Estamos a merced de las muescas, de los ceros y los unos, que se erigen como un oráculo binario que nos depara, inexorablemente, un destino de ignorancia y muerte. La casualidad se ha diluido para que la vida nos condicione con base en un código y lo peor es que lo aceptamos como si fuésemos reses en el matadero.

De pronto, mientras navegamos por Internet, los anuncios de las páginas que visitamos nos bombardean con anuncios escogidos con base en lo que escribimos en nuestras búsquedas, en las páginas que visitamos, en los correos electrónicos privados que intercambiamos con nuestros seres queridos. Somos vigilados como bichos en un microscopio.

Entre Google y Facebook estamos irremediablemente atrapados. Y no sólo nos vigilan, sino que además, poco a poco se apoderan de todas nuestras interacciones digitales con el mundo: revisan nuestros contactos, hacen un seguimiento de lo que leemos, lo que vemos en la red, todo, y después empiezan a filtrar la información que nos llega. En un alarde de arrogancia y soberbia estos, que alguna vez fueron simplemente medios, ahora dirigen y sesgan todo lo que llega a nosotros, condicionando todas nuestras interacciones a placer.

Lo peor de todo no es eso, sino que además de tomar el control, de convertirnos en rehenes, nos dejan la ilusión de libertad, de control y llegamos a pensar que debíamos ver la comunicación de tal o cual persona o que se nos ocurrió a nosotros comprar unos zapatos en Mercado Libre, cuando en realidad sólo respondimos al bombardeo que nos hicieron.

Y, de pronto, en un momento de lucidez, abrimos los ojos, pensamos unos segundos y vemos lo extraño de todo, como si viviéramos en Black Mirror, y nos damos cuenta que estamos haciendo lo que la computadora nos orilla a hacer. Entonces, con toda la inocencia de que somos capaces, le decimos a alguien —en la vida real, digo, literalmente volteamos a un lado y le decimos a la persona que está sentada ahí enajenándose en su propio ordenador— que si se ha dado cuenta de lo extraño que es todo, como si nos estuvieran vigilando. La respuesta, casi inmediata, de nuestro interlocutor es: “claro, por el algoritmo”.

La explicación es como si durante el Imperio Azteca alguien se sorprendiera por los truenos de una tormenta veraniega en la Gran Tenochtitlán y el tipo de al lado le contesta: “claro, es Tlaloc”. Como si conocieran a Tlaloc, como si supieran lo que es un algoritmo, cómo funciona, pero la realidad es que se trata de un nuevo oráculo que poco a poco nos gobierna dejándonos creer que no es así.

Cansado de escuchar la palabra algoritmo, uno se olvida del momento de lucidez y decide darle una vuelta a Facebook a ver si hay alguna noticia y el algoritmo (en el que ya no pensamos) escoge qué mostrarnos, qué textos o páginas recomendarnos, decide las publicaciones de cuáles amigos podremos ver, porque no importa que uno tenga un millón de amigos, si el algoritmo decide sólo mostrar las publicaciones de cinco amigos eso es lo que veremos. El algoritmo crea una burbuja de confort y consumismo que mantiene girando al mundo externo y nos da paz en nuestro cada vez más pequeño mundo interno.

Y al final, todo tiene sentido, porque nos sentimos más cómodos leyendo las cosas que dicen lo que pensamos, viendo las publicaciones con las que estamos de acuerdo, atendiendo anuncios especiales para nosotros y seguir consumiendo sin reflexión alguna. Al final, la definición de la RAE, aunque demasiado sencilla, es reveladora porque un algoritmo es el “conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”. Siendo, claro, nosotros el problema contenido fácilmente con un número finito de operaciones matemáticas.

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