He llegado, con esta, a mi centésima entrega y lo que más me sorprende es que en todos estos lunes, en tantas palabras y diatribas nunca había explorado el origen del odio, esa semilla de la que todos mis malos deseos abrevan.

Hay personas que esconden en su pasado abusos violentos, profundas tristezas, eventos terribles que ennegrecieron su manera de ver la vida, pero en mi caso fue algo mucho más elemental; sin embargo, con base en la constancia ha hecho de mí el jeiter que lleva un registro de aquello que detesta a través de un diario.

Nunca me ha gustado levantarme temprano, pero siendo niño llegaba mi madre a mi cama y con un beso y un par de caricias me avisaba que había llegado ese momento funesto —además, para ir a la escuela, lo que hacía aún más amargo el trance—. En esos tiempos aún era tolerable. Cuando tuve la sensación de haber caído al infierno y supe que era capaz de sentir odio, fue por ahí de la secundaria, en que me heredaron un reloj despertador que me martillaba la consciencia, el cerebro y los oídos incluso antes del alba. Es, por eso, que ese objeto demoníaco representa el mal, el lado oscuro, el origen de estos textos, de esta constante molestia ante las innumerables imperfecciones del mundo.

Se trataba de un Baby Ben de Westclox que en la parte de atrás estaba la cuerda de la alarma, una campanilla interna que perturbaba a cualquiera. Eran los años ochenta, pero yo tenía que lidiar con esta reliquia de la década anterior. En realidad, lo más común en esa época eran este tipo de relojes para despertar —aunque ya había digitales, con radio y todo, aún no eran tan comunes—.

El suplicio comenzaba desde que uno apagaba las luces la noche anterior, luego de darle cuerda a la campana y poner la hora para despertar —no, no eran precisos, la campana sonaba unos minutos antes de la hora marcada para ello. Esa antigua vida análoga—, el reloj me recordaba su inevitable función con un tic-tac que apagaba el silencio de mi cuarto. Era como que me recordaran los segundos antes de la hora de mi decapitación.

Ese reloj —exactamente como el de la foto que ilustra este párrafo— era la materialización de todos los males. No existía el botón de snooze, así que tenía que poner elrelok aparato del demonio lejos de la cama para tenerme que parar a callarlo. Hubo veces, varias, en que a pesar de haberme levantado para sofocar esa tortura auditiva, caía rendido de regreso a la cama, pero el daño estaba hecho porque no podrán decirme que la campanilla de un despertador de la vieja guardia no califica como un acto de violencia. Despertar con un evento de violencia auditiva, inevitablemente tenía que nublar el resto del día; preparaba el humor que tendría las siguientes trece o catorce horas.

No sé qué piensen ustedes, pero la primera batalla que tenemos que dar en el día es contra nuestro despertador e inevitablemente la perdemos. Por qué decidimos arrancar así  la vida cada mañana, con una derrota, con un acto de violencia que perturba nuestra paz. Así no hay día que pueda empezarse con el pie derecho.

Y no os llaméis a engaño, que cualquier intento de justificar el uso de despertadores como una parte agradable de la vida no será otra cosa que una ilusión. Incluso para las personas que gozan cuando su día empieza temprano, el hecho de interrumpir su trance onírico con un zumbido, una campanilla o cualquier tipo de ruido debe ser una experiencia traumática; antinatural, a todas luces.

Cuando la gente lee este blog y me pregunta, con sorpresa y un poco de lástima: ¿Pero por qué eres así? ¿Por qué no ves el lado positivo de la vida? Me gustaría responderles con la campanilla del Westclox para que le den una probadita al infierno.

Hoy, tantos años después, sigo sin poder eludir del todo el martirio de los despertadores. Muchas veces la labor es de mi teléfono, mediante el canto de un gallo electrónico —igual de castrante que la campanilla, debo decir—, al cual callo de un manazo para que vuelva a sonar diez minutos después. En fechas recientes, mi gata ha asumido la tarea de despertarme y sacarme de la cama con maullidos ácidos en mi oreja a eso de las seis de la mañana, sólo porque le gusta beber agua fresca directamente del grifo a esa hora. Lo peor, es que sufro dos veces esos días, primero con el gato y luego con el gallo del teléfono; a veces que quisiera arrojar al felino por la ventana, pero me contengo.

Cada que mi sueño es interrumpido a causa de una alarma, entiendo que ese es el origen del odio, que nada bueno puede derivarse de ese acto violento y recuerdo inevitablemente ese Westclox, el causante de este blog y sus cien textos.

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