El lunes pasado desperté totalmente maltrecho: dolor de garganta, dolor de cabeza, dolor en todo el cuerpo y fiebre. Vamos, como si me hubieran puesto una feroz madriza y yo ni las manos (en plan Canelo-Chávez). Acabé, de lo mal que me sentía, en la consulta de un médico y la sentencia fue rápida y definitiva: influenza.

Lo que siguió fue algo que podría parecerse a una tortura medieval. El dolor nunca mengua y es como si en cada articulación hubiera un tornillo apretando. La piel está tan sensible que el mero roce con las cobijas se parece a un manto de navajas contra el frío. La fiebre y el dolor de cabeza no te permiten estar despierto ni dormido y uno pasa las horas en un limbo extraño.

Recuerdo, en ese extraño estado, abrir los ojos de pronto y ver al gato sentado frente a mí, observándome, como un guardián del sueño. Yo volvía a dormitar y luego de un rato, al abrir los ojos, el gato seguía ahí, inmóvil mientras en la tele, lejana, se escuchaba la narración del Juve-Monaco. Horas después, abría los ojos y el gato seguía sentado, erguido, velando el sueño de su dueño. En algún momento, con la sabiduría que sólo los gatos tienen, el mío encontró el momento justo para darse la media vuelta y retirarse de su puesto de vigilia y lograr que, al momento de que yo abriera los ojos, pudiera distinguir su fundillo alejándose. Un pequeño asterisco coronado con la cola. Un regalo de mi gato que en lugar de pajaritos, ratones o arañas, le gusta dejarme imágenes indelebles que me recuerden que la situación, por mala que parezca, siempre puede ser peor.

Desde entonces, cada vez que cierro los ojos se me aparece ese asterisco fruncido del felino y en las alucinaciones de la fiebre me atacaban asteriscos de diferentes tamaños y colores. Quizá sea que desde que soy niño, cada vez que en mi cerebro se debe formar la idea de un virus, pienso en un asterisco. Así que la metáfora era perfecta con esta tortura viral que parecía no acabar. No fue sino hasta el jueves en la tarde cuando los síntomas empezaron a ceder. No del todo, pero hasta entonces pude conciliar unas horas de sueño real, de descanso, alejado de los asteriscos, tanto las representaciones virales como las visiones de esfínteres que pintan el futuro.

Así, el jueves, cuando empecé a recuperar ciertas neuronas para actividades organizadas por mí mismo y no propias de la alucinación de una enfermedad, me di cuenta que por primera vez en dos años había dejado pasar un lunes sin publicar nada en este espacio. No tengo excusa ni perdón, simplemente no pude sentarme a escribir nada. Tengo preparado un texto que escribí hace unos tres años, una diatriba contra Greenpeace —que, por supuesto, no pasa de moda—, listo para salir al rescate en un caso de emergencia como este, pero no me pareció justo y, a decir verdad, ni para eso hubiera tenido fuerzas.

Una semana después de que empezara mi tortura, aún tengo ataques de tos —sueno a moribundo de enfisema, y eso que hace 16 años que no fumo—, me siento débil —y me aseguran que eso durará varios días más— y no tengo mucha consciencia de lo que ocurrió la semana pasada. Me siento robado, es como si me hubiesen robado una semana. Yo recuerdo que el seis de mayo pasado estaba muy feliz en una boda bebiéndome unos gin & tonics y después todo se nubla hasta ahora, así que no sé bien qué decir por haber faltado a mi cita del lunes pasado. Tendré que buscar la forma de resarcirme y a la semana pasada le pondré un asterisco, para que no se me olvide.

 

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