Hoy tengo poco que decir. Así hay días.

Creo que dejo de confiar en el poder curativo de la diatriba; hay días en los que me parece que no hay más nada que hacer. Veo gente que se alza como activistas de red social y otros que se dejan embargar por el optimismo, pero cuando el mundo se revela sin maquillaje es difícil no pensar que en un gran mojón de mierda. La diatriba, suele ser un latigazo de esperanza; quiero pensar que despotricando alguien podría generar consciencia —con una persona que tome consciencia y cambie, el mundo podría mejorar—; sin embargo, hay días, como hoy, en que me queda claro que la gente no cambia y la humanidad está destinada a la autodestrucción, lenta y dolorosa. No vale la pena ni siquiera intentar cambiar.

Por ejemplo, el triunfo de una persona como Trump merma esa esperanza que me lleva a la diatriba. Y ni siquiera me asusta que haya gente que crea que el racismo sea una forma de vida respetable; lo que en verdad me estremece es que el mismo statu quo es lo que detona ese tipo de pensamiento. El hecho de que haya gente que culpa de sus males a otras personas porque son diferentes es sólo el reflejo de algo que está podrido desde antes. ¿Por qué esas personas padecen los males que padecen? ¿Por qué crerían que los culpables son otros ajenos a ellos mismos? ¿En qué momento nos desentendemos de nosotros mismos al grado de acabar culpando a negros, musulmanes, mexicanos o red necks de nuestras desgracias?

Y el ejemplo de Trump y los gringos es eso, un ejemplo. Pero también acá se cuecen habas —y se cuecen sistemáticamente—. Acá, un gobernador puede robar descaradamente con decenas de prestanombres, tener propiedades en México y el extranjero y los sistemas de control gubernamentales ni siquiera sospechar. Tuvo que llegar un medio de comunicación (Animal Político) para desenmascarar el desfalco. El gobernador pide licencia y desaparece —aunque ahora, al parecer, hasta tiene el morro de mandar una carta al congreso para terminar su licencia y pedir su puesto de vuelta—. Estas personas como el gobernador de Veracruz o el presidente de la República, llegaron a sus puestos gracias a los votos de la gente. Sí, habrá quien mande hacer calcomanias o camisetas que digan #YoNoVotéPorEseGüey, pero hasta esos güeyes que no voyaron por el ahora presidente, son (somos) culpables de solapar un gobierno que olvida a los más necesitados y los hace vulnerables a aceptar una tarjeta de Soriana a cambio de su voto.

Así hay días en que la caída brutal de la humanidad se ve inevitable. El Brexit británico o el No colombiano, lo mismo que Trump en Estados Unidos o el regreso del PRI a la silla presidencial mexicana hace cuatro años, todos resultado de un proceso democrático, son el reflejo de que el mundo no tiene remedio. Aunque quizá yo esté en un error y todas esas decisiones democráticas sean la mejor opción; quizá sean la solución que se necesitaba. Igual no tengo esperanza.

Son estos días en que me doy cuenta de que el mundo es una mierda y no queda mucho que podamos hacer. Apaga y vámonos.

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