Tenía pensado escribir sobre el premio Nobel otorgado a Bob Dyan la semana pasada, pero desistí. Y no porque ya hayan pasado algunos días —aunque sí es algo que tomé en consideración—, sino porque estoy un poco hasta la madre del tema.

Como era previsible, el jueves apenas se dio a conocer el fallo de la Academia Sueca, salió el tren del mame cargado de un sinfín de expertos blandiendo argumentos a favor y en contra, con la soberbia obligatoria en estos casos. Que si es sólo un cantante, que si es el mayor poeta estadounidense vivo, que muy bien haberse alejado de las opciones tradicionales, que si la canción es la forma más antigua de poesía, que si su obra no se merece un premio tan prestigiado, que si es una buena noticia en medio de un mar de malas noticias, que si se redefinen las fronteras de la literatura, que si Javier Marías ahora podrá ganar un Grammy —y en ese caso, sería un Grammy Latino, cuyo prestigio por supuesto es mucho más precario—, que Murakami empezó sus clases de guitarra fácil, que si se ha desprestigiado el Nobel, que si se lo merecía más Leonard Cohen, Joaquín Sabina o Ricardo Arjona, que si ya se cabreó Carol Joyce Oates, que si Philip Roth la cruzazuleó, que si Rushdie felicitó a Dylan, que si Welsh se cagó en todos sus muertos, que si se llevó el premio porque leer libros es algo más difícil, que si ahora cualquiera tiene un audiolibro en casa, que si lo mejor de Dylan es que le robó su pseudónimo a Thomas, que si el premio debería de ser para escritores menos conocidos, que si la elección es elitista, que si la elección es atole con el dedo, que si su puta madre.

No paraban de circular opiniones sesudas que intentaban herir a los que opinaran diferente y que, sin embargo, se quedaban en pródigas pendejadas. Y el tren del mame no dejó de correr a toda máquina durante días. Como si cada una de esas opiniones fuera a servir de algo, como si a alguien le importara lo que opina la demás gente de todo este asunto. Como si todos estos súbitos críticos ya hubiesen leído la poesía de Wislawa Szymbroska o de T.S. Eliot y sólo esperan cada año que se otorgue el premio para compartir sus inteligentes notas. Vamos, la mayoría de esos pasajeros del tren del mame habrán oído el nombre de Octavio Paz, pero ¿habrán leído El Mono Gramático, La estación violenta o, de menos, Libertad bajo palabra? Pues no, no creo.

De pronto, el Premio Nobel de Literatura se vuelve importante porque ahora resulta que “como una piedra rodante” es “una nueva expresión poética”, todos se sienten identificados y ahora les gusta —y saben de— la poesía.

A final, el Premio Nobel es sólo un reconocimiento que no se fija en la calidad literaria que festeja. Y, claro, la discusión se vuelve barroca: ¿Dylan se merece el Nobel? Qué importa. O habría que preguntarse si se lo merece según quién o bajo cuáles criterios. Porque si a esas vamos, en lo personal creo que Borges y Cortázar hicieron una mayor aportación a la literatura que Dylan o que Svetlana Aleksiévich. Pero eso no importa. Al menos, no le ha importado a la Academia Sueca —que es la importante—.

Por eso, seguirá habiendo fans de Dylan brincando de alegría con el premio, otros fans de Dylan que, a pesar de tener todos sus discos, no lo consideran merecedor de tal distinción, otros que no son fans, pero festejan que se lo hayan dado a un músico cuyo nombre han oído en lugar de a un poeta lituano que de todos modos no iban a leer, otros que no son fans de Dylan ni les importa un carajo quién se haya ganado el premio… ¿cuál?

Por todo esto es que decidí no escribir del Premio Nobel que le dieron a Bob Dylan la semana pasada. Al final de cuentas, en 100 años nadie, salvo un par de iniciados, se va a acordar del The Freewheelin’ Bob Dylan, tal y como ahorita a nadie le importa un carajo El maravilloso viaje de Nils Holgersson o la adelantada vida liberada de Selma Lagerlöf.

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