Regla de vida: Lo malo no es ser pendejo, sino andarlo demostrando.

Esta frase la escuché por primera vez en la universidad —y no, no fue la Panamericana—. La leyenda cuenta que el maestro Luis de Tavira estaba en su salón de clases cuando preguntó qué era la estética y un alumno respondió: La ciencia que estudia los cuerpos en reposo. Supongo que esa persona pensó en la estática, aunque de cualquier modo la respuesta era incorrecta. De Tavira, quien no se caracteriza por ser un dulce —quizá con sus nietos, pero nunca en un salón de clases—, soltó esa frase, fulminante como la guillotina que separa la cabeza de un cuerpo.

Eso es lo que cuenta la leyenda, por lo menos. En realidad no importa demasiado si eso ocurrió de cierto, porque de cualquier modo la anécdota, ficticia o no, ilustra. Una manera más sutil de decirlo sería: En boca cerrada no entran moscas. No es tan lapidaria, pero es la que hubiera usado mi abuelita.

Lo primero que implica la frase es que la pendejez es una condición inevitable, quizá; producto de algún problema genético o congénito, alimentado por muchas circunstancias que, para cuando uno se entera, no hay manera de sacudírsela. Es decir, uno no tiene la culpa si así nació; como tampoco tiene la culpa de haber nacido güero, moreno o pelirrojo. Si uno nace chaparro, pues lo mejor que puede hacer es aceptarse como es; de otra manera lo va a pasar muy mal. Pues lo mismo con la pendejez, no hay manera de cambiarla; se podrá maquillar o esconder, pero ahí está. Esa última opción es la que propone la regla de vida que nos ocupa. Si no puedes cambiar tu esencia, por lo menos no te eches de cabeza. Es decir, si eres chaparro, cuando vayas a un espectáculo no te quedes hasta atrás porque no vas a ver nada. Debes aceptarte como eres y actuar en consecuencia. Muchas veces, sin embargo, el problema con los pendejos es que no se enteran y se evidencian a la menor provocación. La opción, como lo he expresado en otro texto de este blog, es el conductismo mediante el dolor: Si la pendejez doliera, quizá se cuidarían más.

En más de una ocasión he discutido con mi padre porque él asegura que los pendejos no existen y que sus actos se explican por sus intereses específicos o su carácter. Eso es darles demasiado crédito. Yo creo que sí existen y para apoyar mi teoría, lo ocurrido ayer es perfecto.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto se empeñó en demostrar su poca brillantez. De otra manera no hay forma de explicar lo ocurrido ayer, cuando un jefe de estado con menos de 30% de popularidad recibe a un (mero) candidato presidencial de otro país que va perdiendo en las encuestas y que su carta de presentación ha sido, durante un año, el ataque a los mexicanos y la construcción de un muro enorme en la frontera con nuestro país.

La insensatez política cometida por Peña Nieto le ha dado credibilidad a Donald Trump y además ha dejado mal parado al gobierno del país con quien muy probablemente gane las elecciones presidenciales en Estados Unidos, Hillary Clinton. Peña Nieto impulsó la campaña presidencial de un fascista que lo único que ha hecho para estar en la posición en que está es mandar mensajes de racismo e intolerancia.

La de por sí erosionada imagen de Peña Nieto quedó humillada luego de que el principal enemigo público reiterara su discurso en Arizona, apenas unas horas después de haberse tomado la foto con el presidente de México en Los Pinos. Una acción política que al gringo le salió perfecta.

En tanto, en México, sólo quedaron dudas e indignación. Nadie puede entender qué fue lo que intentó el gobierno mexicano, lo que Peña Nieto pensó que podría ganar invitando a este personaje, apoyando su campaña, quedando en ridículo y rematando el sinsentido por la noche en televisión nacional con una entrevista en el Canal de las Estrellas donde hasta Televisa lo hizo quedar mal.

Mi conclusión es que Enrique Peña Nieto no es más pendejo porque no le alcanza el tiempo. Lo único que brilla en la cabeza del presidente es la gomina con la que se esculpe el pelo. Y lo peor de todo es que no deja de demostrar su escasa capacidad de raciocinio en toda oportunidad. ¿Por qué se empeña en seguir demostrando su pendejez? Desde la lista de tres libros que marcaron su vida hasta la recepción para Trump, la cantidad de veces que ha evidenciado su estulticia se cuentan por montones. Usando la metáfora de mi abuelita, la boca de este señor está llena de moscas.

Al final de cuentas, el único mexicano beneficiado por las brillantes acciones del presidente de México fue Nicolás Alvarado, quien tras su muy desafortunada manera de decir las cosas —además de la pedantería que exuda— dejó de ser el centro de las críticas del país entero porque los reflectores los acaparó Peña Nieto y su absoluta carencia de neuronas.

 

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