La suerte siempre me ha parecido una moneda de cambio para darle la vuelta a las cosas según convenga a su portador. A veces funciona para no perder la esperanza de que algo mejor vendrá o para paliar la culpa que nos causa nuestra propia ineptitud. La suerte es ese elemento externo al que podemos achacar cualquier cosa que está fuera de nuestro gobierno —como casi todo— y mantener la ilusión de control que nos da cierta paz mental. La suerte es un mero artilugio.

En mi caso, la gente suele asumir que la suerte siempre corre a mi favor y esta semana lo he escuchado varias veces, aunque no me creo nada. Para hablar de ello debo remontarme al inicio: hace dieciséis años me dio un infarto agudo al miocardio y los médicos descubrieron que mis arterias coronarias están malformadas, por lo que propician la formación de coágulos y  se tapan fácilmente. Las explicaciones que he escuchado siempre han sido vagas, más teorías que certezas, conjeturas para explicar algo que, en realidad, no saben la causa de su origen.

Luego de esa primera visita al hospital, he vuelto varias veces, entrando por urgencias, ante problemas que siempre barajan la muerte como una posibilidad y después de largas y frías noches de hospital he logrado salir caminando por la puerta.

La semana antepasada volví a una sala de urgencias con la misma cantaleta: Me está dando un infarto. La reacción de las enfermeras, invariablemente, es como si escucharan a un exagerado que no sabe de lo que está hablando y quizá sólo tenga una indigestión que bien podría domarse con un Peptobismol. Tengo que reiterar e informar: No es la primera vez que me pasa y me está dando un infarto. Tras la aclaración, suelen reaccionar: un estetoscopio, un baumanómetro y directo a una cama donde me ordenan que me despoje de las ropas (sin preámbulos ni mediaciones y sin oponer ninguna resistencia) hasta que llega un médico a enchufarme electrodos para hacerme un electrocardiograma y constatar que el exagerado (es decir, el paciente) estaba diciendo la verdad.

A partir de ahí empieza un interrogatorio con preguntas recurrentes efectuado por infinidad de personas (una, dos o cuatro enfermeras que al parecer no se hablan entre sí, además de dos o tres doctores que siempre dudan de la capacidad de quien está postrado en una cama y de sus colegas, que seguramente dejaron pasar información importante): nombre, edad, síntomas, desde qué hora, del uno al diez cuánto le duele, dónde exactamente es el dolor, fecha de nacimiento, antecedentes, nombre, qué fue lo que sintió, problemas cardíacos en la familia, y así hasta volverme loco. Y luego, cuando uno pensaría que esa tortura terminó, empiezan de nuevo las preguntas de los cinco o seis mismos personajes que ya se dan por enterados, pero pareciera que escucharon lo que querían porque hay muchas imprecisiones en sus notas. No hace falta exagerar para que quede claro que la estancia en el hospital nunca es agradable.

Por fin, luego de seis días, una angioplastia, tres noches en terapia intensiva, comida inmunda, piquetes (muchos piquetes), otras tantas noches compartiendo cuarto con otros convalecientes y mucha desesperanza llega el día en que uno sale caminando por la puerta del hospital. Eso fue el lunes pasado.

Cuando llegué a casa aún había tiempo; de hecho, aún era lunes cuando empecé a escribir este texto, pero fui superado por la noche, por el sueño y las preocupaciones que se precipitaban sobre mi cabeza pertinazmente, persiguiendo mi tranquilidad y finiquitando el poco aplomo que había sobrevivido al hospital. En cambio, lo que se había terminado eran las ideas —siempre escasas de por sí— para encontrar un tema sobre el que giraran estas palabras y cuando empecé a hacer acrobacias con poca gracia para estirar un párrafo lo más posible, tuve que aceptar la derrota y abandoné la misión dejando este blog, por segunda vez en su historia, huérfano de texto un lunes cualquiera.

En estas dos semanas pasadas no han dejado de ocurrir cosas, desde un socavón donde mueren personas por un error que pasará sin castigo hasta la primera parte del juicio más esperado de México —Javidu, que llegó de Guatemala para reírse una vez más de la justicia de este país— donde apareció una fiscalía que desconocía los pormenores y no fue capaz de probar la culpabilidad ni de la mitad de las acusaciones contra el político. Más lluvias e inundaciones y un político como Martí Batrés quien descubrió el hilo negro y anunció (en Twitter, con la frivolidad y falta de seriedad que eso implica) un programa de captación pluvial. Muy oportuna su “idea” ya que recientemente anunció su interés por gobernar esta ciudad y que, a pesar de haber formado parte activa del gobierno de la ciudad de 2003 a 2011, apenas ahora se le iluminó el cerebro. Vamos, la misma mierda oportunista de gente que al final va a vivir de nuestro dinero sin hacer nada por el lugar que gobierna.

En otras palabras, hay mucho por lo cual desatar al jeiter que llevo dentro, pero hoy no me apetecía escribir de esas cosas. Al final, me pareció, hasta cierto punto, insensato perder mi tiempo y parte de una vida que podría acabar en cualquier momento señalando problemas que no dejarán de someternos. Hoy podrán acusarme de cínico, porque por ahora prefiero no gastar mi enojo ni mi saliva en problemas que no tienen solución.

En cambio, no dejo de pensar en esta ambigüedad de la suerte porque médicos y amigos no paran de señalar cuán afortunado soy por salir vivo (de nuevo) de un problema cardiovascular como el que tuve. Sin embargo, yo me pregunto si se le puede decir afortunada a una persona que ha sido internada cinco veces en dieciséis años por infartos, anginas de pecho y un derrame cerebral. Esa es la ambigüedad de mi suerte, de mi malasuerte o mi buenasuerte, como el viejo dilema del vaso medio vacío o medio lleno.

Al final, creo que soy una persona con muy mala suerte por tener estas arterias malformadas que han intentado matarme tantas veces, pero soy afortunado por haberme librado de la muerte hasta ahora; soy un tipo desafortunado por haber acumulado tanta deuda hospitalaria luego de mis episodios, pero soy un suertudo porque he quedado vivo para poder pagar hasta el último peso/dólar (al menos sigo intentándolo).

Es un poco lo mismo que pasa con todo lo que uno se topa en el periódico: qué mala suerte que hay escasez de agua potable y exceso de lluvias, pero que buena suerte que hay gente brillante que por fin (en 2017, cuando intenta postularse como gobernador de la ciudad) encontró la solución al problema y nos la dijo por Twitter. Qué desafortunados somos por tener gobernadores que roban y desvían el dinero del pueblo hacia sus bolsillos y luego escapan a Centroamérica; pero qué buena fortuna nos sonríe, hoy, que ese mismo delincuente enfrenta a la Procuraduría y quizá en breve pueda irse de nuevo a cualquier parte del mundo, pero ahora con la dignidad que luego de un duro juicio le confiera el férreo sistema de justicia de este país.

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