Las ratas son animales admirables. Sí, hablo de las ratas de alcantarilla, de esos bichos que viven en las sombras; de las ratas pardas y las ratas negras, esas que transmitieron la peste bubónica en la Edad Media causando la muerte de un tercio de la humanidad conocida. Me refiero a estos roedores rabiosos, capaces de atacar en grupo a seres que los superan en tamaño si así lo deciden; me refiero a estos animales a los que la mayoría de la gente desprecia.

Y no me malentiendan, no tengo ratas por mascotas, me dan asco y me causan cierta repulsión, como a la mayoría de la gente, pero me parecen admirables. Son, en realidad, los animales más fieles al hombre, ya que a pesar de que son objeto de nuestro desprecio, nos han seguido a todo el mundo. Salieron en barcos a conquistar lo desconocido, desafiando la posibilidad de que la Tierra fuera plana o a inquietantes monstruos marinos, junto a los hombres, y ahora pueblan todo el orbe (salvo los polos).

Estos roedores han logrado adaptarse a todo tipo de clima, de geografía y de ecosistemas; se han reproducido y viven, desde hace siglos, en las mismas ciudades que nosotros. Y en esa paradoja en la que el mundo reside, nosotros, la humanidad que desprecia a esos roedores, somos la causa de su feliz supervivencia. Sin el hombre, las ratas se hubieran mantenido en el campo, en ecosistemas controlados y su población sería reducida y limitada. La prosperidad de los roedores va de la mano con la humanidad ya que nosotros hemos sido quienes les alimentan y quienes les hemos transportado de un continente a otro. Gracias a nosotros, a nuestra suciedad, a nuestra basura, estos roedores se han multiplicado; gracias a avances tecnológicos de la humanidad, como los barcos, las ratas han surcado los siete mares, al igual que Magallanes o como el mismísimo Simbad. Nosotros somos el artífice de la prosperidad de las ratas y por ello es que las admiro, aunque no dejan de darme miedo.

Cerca de donde trabajo hay un terreno baldío que desde hace tiempo ha sido receptáculo de decenas de bolsas de basura y que gracias a una maleza pertinaz ahora es república de roedores. En ocasiones, algunos vecinos o trabajadores de la zona, dejan sus bolsas de basura afuera del terreno y es común que cuando camino por ahí puedo ver cuatro o cinco ratas inspeccionando las bolsas y separando lo que les servirá como alimento. Aunque me elevo del suelo ciento ochenta y siete centímetros, las ratas, de no más de diez centímetros de altura, ni siquiera se inmutan. En ocasiones me ven tan fijamente como yo las veo a ellas y no paran de roer —que para eso serán roedores—, soberbias, sabedoras de su superioridad numérica, su mayor velocidad, su destreza y como seguras de que yo tengo más miedo que ellas. Cuando las veo a los ojos, me queda claro que, si quisieran, podrían atacarme, atacarnos como humanidad, erradicarnos de la faz de la Tierra (ahora directamente y sin la necesidad de sus pulgas infectas con la peste negra); pero quién, entonces, les dejaría la comida en bolsas fáciles a la entrada del cubil.

Hace algunos años viví en Nueva York y me dejé invadir por una pasión estadística que me llevó a intentar contar cuántos días podía pasar sin ver una rata en el metro. Si acaso, la racha más larga sin ratas fueron dos días y porque, seguramente, no tenía el ojo despierto o estaba distraído. Casi todos los días, bastaba con mirar las vías unos diez o quince segundos para ver a algún roedor asomar la cabeza bajo un durmiente, impasible en su dominio. Otras ocasiones, podía ver a una rata más osada deambular por el andén; un par de veces me tocó ver ratas que, sin pudor, se metían al vagón —quizá para visitar a otra colonia de ratas en Washington Heights o para cruzar el East River en busca de roedores que entendiesen español, ruso, urdu o polaco—.

En una ocasión, estaba esperando el tren F en la estación de la calle 42, junto al Bryant Park, a unos metros de la Biblioteca de Nueva York, a unos pasos del teatro New Amsterdam donde seguro se montaba Mary Poppins, el musical, o alguna otra obra de ese tipo. En el fondo del andén vi a una rata cruzar de un lado al otro y perderse en las sombras del túnel. En mi ociosidad decidí ir a ver. Era tarde, media noche, quizá, por lo que no había ruido y mientras más me acercaba al final del andén, más se distinguía un ligero murmullo. Me paré en la boca del túnel y mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad, pero luego pude distinguir junto a la vía una bolsa grande, como del tamaño de un cuerpo, y a su lado, decenas de ratas, royendo, comiendo, mordiendo, hacinadas, voraces, incansables. Calculé unas cien ratas —seguramente un número abultado por el miedo y lo solo que me sentí—. Decidí alejarme, lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco, ni ruido; tenía esta sensación de que si los roedores se percataban de mi presencia, habrían tenido que matarme porque sabía demasiado.

Los días siguientes busqué en todos los tabloides, el NY Post, el Daily News, el Metro, el AM e incluso en El Diario y el Hoy, pero no encontré ninguna nota sobre un cadáver devorado por las ratas en los túneles del metro. Supongo, entonces, que a pesar de parecer un cuerpo eso que roían las ratas, solo eran bolsas de basura. De cualquier modo y para mantener una tregua con los roedores digo, a la menor provocación, que les admiro. No quisiera acabar en algún túnel oscuro y húmedo como alimento para ratas.

Foto: Michael Appleton for The New York Times.
Foto: Michael Appleton for The New York Times.
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