En mi vida he perdido muchas cosas. He perdido cosas irreemplazables como diecisiete cajas de libros, todos los textos que había escrito en veinticinco años o mi sentido de pertenencia a este país. He perdido otras tantas cosas que suplo de una o de otra manera, como el tiempo, mis lápices, la dignidad, una grabadora, un suéter, etcétera —perdí hace poco la pedante costumbre de escribir un adjetivo previo a la palabra etcétera (como largo o insuficiente) y espero esa nunca recuperarla—.

Esta relación íntima que tengo con la pérdida me ha llevado a practicar el desapego como un mantra diario para poder continuar con mi vida. Aunque todavía me cuesta trabajo cuando, por ejemplo, extravío un calcetín y me encuentro con su par viudo en el fondo del cajón: aún tengo mucho camino que recorrer.

La semana pasada estuve obsesionado con tres pérdidas particulares: Primero, perdí mi credencial para votar; después perdí un pastillero y acabé esa noche también perdiendo la calma.

En realidad, el pastillero lo perdí antes, pero me di cuenta después. De lo primero que me di cuenta fue que mi credencial para votar no estaba en su lugar. Moví la casa entera para encontrarla, pero nada. Lo increíble, incluso para mí, es que la saqué hace menos de un mes. Ni tres semanas había estado conmigo, cuando ya la había perdido.

Para no perder las cosas de uso común, suelo mantener ciertos rituales. Por ejemplo, las llaves siempre las guardo en el mismo sitio: abro la puerta de mi casa y las dejo en el mismo lugar, antes de hacer cualquier otra cosa. Suelen extraviarse, entonces, cuando improviso; cuando llego a casa cargando algo y cambio el orden de mis actos para ir primero a guardar lo que traigo conmigo y dejo lo otro para un después que nunca llega. Así pierdo las cosas, cuando rompo las pequeñas rutinas que me impuse, precisamente, para no perder las cosas.

En el caso de la credencial para votar, supongo que estaba tan emocionado de volver a tener una luego de años (muchos), que seguramente la saqué en el súper para que me dieran efectivo con mi tarjeta y no la guardé.

La noche de ese día se me hizo tarde volteando la casa de cabeza. Ya no pude ir al súper a preguntar si tenían mi credencial en “Objetos perdidos” —ese mítico sitio donde suelen aparecer las cosas más inverosímiles—. La angustia se prolongó, pero reemplacé el enojo cuando decidí que mi pastillero, de uso diario y que no estaba en su sitio desde hacía una semana, tenía que aparecer. Los pocos espacios que había dejado sin mover en la búsqueda de mi credencial, los removí buscando esta cajita con ocho compartimentos. Este es uno de esos objetos que por cincuenta pesos puedo volver a comprar; no es una pérdida vital, pero el ansia que habita en mí, en una rígida lógica euclidiana, concluyó que, si nunca saco el pastillero de casa y siempre está sobre la mesita de noche, no puede haber desaparecido.

Para Euclides y mi consciencia, sólo existe un universo y en él no se abren portales hacia otros universos o dimensiones paralelas donde van a esconderse las cosas que un día necesito desesperadamente —como bien podría explicarse la desaparición de los calcetines que abandonan a su pareja—.

En ese momento fue cuando perdí la calma por completo. La escena era un poco ridícula, con mi cama fuera de sitio, algunas bolas de polvo y pelo de gato que se habían formado en la intimidad debajo de la cabecera de la cama rodando por el cuarto, y el gato, que es mi sombra, agazapado en un rincón, asustado, temiendo el momento en que, además, perdiera la cordura y decidiera abrirle la barriga para ver si se había tragado el pastillero.

Yo suelo asociar la pérdida con el descuido y por esa rendija es donde se cuela el enojo. Llevo toda una vida luchando en contra de mis descuidos, de mi falta de atención, de mi capacidad infinita para distraerme —pensaría que lo primero que perdí en la vida fue la concentración, pero aún no estoy tan seguro de haberla tenido alguna vez; quizá sea sólo un espejismo—. Y, como una reacción en cadena de asociaciones, paso de la pérdida al descuido, a la pendejez y, de nuevo la lógica euclidiana, concluye: Perdí mi pastillero, ergo, soy un pendejo.

Al día siguiente, empecé a trabajar desde temprano —una de esas costumbres que también había perdido, pero gracias a un trabajo temporal de horario fijo la he sacado del olvido—. Tuve que hacer acopio de paciencia para esperar a ir al súper a preguntar por mi credencial hasta en la noche. Para mi pastillero, al parecer, no había retorno. La calma, aunque fuera de manera precaria, la recuperé. Sólo faltaba definir la suerte final de mi credencial para votar. En la espera, sin embargo, imaginé la conversación que tendría cuando hablara para pedir otra cita al INE: “Buenas, señorita, fíjese que soy un pendejo y en menos de tres semanas perdí mi credencial, ¿qué tengo que hacer para que me den otra?”.

Cuando terminé de trabajar, tomé la difícil decisión de ir a cortarme el pelo antes de que cerraran la barbería, así que la espera se postergó un poco más. Ya de vuelta, llegué a una de las dos tiendas que quedan cerca de mi casa y la respuesta fue un triste no. El lugar de “Objetos perdidos” era un cajón donde había varias credenciales payback, un paraguas y unos audífonos, pero ninguna credencial para votar. Me llamó la atención, por otro lado, que la señorita no me entendió cuando le pregunté por los objetos perdidos. No sé cómo se refiera ella a ese lugar, pero recordé cómo en Estados Unidos le dicen Lost & Found, lo cual siempre me pareció un tanto extraño, porque en el momento en que el objeto fuera found, dejaría de estar lost. I was a little perdido en la traducción.

Por no dejar, caminé al otro súper cercano y aunque casi estaba seguro de que no estaría allí, no perdí la esperanza. Llegué y pregunté por una credencial para votar y la señorita me preguntó: ¿Nombre completo?

O sea, ¿sí tiene alguna credencial extraviada o está jugándome una broma? Le respondí dándole mis dos apellidos por delante, como niño de primaria, y al final mi nombre. “¿Tiene otra identificación?”, preguntó. Yo pensé que para broma cruel ya era demasiado. No quise pelearme, así que saqué mi licencia, pero añadí: “Si tiene la credencial puede ver la foto, ¿no?”. Luego de un segundo sopesando mi razonamiento, la mujer soltó una carcajada y asintió. Sacó una credencial de debajo del teclado y sí, era la mía. It was found, ergo ya no era yo tan pendejo.

Camino de regreso a casa, luego de una de esas victorias improbables en mi vida, recordé todas las veces que de chico me dijeron: “Tú no pierdes la cabeza porque la traes pegada”. Ingenuos. Luego de la concentración, lo que más pierdo es la cabeza, así que si la encuentran, devuélvansela aquí, a su pendejo y seguro servidor.

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