Las cosas pares, todo lo que viene en pares iguales o desiguales que, sin embargo, maridan simbióticamente, me generan la tranquilidad necesaria para apaciguar mi trastorno obsesivo compulsivo; sí, esos pares merman la ansiedad y desgastan los pensamientos recurrentes.

Sin tener mucha consciencia de ello, me ocurría desde niño y, ya en la adolescencia, cuando escuché la canción de Mecano, me fui fijando más en los detalles, los ojos y los labios y las cosas pares, si algo me despista vuelvo a comenzar (sólo tú, sólo tú, sólo tú), con lo que mi obsesión encontró una pista de sonido en la dulce voz de Ana Torroja.

En las clases de matemáticas de la secundaria y la preparatoria me estresaba con los números primos y, por supuesto, con los impares —ni hablar de la idea del infinito—. Cuando llegué a la trigonometría, en cambio, me quedé embelesado con la suerte de contradicción que encierran los triángulos, porque a pesar de que van de tres en tres cada vértice encuentra un par improbable con el lado que le corresponde, mientras que cada ángulo está ligado a su suplementario, al tiempo que forman una relación perfecta con los otros ángulos internos y sumados todos los suplementarios, de ciento ochenta brincan a trescientos sesenta y en un tris ya tienen armada una orgía de seis parejas con posibilidades logarítmicas. Pensé, incluso, dedicarme a la trigonometría el resto de mi vida, como un voyerista aritmético, pero intuí una locura prematura, con la implícita hospitalización en el psiquiátrico por lo que mejor decidí alejarme de las sucias ciencias exactas.

En esa misma época, al leer poesía descubrí los deliciosos dísticos elegíacos y me mantuve cerca de las cosas pares. La posibilidad de pareos en la poesía es obscena: está la cadencia exacta del pentámetro yámbico en la literatura inglesa o los maridajes en múltiples planos de los sonetos españoles que combinan rima y métrica dejando, al final, siete parejas de versos, cada una entrelazada con otra en una inmensa orgía silábica. Y es que eso tienen los pares que acaban llamando a otros pares y potencian sus posibilidades.

Con la madurez, he podido entender y aceptar felizmente que hay muchas cosas que no están pareadas y que, sin embargo, están bien así (yo, por ejemplo); pero este no es el caso de los calcetines. Un calcetín no es nadie, nadie, si no vive en pareja —están los casos de calcetines que pueden realizarse en solitario sirviendo a un dueño cojo, pero es un porcentaje mínimo—. Un calcetín sin su par está destinado a morir de soledad, principal causa de muerte prematura de los calcetines. Qué felicidad cuando un par de calcetines llega al final de su vida útil en compañía de su pareja, cuando se acaba royendo en el talón o se les abre un agujero en el dedo gordo; los más suertudos acabarán sus días apaciblemente en el cajón porque poco a poco el resorte se fue desgastando (eso, entre los calcetines, es como morir dormido, sin dolor ni angustia).

En cambio, cuando un calcetín pierde a su pareja se va quedando en la fondo del cajón en solitario, inadecuado, sumergido en una oscuridad perenne que lo deja en el peor de los olvidos porque, a pesar de estar fuerte, con los colores sólidos, el resorte estrecho y el tejido firme, ya no sirve para nada.

Los calcetines viudos me provocan una ansiedad intolerable. No tan perturbadora, debo reconocer, como la sensación que me provoca un guante viudo tirado en el suelo, escena tan común en los inviernos crudos —los que ocurren en las regiones más cercanas a los polos y no en el trópico, donde está la Ciudad de México—. La muerte solitaria de un guante, pisado, sucio y mojado entre la nieve, cuando su pareja muy probablemente esté guarecido en el bolsillo del abrigo, es peor que la del calcetín que se queda solo en casa. Ambas desapariciones, sin embargo, me generan pesadillas, alteran mi paz, alborotan mi trastorno obsesivo compulsivo y perturban mi existencia.

Hoy por hoy, descansan en mi cajón cinco calcetines viudos y no sé qué hacer con ellos. Quisiera tener la sangre fría de tirarlos a la basura sin remordimiento, pero no puedo. Cuando, envalentonado, hago bolita uno de ellos y lo echo al bote, no pasan sino unos segundos para que me asalte el remordimiento y la esperanza: porque qué culpa tiene el viudo de haberse quedado solo; y, qué haré yo si al día siguiente de que se lleven la basura con el calcetín impar, aparece su cónyuge escondido entre una camiseta o perdido en un juego de sábanas aún con el aroma del suavizante de tela en el tejido. Nunca pierdo la esperanza de que el par de alguno de los viudos aparezca de pronto (quizá un día llegue a la lavandería y me digan que lo encontraron en el fondo de la lavadora, arrinconado por la fuerza centrífuga que le quitó el exceso de agua y me lo guardaron sabiendo la felicidad que me provocaría).

Mi sentencia, al final, es quedarme con esos cinco calcetines impares que alteran mi paz en espera de un milagro, porque el remordimiento de desecharlos en un arranque utilitario y desesperanzado es mucho y no podría aguantarlo.

Aquí les pregunto: ¿qué hubieran hecho ustedes?

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