El 8 de octubre pasado fue asesinada de manera medieval Lucía Pérez, una chica de 16 años de edad en Mar del Plata, Argentina. La niña fue secuestrada, violada con brutalidad, vaginal y analmente, incluso con un palo, lo que a la postre le causó la muerte por empalamiento.

El crimen suscitó una reacción en cadena por parte de las mujeres argentinas, primero, que se extendió a las mujeres en toda América Latina, incluso México, por supuesto, un país que tiene a Ciudad Juárez o al Estado de México como lugares de referencia en cuanto al asesinato sistemático de mujeres y en los que además impera una impunidad inverosímil.

Todos hemos, cuando menos, sido testigos de algún tipo de vejación contra las mujeres en nuestras vidas. Desde la tía abuela que manda a las niñas más jóvenes a la cocina un domingo de comida familiar porque es “lo que les corresponde”, hasta el acoso de jefes masculinos contra subalternas femeninas o bien la franca discriminación de ignorarlas nomás porque son mujeres. Es algo tan común en México y América Latina que muy fácilmente los hombres lo damos por sentado como algo normal. Y no, no es normal.

Sin embargo, este caso de Lucía Pérez va más allá del mero abuso de posición que existe desde hace siglos por estas tierras y que ha sido solapado por todo tipo de autoridades, religiosas y civiles. En el caso de Lucía Pérez hay, además, un odio alarmante. Y con esto no quiero minimizar ese sometimiento casi tradicional con el que deben lidiar las mujeres en México, el continente y muchas otras partes del mundo. Al contrario, quiero destacar que ese falso y absurdo sentido de superioridad se ha teñido de un odio que supera cualquier posible medición de la infamia.

Ya en abril pasado hablé en el post Mujeres de un movimiento en México para generar consciencia del acoso que padecen las mujeres por el simple hecho de serlo. Aquel movimiento se coronó con una marcha, pero además de esa manifestación, también divulgó cientos de testimonios de mujeres que contaban el primer acoso que padecieron y era de una tristeza mayúscula ver cuán jóvenes empezaron a recibir este maltrato y, además, la bajeza de actos a los que tuvieron que enfrentarse tantas mujeres. Una de las cosas que desató aquel movimiento fue el caso de la periodista Andrea Noel, quien unas semanas antes denunció una agresión sexual en plena colonia Condesa que quedó grabada por una cámara de seguridad particular. Sin duda, una experiencia humillante para Noel, pero lo que más me sorprendió fue la reacción de una turbamulta enardecida y guarecida por el anonimato que apedreó con insultos la cuenta de Twitter de la denunciante. Los textos que le enviaban a la mujer estaban bañados de odio; un odio que, confieso, me abrumó. Y es que no entiendo en qué podía afectarle tanto, en el peor de los casos, a un tipo que no conocía a ninguna de las dos partes involucradas como para insultar de esa manera a la víctima (insultos y amenazas).

Ese odio irracional y violento es lo que me asusta. Ese odio que debe tener una persona para empalar a una niña de 16 años no puede ser normal. ¿Qué tipo de sangre es la que corre por las venas de alguien como para provocarle tanto dolor a otra persona? Y el caso de Lucía Pérez —o el de Noel, que aunque no se compara, sirve para ilustrar el hecho por su notoriedad— es sólo una muestra de lo que ocurre. Este fin de semana podían encontrarse noticias en la nota roja de los tabloides sobre una mujer cuyo cuerpo fue encontrado sin vida, metido en una bolsa, en la zona de Vallejo de la Ciudad de México. Apenas otro ejemplo.

Los datos de feminicidios son alarmantes. En México, según una nota de El Universal, son asesinadas seis mujeres al día. En Argentina, según una nota del diario inglés The independent, se registraron 235 feminicidios durante 2015. Por ello es que es fácil explicarse que tantas mujeres hayan tomado las calles de América Latina exigiendo que las autoridades hagan algo en contra de delitos sistemáticos, porque hasta el momento la reacción de las autoridades ha sido precaria. Y es esa indiferencia la que evidencia una violencia de género institucional que raya en lo anárquico.

El problema, además, es muy difícil de erradicar. Para acabar con el machismo debe haber un cambio de raíz, a nivel educativo, desde niños, para que en un par de décadas podamos ver un cambio real. Pero además del machismo arraigado está el odio que delata una descomposición mayúscula. Un odio sanguinario que se descarga en contra de las mujeres por el machismo y la impunidad. Pero ese odio no se queda en eso, ha invadido a la sociedad como un cáncer que descompone la sangre misma, quizá producto de la pobreza, de la desesperanza, del abuso de poder, de la impunidad, de la corrupción.

Ese odio es evidente en el caso de Lucía; se vio, además, en el caso de los supuestos ladrones a quienes, en un acto de “justicia popular”, les cortaron las manos en Jalisco; el mismo odio nos regala cuerpos decapitados, encajuelados o colgados de un puente peatonal. Ese es el odio que provoca la aparición de fosas comunes con cientos y cientos de cuerpos imposibles de identificar. Ese odio mata mujeres, mata hombres, mata todo lo que se encuentra y yo no veo cómo pueda erradicarse.

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