Desde hace años mi presencia en centros comerciales se reducía a visitas mañaneras o a medio día —nada como el food court para alguien que trabajaba en Santa Fe— y siempre entre semana. Si acaso llegué a ir al cine en fin de semana, pero solía entrar directo a las salas para así evitar el tránsito por los pasillos de estos sitios sagrados del consumismo.

No era un manifiesto ni una postura política, lo había logrado, de hecho, sin recapacitar demasiado en ello con la mera intención de evitar tumultos. Es más, ni siquiera me había dado cuenta de esto sino hasta el sábado pasado en que, inconscientemente, me apersoné en Parque Delta con la intención de comprar unos cuchillos en una tienda de artículos para el hogar.

Aguanté apenas unos veinte minutos antes de salir corriendo del lugar. Encontré mis cuchillos, pero no los compré porque temí no aguantar la tentación de sacarlos de su envoltura para apuñalar a alguien en mi caminata hacia la salida del lugar. Este centro comercial en cuestión fue remodelado recientemente y no conocía el resultado, pero al entrar me sentí en un centro comercial tejano.

Lleno de tiendas y restaurantes gringos —El Bajío resiste, estoico, la embestida de un Applebees, un Cheesecake Factory y un P.F. Chang, ya que ha logrado erigirse como una cadena al igual que sus rivales—, todos los sitios atestados de consumidores furiosos y emperifollados como si hubiesen ido a presentarse ante sus majestades.

No sé si sean mis prejuicios, mi mal humor, mi intolerancia, pero me pareció que la gente que entraba y salía de las tiendas tenía estas ínfulas de superioridad tan mexicanas (supongo que lo mismo pasará en otros países, no lo digo de manera excluyente, sino demostrativa) en las que gracias a un perfume caro, unos aretes de dorados o una camisa de marca se creen que pueden ver por arriba del hombro al resto de los mortales.

Logré salir del centro comercial sofocado por el consumismo feroz. Pero eso es, precisamente, lo que rige la economía capitalista: el consumismo es lo que le da cuerda al mundo en que vivimos. Desde hace años me pregunto cómo irá a acabar esto y las respuestas que imagino nunca son alentadoras, pero los focos rojos en mi cabeza se volvieron a encender con mi visita al centro comercial. El consumismo exagerado lleva, inevitablemente, a la devastación; la generación inmediata de riqueza implica una escasez al largo plazo y ese plazo nos está alcanzando. Qué va a pasar.

Aún con la noticia de la muerte de Fidel muy fresca —aunque para efectos prácticos el señor llevaba años muerto—, era evidente la ironía. Mientras que en redes sociales el debate se polarizaba en dos únicas (y dogmáticas) posturas, la del dictador contra la del revolucionario, al final me quedaba claro que el absoluto vencedor había sido el capitalismo de centro comercial. El consumismo convirtió la revolución cubana en un producto, mientras que los revolucionarios cubanos acabaron por convertirse en represores. Sí, la revolución cubana dejó cosas buenas para el pueblo, pero al final, más de cincuenta años después bien podríamos empezar a hacer el recuento final y  lo que acabó triunfando, muy por encima de las ideologías, fue el sistema en el que está inmerso el mundo desde el siglo XIX.

Ahora, aquí en México, un país donde institucionalmente se apoyó la revolución de Fidel (al menos a nivel diplomático), un país en el que se veneró consciente o inconscientemente al Che, a Fidel y a Cienfuegos, un país que intenta la reconquista de Norteamérica con trabajadores ilegales que no encuentran trabajo en casa, aquí, ha triunfado un sistema capitalista que exacerva el consumismo, única religión verdadera y la rectora de todos nuestros actos.

Parece que esa victoria por la que pugnó la revolución cubana no llegó, nunca. También fue una utopía.

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