El aire que respiramos en la Ciudad de México es tóxico y no, no es algo nuevo. Hay “consciencia” del problema de la contaminación en la ciudad desde hace décadas. Mi vida entera —y tengo 46 años— he oído hablar de la contaminación en la Gran Tenochtitlán.

Por definición, una contingencia es algo que puede o no ocurrir, pero la tercera acepción de la palabra en el Diccionario de la Lengua Española dice: riesgo. Así, sin más. Sin embargo, en el caso de esta ciudad la “contingencia” es un riesgo seguro que tenemos que correr cada año más temprano que tarde.

Anoche, la Comisión Ambiental de la Megalópolis suspendió la Fase 1 de la Contingencia Ambiental que imperaba en la ciudad desde el 15 de mayo, con lo que se levantaron las restricciones de circulación de vehículos y la recomendación de que no se realizaran actividades al aire libre. Esta ha sido la contingencia ambiental más larga en la ciudad en los últimos veinte años. Parece que lejos de ir solucionando el problema, nos estamos asfixiando más y ya ahora no se ve una solución factible. La ciudad está condenada.

A pesar de que las medidas tomadas en los últimos años han sido particularmente malas, sería injusto culpar de esta situación al gobierno de Miguel Ángel Mancera, siendo un problema tan añejo. En días recientes, Tanya Müller, secretaria de Medio Ambiente del gobierno de la ciudad, dijo en una entrevista con el periódico Reforma que hay que poner en perspectiva la situación en México. Dijo que la mala calidad del aire en la ciudad, frente a ciudades en China, no es tan mala. Y tiene razón. Pero a mí, como a la mayoría de las personas que vivimos en esta ciudad, me importa muy poco la situación en China.

El diagnóstico en esta ciudad —al cual se llegó hace mucho tiempo— es que la mayor generación de contaminantes viene de los vehículos. Por ello, se creó el programa Hoy No circula y se implementó la verificación vehicular. El resultado fue que se ha incrementado la compra de autos y camionetas, en tanto que la inversión en un transporte público que cubra las necesidades de la población sigue siendo insuficiente. Y la respuesta inmediata es que somos muchos en la ciudad. Sin embargo, las delegaciones siguen dando permisos de construcción de edificios con lo que un lote donde antes vivía una familia de cinco personas, ahora aloja seis departamentos con 12 personas (en el mejor de los casos) sin que se dupliquen los servicios. ¿Cuál será el resultado de eso? No se necesita ser un genio para ver que la dirección que lleva esta ciudad es a una muerte lenta y dolorosa: nos vamos a asfixiar con el aire contaminado, nos vamos a quedar sin agua y, al mismo tiempo, de las coladeras se desbordará la mierda —y ni qué decir de la inseguridad, porque a final de cuentas quizá sea mejor morir de un balazo que de intoxicación por monóxido de carbono—. En tanto, el jefe de gobierno, a quien sería injusto imputar toda la culpa, pareciera que se pasa los días haciendo campaña a su favor.

Yo no veo la manera de detener esto. Y lo peor de todo es que la situación de esta ciudad deja evidencia dura de que han pasado décadas (sí, decenas de años) sin que haya pasado por aquí un gobernante que se haya preocupado lo suficiente como para hacer algo que a largo plazo solucione los problemas que nos van a matar.

De eso, tampoco tiene la culpa Mancera. De eso, la culpa es totalmente nuestra que le hemos dado el poder a puro pelmazo incapaz de resolver ninguna contingencia

 

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