Mi primer viaje trasatlántico fue a España y, en realidad, se trató de un intento fallido de fuga de mí mismo, como la que planeaba aquí la semana pasada.

Aterricé en Barajas la mañana de un jueves, el cielo estaba totalmente encapotado y caía una garúa pertinaz. En el aeropuerto cambié algunos dólares por pesetas —sí, fue hace muchos años— para poder ir al centro de Madrid y en el camino hice una rápida cuenta mental con ese tipo de cambio para calcular lo que me duraría el dinero. No pude disfrutar el trayecto en autobús hasta la Plaza de Colón, primero por lo gris y húmedo del día, y luego porque, según mi cuenta mental, tenía capital apenas para una semana —para un viaje que quería durar meses—.

Me instalé en un hostal bastante cutre en plena Gran Vía que había reservado desde México. El edificio, de unos 10 pisos, era viejo; había oficinas, otros hotelitos, pero ya en el hostal me sentí atrapado en 1950. Habían pasado décadas, quizá, desde la última remozada del sitio; las cortinas eran viejas, lo mismo que la cama —un colchón sobre una base de resortes, cabecera de metal—, el marco de la ventana de mi alcoba estaba hinchado y había partes podridas porque seguramente era la misma madera usada cuando construyeron el lugar. Calculo que era un edificio de los años 30; contemporáneo al Capitol, que quedaba casi enfrente y que pude ver, imponente, cuando logré abrir la ventana.

No tuve muchas fuerzas para nada y me dormí unas cinco horas, hasta que me despertó el hambre, así que decidí ir a comer algo y hacer cuentas más fresco. Doña Josefina, la dueña del hostal que ostentaba su nombre me vio con desconfianza cuando salí, me regañó un poco por ir a la calle con esa lluvia y sin paraguas. Caminé unas cuadras por la Gran Vía sin poder levantar la mirada por el agua, buscando algún sitio donde sentarme a comer algo y pensar cuál sería mi siguiente movimiento. Me sentí completamente desvalido.

Desde entonces, cuando escucho o escribo la palabra ‘desvalido’, pienso en esa breve caminata, en el frío que sentía por la lluvia y porque mi cuerpo estaba en plena disritmia circadiana. Por supuesto, ya conocía la palabra ‘desvalido’, pero hasta ese momento no había un significado al que pudiera relacionarlo directamente, sólo una idea. Antes de ese día era un concepto alejado, un fantasma de la realidad inteligible platónica, una idea sin realidad sensible con la cual relacionarla. Ese jueves por la tarde en la Gran Vía, bajo una garúa insoportable, nació para mí la palabra ‘desvalido’ —porque eso es nacer, materializarse—.

Asimismo, la palabra ‘garúa’ la descubrí años antes leyendo a Vargas Llosa —quizá La tía Julia y el escribidor—, donde esta lluvia blanda y obstinada caía sobre Lima. El diccionario que consulté entonces me explicó lo que era y aunque ya había pasado bajo muchas lloviznas, siempre imaginé que una garúa sería diferente. Esa precipitación madrileña se convirtió en el ejemplo perfecto de lo que era una garúa, donde las gotas son tan pequeñas que casi no se sienten, pero mojan igual. Así, en cuestión de un par de cuadras, había parido dos palabras en mi cabeza.

Me metí en un café, me paré en la barra y, como buen mexicano, esperé a que el camarero me preguntara qué quería, pero él, como buen español, no lo hizo. Me senté en una mesa y entonces el camarero, un poco molesto, me pegó un grito. Ahí aprendí que en España uno no espera que le pregunten qué quiere y tampoco pide por favorcito una cervecita, sino que, con autoridad y voz firme, pide lo que quiere y listo —me estaban gustando las particularidades culturales—. Me puso una caña y un trozo de tortilla. Así, al verbo ‘poner’ le nació otra acepción, la caña dejó de ser sólo de azúcar y la tortilla estaba deliciosa.

En el momento en que una palabra se materializa, se hace el mundo ante nosotros. Antes, las palabras son sonidos, conceptos lejanos con los que sí, podemos jugar e imaginar —y nuestra imaginación es poderosa, no la menosprecio—, pero cuando esas sílabas unidas nombran algo que podemos tocar, sentir o ver, pasamos a otra dimensión.

Ya con la barriga llena, saqué la libreta que siempre cargo conmigo y volví a hacer la cuenta, pero ahora en papel. Por supuesto, en el proceso mental previo había cometido un error. Mucho más tranquilo, maté un largo rato observando cómo se comportaba el microcosmos de ese bar madrileño. Más tarde, decidí dar una caminata.

La lluvia seguía incesante aunque caía la noche del día gris. Llegué a la calle de Alcalá, hasta la Fuente de Cibeles; se veía mucho más imponente que la copia de la colonia Roma y a pesar de que me hubiese gustado seguir conociendo Madrid, ya estaba empapado, por lo que volví al Hostal Josefina. Doña Josefina volvió a increparme al ver que me escurría agua de la cabeza. Entre su alegato, me preguntó a qué me dedicaba y qué hacía en Madrid. Mientras rodaba una gota de agua hasta mi boca, yo sopesé una respuesta. No quise decirle que era un periodista que quería probar suerte, ni un desempleado que quería entrar a la maestría en la Autónoma de Madrid, no quería una mirada juiciosa, así que le respondí con soltura que era un ingeniero químico, que trabajaba en la industria petrolera y que venía a trabajar unos días con una firma española. Doña Josefina quedó impresionada y no dijo más nada, así que aproveché para cerrar la puerta de mi alcoba tras de mí. Me quité la ropa mojada y puse sobre la cama un montón de monedas que me dieron de cambio luego de comprar unos cigarrillos y otras cosas. Monedas con agujeros en el centro, con escudos reales, con la efigie de un rey; no había águilas ni soles y, sin embargo, servían para exactamente lo mismo. Conté peseta por peseta, volví a hacer una cuenta mental para asegurarme que no tendría problemas pronto y luego puse el puñado de monedas sobre la mesita de noche.

Pienso ahora en todas esas palabras cuyo nacimiento en mi cabeza no recuerdo. Seguramente mi madre me dijo, hace muchos años, ‘nariz’, mientras me la apachurraba o señalaba la propia y luego de muchas repeticiones, aprendí que la nariz era esa prominencia que todos tenemos en mitad de la cara; no sabía para qué servía y quizá ni siquiera podía pronunciar la palabra, pero el vocablo ya se había materializado. Hoy hay muchos conceptos complejos —mucho más que ‘nariz’— que siguen naciendo, sin embargo, no suelen tener la claridad que tuvo el ‘desvalido’, sino que se hacen más confusos. Uno acaba entendiendo ideas que ni siquiera deberían de existir como ‘peculado’, ‘fraude’, ‘secuestro’; y sí, menciono esas palabras adrede. Creo que el mundo es ahora más violento, primero porque lo es y, segundo, porque con la edad uno va viendo las cosas más crudas.

Últimamente, he tenido muchas ganas de volver a Madrid —aunque la última vez que estuve allá ya había euros, fue hace mucho tiempo—. Podría, en esta ocasión, evitarme la garúa y lo desvalido, aunque una caña y un trozo de tortilla me caerían muy bien. Pero, más que nada, quisiera volver a parir palabras en plena Gran Vía, sin pudor ni recato.

 

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