Bajo un título, deliberadamente engañoso como ‘Sin título’, en realidad, cabe casi cualquier cosa. No hay manera de decepcionar a nadie, no hay expectativas creadas, es más una declaración anárquica y provocadora. Pero si a eso se le sumamos las nalgas de una mujer desnuda, la imaginación podrá darse un festín de posibilidades. Y, en realidad, todo se trata de eso.

La imagen que ilustra este texto es un cuadro del artista colombiano, Darío Morales, quien murió hace ya casi treinta años —este es su obituario publicado en Semana, una de las revistas más importantes de Colombia— y se titula ‘Sin título’. La otra opción que seguramente le cruzó por la cabeza a Morales fue titular el cuadro ‘Mujer sobre colchón”, como algunos otros que llevan ese nombre, con algunas mínimas variaciones en la elección de la preposición, ya que esta pintura forma parte de una serie de varios cuadros similares: la misma mujer, sobre el mismo colchón, en la misma habitación, pero explorando diferentes posiciones. Estos cuadros dejan una sensación inevitable de nostalgia, de tristeza, aunque —o quizá por eso— nunca le vemos el rostro a la mujer.

Morales es reconocido y, a pesar de su corta vida, alcanzó la fama. Es contemporáneo a Arturo Rivera y unos años mayor que Rafael Cauduro, ambos pintores mexicanos que igualmente han trabajado el hiperrealismo, aunque ellos han explorado un tanto el surrealismo y tienen estilos dispares, los menciono para poner al autor en perspectiva. Conocí la pintura de Morales hace poco, mientras deambulaba por la red buscando algún pretexto para perder el tiempo y sólo he visto imágenes en la computadora —aquí pueden ver algunas, si les interesa—, lo que no me atrevería a asegurar que cuente oficialmente para conocer la obra de un pintor. Lo que sé es que la mayoría de sus cuadros —o del universo de cuadros suyos que yo he visto— son desnudos: pareciera la misma mujer (en algunos cuadros la nombra: Ana María) a veces sobre el colchón o sobre una silla o en una mecedora, incluso de pie, pero siempre en posiciones incómodas, como explorando los alcances de su propio cuerpo para poderse estirar en lugares improbables.

Este ‘Sin título’ de Morales que cuelga abajo del ‘Sin título’ de este texto me llamó la atención desde el momento que me lo topé. Primero por las nalgas al aire —mentiría si dijera que fue otra cosa la que hizo que me fijara—; pero apenas fijé la mirada, me llamó poderosamente la atención el colchón, su ductibilidad y el estampado del forro: esas rayas las he visto antes, de niño en algún sitio, pero no pude recordar donde. Luego vi los cables eléctricos corriendo por afuera de la pared, como en mi casa: una característica común de los edificios viejos y que he aprendido a tolerar, aunque me molesta. Después, me enfoqué en el calentador eléctrico: no veía uno desde el siglo pasado y aunque no se ven, imaginé las resistencias al rojo vivo emitiendo ese calor insoportable que a veces, cuando el frío apremia, se vuelve necesario. Y por último, el radiador, cuya tubería también corre por fuera de la pared y que, deduzco, no debe funcionar correctamente ya que necesitan el calentador eléctrico. El lugar del cuadro me remitió a un largo invierno que pasé recién llegado a Nueva York; vivía en un viejo apartamento del East Village que renté amueblado; dormía en un colchón muy parecido a ese del cuadro, delgado y sobre la duela. A diferencia de la mujer, yo siempre tenía puestas varias capas de ropa porque el radiador de la calefacción central del edificio calentaba muy poco y no tenía un calentador eléctrico. Hubo noches que dormí sentado junto al radiador y con el abrigo puesto sin lograr calentar mi cuerpo del todo.

Sabiendo que Morales vivió en París, supongo que el apartamento donde yace esa mujer desnuda estará en el Barrio Latino o Montmartre o qué se yo; seguramente es un invierno de noches largas en los años setenta —hay cuadros de esta serie fechados en 74— que había que pasar sin televisor, ni internet, ni ningún artilugio de los que usamos ahora para perder el tiempo. Muy probablemente, Darío y Ana María cenaban algo de queso con una baguette y una botella de vino —o dos— y luego de retozar sobre el colchón, a él le daba por dibujar a la mujer acostada quien, juguetona, se ponía en posiciones improbables, invitando al pintor a que regresase al colchón. Esto lo supongo, porque en realidad no conozco casi nada de la vida de Morales: sólo que nació en Cartagena, se mudó a París joven y murió de cáncer a los 43 años —de hecho, no he leído el obituario cuyo link puse en el segundo párrafo porque no sé si quiero saber más sobre su vida o me quedo con lo que me dicen sus cuadros—. Quizá Ana María existió alguna vez pero lo dejó y después Morales pasó el resto de sus días pintando su cuerpo de memoria y colocándolo en los lugares donde le habría gustado que yaciera, imaginando que ella jugaba a ponerse en posiciones improbables para que él dejara el caballete y regresase al colchón. No lo sé y creo que no lo quiero saber.

Si el ‘Sin título’ de Morales que cuelga debajo del ‘Sin título’ de este texto se llamara ‘Ana María se acomoda en el colchón viejo después de un polvo’, parte del misterio se resolvería o bien abriría la duda de si el pintor nos está mintiendo. O se está mintiendo. Sin embargo, Darío Morales terminó el cuadro y no sintió la necesidad ni el deseo de ponerle un nombre a la obra. Le importó muy poco el utilitarismo pragmático que ahora nos domina, el marketing o lo que sea, y dejó que cada una de las personas que lo vieran, ya fuera colgado en una galería, en la colección privada de alguien o en internet, como yo, le llamáramos como quisiéramos, nos imagináramos lo que quisiéramos y así nos pudiera remitir a un lugar propio y no sugerido por el artista.

Envidio esa cualidad que tienen algunas personas de dejar ir lo que es suyo. Yo siempre he tenido este deseo de controlar todo lo que está a mi alrededor. Por supuesto, y para salvaguardar mi salud mental, aprendí desde joven a delimitar ese deseo y aceptar que hay muchas cosas sobre las que no tengo ningún control; sin embargo, solía desahogar esa necesidad de control en lo que escribía —quizá por eso escribo, para que haya un mundo en el que tengo absoluto control de todo—. Recientemente, en este deseo de irme superando, de extender mis propios límites, intento dejar ir lo que escribo para que alguien más lo enriquezca, se lo apropie y haga con él lo que quiera.

En este proceso de rebelión contra mí mismo, decidí titular este texto ‘Sin título’ —un truco con jiribilla que el avezado lector ya habrá descubierto— sin saber de qué iba a tratar. Al poco tiempo de empezar recordé el cuadro de Morales y quise hablar de una mujer desnuda en mi colchón; una triste ficción últimamente, por lo que preferí compartir a la mujer de Morales.

Esto será otro tipo de poligamia que quizá no esté tipificada en ningún libro, pero supongo que no le molestará a Morales ni a Ana María, así que disfrutemos todos de la mujer de Morales, pongámosle el nombre y el rostro que queramos, hagámosla nuestra.

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