Desde hace años, cada vez que hay elecciones en México se repite un ritual tortuoso que nos retrata bien como sociedad. Primero empiezan a multiplicarse las personas que intentan generar consciencia, preocupadas de que todos entendamos la importancia del proceso democrático hacen campaña a favor del voto útil y en contra, usualmente, del partido en el poder donde se realicen los comicios —cuando es el PRI, los argumentos suelen ser más descarnados—. Los medios, por su parte, hablan de un pueblo politizado y sacan, aleatoriamente, los trapos sucios de un candidato, de un partido, del otro, del independiente y nos bombardean a diario con la retórica vacía que los candidatos exponen en los pueblos más olvidados del capitalismo ante un grupúsculo de sus mismos seguidores que vitorean y aplauden a cambio de una torta de tamal. Una semana antes del evento cumbre de esta democracia empieza una veda electoral que todos los partidos descubren como infringir de manera subrepticia —como todo lo que hacen los políticos— para que cuando llegue el domingo señalado en el calendario haya un desfile televisado por las urnas, aderezado por entrevistas, análisis e información, toneladas y toneladas de información.

Pero el asunto no ha acabado. Después de que se cierran las casillas, para ver el diarreico resultado, pasamos dos días siguiendo las noticias, el conteo, las encuestas, las declaraciones de unos y de otros, en un acto parecido al de pararse frente al retrete y ver la mierda que se arremolina un poco antes de atascarse y quedarse nadando para siempre en la piscina del váter.

Todo el proceso, esto es importante decirlo, desde que levantaron la mano los candidatos hasta que se nombra un ganador oficial, ha sido aderezado con quejas, lamentos y sollozos nuestros, los electores, que nos preguntamos qué hicimos para merecer a estos políticos, que en el mejor de los casos son ineptos y más normalmente están coludidos con el crimen organizado.

Sin embargo, así como está nuestra situación, no importa quién gane en el Estado de México, en Coahuila, en Nayarit o en Veracruz porque todos los candidatos abrevan del mismo estanque. ¿Por qué? Porque no hay partido político, ni candidato alguno —habrá excepciones, supongo, así como los católicos dicen que existen los milagros— que en su agenda de trabajo haya un plan para construir una mejor comunidad. Los intereses de todos los políticos, en el mejor de los casos, son los de su partido electoral y en el peor el bienestar de ellos y de sus familias. Lo único que cambia es el grupo delictivo que se aprovecha de la situación. Eso es lo más disruptivo a lo que podemos aspirar, a quitarle la mina de oro al PRI, para que la explote Morena, mientras nosotros estamos atrapados dentro de la mina sacando el metal precioso.

Hay muchos ejemplos que prueban esto y que se nos van olvidando, quizá por el cúmulo de malas noticias que llegan a nuestros oídos. Por ejemplo, la Ley tres de tres que nunca prosperó porque en la votación los mismos congresistas a los que se fiscalizaría, la detuvieron; o bien, el incremento de sueldo que los congresistas se aprueban cada año (ridícula la cantidad de dinero que se embolsan por no cumplir con su trabajo); y si nos vamos a los gobiernos estatales, la lista de gobernadores señalados por desvíos de fondos es nutrida —los Duarte, César, de Chihuahua, Javier, de Veracruz, ya en custodia, Humberto Moreira, que a pesar de haber sido detenido por la Interpol, fue liberado apenas llegó a México, o el mismo Roberto Borge, que ayer fue capturado en Panamá, y la lista sigue—.

En las discusiones sobre estos delincuentes, es común que se llegue a la conclusión que el peor de todos los partidos políticos —por número de miembros con acusaciones de corrupción y por presencia en el país— es el PRI. Por ello, se ha popularizado el voto útil, dándole más posibilidades al candidato que pelea más de cerca contra el del PRI. El caso más actual es el del Estado de México, donde gracias a eso, la candidata de Morena estuvo (o está, hasta que no se haga oficial) muy cerca de quitarle el reino al PRI. El problema, de esto, como dije más arriba, es que los políticos nacen de la misma mierda: el fundador de Morena, era priista; muchos de los perredistas, también tienen pasado priista; y los panistas han aprendido todas las mañas. No hay opción y otro ejemplo claro es que, en el abuso total del cinismo, el PAN y el PRD formaron alianzas políticas en Nayarit y Veracruz; derecha e izquierda unidos por los votos, partidos que en sus fundamentos están encontrados, acaban unidos para hacerse del botín —un fenómeno tan extraño como cuando un partido verde pugna por la pena de muerte—.

Lo que digo es que seguirá siendo el mismo ritual tortuoso cada vez mientras no haya un cambio de fondo en la sociedad. La peor noticia, en todo caso, es que ese cambio no se ve cercano —yo, que peco de pesimista, no lo veo siquiera posible— y cuando se dé, tendrán que pasar años para poder cosechar los resultados.

Así que no os llaméis a engaño, porque en doce meses habrá elecciones y se repetirá el espectáculo. Al final, sabremos quién será nuestro nuevo presidente parados delante del inodoro, cuando quede sólo el mojón ganador luego de sobrevivir a la vorágine que se llevó a sus competidores al drenaje. Entonces, el Instituto Nacional Electoral lo sacará del fondo del retrete para colgarle la banda presidencial.

 

Anuncios