queremos que se reproduzcan?

Individuos abusivos, prepotentes, desconsiderados y hasta plagiarios son el producto de la procreación inconsciente, sin hablar ya de rateros, asesinos, violadores o políticos corruptos —donde los haya—. Personas que no tienen el menor respeto por ellos mismos ni por los demás, ellos son el ejemplo perfecto de que no cualquiera debería tener carta blanca para procrear.

“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura” —le robo esta línea a Jorge Luis Borges—, pero yo lo veo muy claro. Antiguamente, la naturaleza se encargaba de hacer un filtro mediante la ley del más apto para asegurar la preservación de la especie; sin embargo, los avances médicos y tecnológicos han superado ese tamiz natural. La sofisticación de la vida permite, a final de cuentas, que los menos aptos también se reproduzcan y eso es lo que deberíamos evitar. Nuestra evolución como especie nos debería de generar, igualmente, la consciencia necesaria que nos permita discernir y ver con claridad lo mejor para nosotros como raza. Si eso ocurriera, estoy seguro que la mayoría de la gente se detendría, buscaría algún método anticonceptivo y evitaría propagar su semilla porque eso —aceptémoslo— iría en detrimento de la misma especie. Dejar de procrear como animales sería la mejor manera de cuidarnos de nosotros mismos.

Por esto, los conmino a la introspección. Sean honestos y si no están completamente seguros de ser capaces de educar a su progenie para que se conviertan en personas de bien, no se reproduzcan. Los anticonceptivos ya los anuncian en la tele; no hay pretexto que valga. Nadie puede acusar ignorancia: eso es lo que hacen los conejos, porque para eso son conejos.