El viernes pasado hice lo impensable: subí el Cerro de la Estrella.

Yo, que me he cansado de desdeñar las prácticas y costumbres religiosas —hace mucho que no lo hago porque, literal, ya me cansé—; yo, que he pasado todos mis años de vida evitando aglomeraciones y tumultos —y soy bueno en ello—. Así las cosas, yo lo hice, subí el Cerro de la Estrella en Viernes Santo.

La noche previa, cuando accedí a ir, me pregunté seriamente cuál era mi motivación, porque me parecía una mala idea a todas luces. Mi conclusión fue en realidad sencilla: primero, para acompañar a la autora de las fotografías que acompañan esta publicación (Cecilia Suárez: @cecileesu, en Instagram), a quien le hacía ilusión ir y saciar su curiosidad periodística; y, segundo —la razón más poderosa ya que la fotógrafa no necesitaba que la acompañara y hubiese ido de cualquier modo—, para que nadie me lo contara, para ver el absurdo de primera mano, para salir un poco de la zona de confort en que suelo acurrucarme y forzar la vista de nuevo.

De niño, confieso, no me perdía las noticias en Viernes Santo para ver en la tele a un tipo ser crucificado en Iztapalapa y entonces, aún siendo un católico no disidente, ya me parecía un acto salvaje ver a una turbamulta eufórica rodeando a un señor que se ofrecía voluntariamente para pasarlo mal. Para cuando llegué a la adolescencia, en cambio, la noticia me dejó de provocar asombro, algo que ocurre todos los años —después de todo, esta fue la centésima septuagésima cuarta representación de la Pasión en Iztapalapa—, una más de las tonterías que la gente hace.

El evento, como lo suponía, fue el conjunto de varias cosas que desprecio: mucho calor, multitudes, fanatismo, un sol poco amable y mucha irracionalidad. Ahí no hubo sorpresa; lo inesperado, en cambio, aparecía en las pequeñas cosas: el dinero que se gasta la delegación, el evento como un espectáculo familiar para un día de vacaciones, la cantidad de gente disfrazada, muchos policías que fungían como espectadores aunque estaban ahí para la seguridad de miles de personas que asistieron a la representación —en algunos noticieros hablaron de poco menos de un millón de personas, aunque la delegación esperaba hasta dos millones—.

Cuando subía al cerro, un recorrido que hice desde la explanada de la delegación donde unos romanos de Iztapalapa azotaban al Jesús de Iztapalapa, junto a mí, por el camino principal, iban subiendo decenas de Cristos ataviados para la ocasión, muchos descalzos, otros tantos con coronas de espinas (reales) en la cabeza, todos cargando una cruz, su propia cruz, en una metáfora llevada a la literalidad. Todos estos Cristos de segunda —¿pagando una manda? ¿siguiendo la tradición familiar?— se esforzaban y se les veía el sufrimiento real en los rostros, los pies deshechos, muchos sangrando —ningún estigma, sólo lesiones reales por la corona o por las llagas de los pies—. Y yo, desde mi burbuja atea y de clase media acomodada, no podía sino preguntarme por qué lo hacían.

Gracias a mi agnosticismo, las festividades religiosas son para mí, en el mejor de los casos, tradiciones sociales —como la cena navideña o los días libres de esta Semana Mayor que, casualmente, coinciden con la época más calurosa de estas tierras impías—, y en el peor y más común de los casos, sinsentidos fanáticos. Suelo pasar por alto que esta semana es una fuente culpígena inmejorable para los católicos, religión que, a pesar de haber perdido feligreses en las últimas décadas, abandera a poco más del ochenta por ciento de los mexicanos.

¿Por qué lo hacen? Puedo, medianamente, entender a las familias que se congregan en el Cerro de la Estrella para hacer un día de campo con espectáculo católico-sangriento a todo color —después de todo es gratis, la familia se divierte y, de alguna manera, pueden decir que cumplieron con los deberes que les impone su religión—. Pero qué motiva a los que se inmolan en el anonimato, a los que invierten dinero y tiempo para hacer su disfraz, ir a ensayos y andar por las calles como romanos, como judíos, como discípulos de Cristo. La respuesta que utilizaban los opusdeistas (sí, estudié la prepa con opusdeistas y es algo de lo que aún me avergüenzo, pero es un tema que abordaré en otra ocasión) para zanjar cualquier tipo de discusión religiosa donde se quedaban sin argumentos era la fe: la que me faltaba, la que no entendía porque mueve montañas y pavadas de esas. Posiblemente, esa sea la misma respuesta que más de uno me dará para explicar este fenómeno. Pero el concepto de fe sigue siendo para mí algo tan acomodaticio que no me vale como respuesta de nada. Debo decir, además, que en medio de esta gran fiesta católica había cantidad de cristianos que repartían panfletitos con el objetivo de encausar a la gente por la fe verdadera, que es parecida pero diferente. Mera cuestión de marketing, según yo.

Al final, como la metáfora llevada a la literalidad, cada quien anda por la vida cargando su cruz. Los mexicanos cargamos a diario la cruz que nos toca por seguir permitiéndole cualquier cosa a los políticos que nos gobiernan; Duarte carga la cruz que le toca a cambio de la abundancia en la que dejó a su mujer e hijos libres y contentos en Guatemala; el conductor del BMW que se estrelló en Reforma carga una cruz gigante, del tamaño de cuatro vidas segadas de pronto; yo cargo la cruz del desasosiego que me impone mi agnosticismo —merecido, dirán mis maestros opusdeistas de la prepa— y así todos vamos por la vida expiando nuestras culpas con una cruz en la espalda. ¿Será?

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Caifás de Iztapalapa, un seguidor de Cristo, un romano, un poli: sincretismo. FOTOS: Cecilia Suárez.
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