Hay mañanas, como esta, en que quisiera quedarme agazapado bajo las cobijas. Supongo que a todos nos pasa alguna vez que despertamos y preferiríamos no tener que enfrentar la vida. Pues hoy es uno de esos días y postergué lo más que pude el momento de salir de la cama.

Luego de una lucha larga me puse de pie y arranqué el ritual matutino: me hice un licuado de plátano, me tomé mis medicamentos y, como pude, me senté frente a la computadora. La gata, tras una espera paciente, dejó pasar medio segundo luego de que me puse de pie para acurrucarse en el sitio aún cálido que había dejado en la cama. Y ahí sigue.

Me di un paseo web por varios diarios, The Guardian, The Wall Street Journal, El País, Milenio (donde, por cierto, usaron la palabra ‘nazarenos’ para referirse a los árbitros de fútbol mexicanos y todavía no sé si reír o llorar) en un acto elemental de procrastinación para diferir, aún más, enfrentarme de lleno con la vida.

En mi proceso de evasión dejé pasar muchos minutos, quizá horas, mientras escuchaba las obras de piano solo de Erik Satie y filosofé en lo menospreciados que están los momentos de introspección y cuán necesarios son. Quizá si hubiera más reflexión, digamos en las delegaciones, dejarían de otorgar permisos de construcción sin antes aumentar la necesaria infraestructura; o quizá alguien podría haber llegado a la conclusión de que no merece abundancia si no trabaja por ella. O quizá sería al contrario, porque al final pueden quedar aún más convencidos de que se merecen cualquier cosa sólo por existir, pero después de sopesarlo un rato.

Cuando vi la hora me escandalicé porque debía haber publicado este texto mucho más temprano, así que dejé de diferir lo inevitable para aceptar que no tenía nada qué decir hoy ni tenía el ánimo de escribir absolutamente nada. Por ello, decidí describir la mañana en un intento de aflojar la pluma, pero he llegado al punto en que estas letras y la realidad convergen sin tener aún nada en claro sobre lo que podría escribir. Por ende, he decidido improvisar.

Podría, ahora mismo, divagar sobre lo imponente de la página en blanco pero es un lugar tan común que hasta yo me resisto a hacerlo. Sigue sonando Satie y por la ventana se ve cómo el sol se asoma y se esconde intermitentemente en un día que no se decide —igual que yo— a nublarse o solearse por completo.

Los minutos, a su vez, con una determinación envidiable, siguen pasando. A veces quisiera que el tiempo dudara como yo; que por un momento el segundero se detuviera y volteara hacia atrás con la incertidumbre de andar en la dirección correcta. Lo sé, otro lugar común, pero con esta presión de tener que escribir algo sólo fluyen sitios en los que uno ya ha transitado, esas cosas que uno lee y relee y ve por la tele y todo eso que es, en realidad, fácil de entender aunque parezca muy profundo y rebuscado. Estos temas que a primera vista parecen sesudos y con los que todos pueden relacionarse, pero no debido a un largo proceso de meditación, sino porque han estado en el ambiente desde que tenemos uso de razón.

Me he terminado mi segundo café del día y, más motivado por la piedad, decido poner fin a esta farsa y terminar esta retahíla retórica. Si han leído hasta aquí, no me queda sino disculparme por haberles hecho perder su tiempo y os pido que acepten, como una ofrenda, esta pieza de Satie para hacer un paréntesis en su día dedicado al ocio sin sentido.

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