La frase la acuñó un cacique priista que fue gobernador de Guerrero a mediados de los setenta: Rubén Figueroa Figueroa —hay que usar los dos apellidos, porque su hijo homónimo, como buen hijo de cacique, también fue gobernador de Guerrero—.

A este Figueroa se le achacan decenas de desapariciones en un convulsionado y pobre estado al que exprimió para su beneficio —al hijo también, pero menos porque después de Aguas Blancas dejó el cargo—. Pero de eso podríamos hablar en otra ocasión. Figueroa padre, un ejemplo perfecto para hablar del caciquismo priista del siglo XX, acuñó la frase hablando, quizá, de las elecciones del 76, en las que ganó López Portillo. Es decir, de unas elecciones en las que hubo un solo candidato a la presidencia registrado, respaldado por el PRI, el PARM y el PPS, ya que el PAN, único partido de oposición que medio se hacía notar —en 1970 había conseguido 13% de los votos— no pudo llegar a un acuerdo para proponer un candidato. Es decir, la única caballada a la que podía estarse refiriendo Figueroa era la del establo del PRI y acabó imponiéndose JoLoPo. Esos eran los días del PRI, cuando ganaba la presidencia con más del 90% de los votos.

Hoy ocurre algo muy diferente, pero, al mismo tiempo, muy similar. Muy diferente porque sí hay oposición, porque el andamiaje del PRI no es ni la sombra de lo que era en los setenta —aunque lo tiene y bien puede funcionar con una oposición tan fragmentada— y porque hay mucho más acceso a la información que antes. Sin embargo, el 2018 presenta una similitud poderosa al México del 76, ya que, al igual que entonces, el resultado de la elección presidencial significará una derrota para el país. En eso no hemos cambiado; Figueroa ya murió, pero la caballada sigue estando flaca.

De Meade, hay gente que se expresa muy bien. Al momento, no se pone en tela de juicio su inteligencia —como siempre le ocurrió al actual presidente—; incluso, he escuchado gente que se expresa muy bien de él. Sin embargo, representa al partido que arropó a los dos Figueroa de los que hablaba; al partido que más ha saqueado al país desde el siglo pasado. A pesar de no ser militante del PRI, Meade representa a ese partido, que por si fuera poco, está coludido con el Verde. Y aunque es un sobreviviente, como apunta El País, no tiene una gran proyección y es muy poco conocido.

De Anaya, no hay nadie que se exprese bien. Sus movidas para sacar a Margarita Zavala de la contienda, para lograr un apoyo significativo de su partido y para someter al PRD en un frente que lleva tatuada la incongruencia, lo vuelven, sin duda, un tipo de cuidado. Claramente no es tonto y claramente no se tienta el corazón. Sin embargo, su experiencia es mínima. Fue diputado local y luego fue diputado federal (por supuesto, por representación proporcional) y ni siquiera acabó su período. En cambio, es militante del PAN desde muy joven y ha hecho su carrera dentro del partido: empezó como secretario particular del gobernador de Querétaro y de ahí hasta presidir al PAN y postularse a la presidencia. Tampoco cuenta con una proyección importante y su incipiente campaña parece más una broma en la que él toca el teclado en una banda de garaje con el perredista Juan Zepeda. Con él, se hace siempre presente el antiguo y conocido dilema en el que uno duda si reír o llorar.

Y de López, pues se dicen muchas cosas. Hay mucha gente que lo ama y mucha gente que lo detesta. Ambos bandos suelen enfrentarse en peroratas más cercanas a juicios de la Santa Inquisición. A mí, en lo particular, me preocupan algunos hechos comprobables de comportamiento errático y explosivo que ha tenido el señor: Primero, era priista; luego, cuando perdió las elecciones en Tabasco, decidió quemar pozos petroleros; cuando por fin consiguió hacerse con el gobierno de la Ciudad de México, en lugar de negociar decidió ignorar al congreso local y empezó las obras del segundo piso por la libre y, tanto que se preocupaba por sus gobernados, que no terminó su mandato para hacer campaña por la presidencia; y por último, cuando perdió la presidencia, en lugar de quemar pozos petroleros, tomó durante ocho meses el Paseo de la Reforma. Este caballo es, sin duda, el menos flaco, pero tiene un claro problema con la autoridad lo cual, si quiere convertirse en presidente, es un problema en sí mismo para todos nosotros.

A estos tres, quizá se sumen uno o dos, pero es muy poco probable. Y voy a aclarar algo que debería de ser obvio, pero no está de más decir: no hagan caso de este análisis superficial de mi parte porque es eso lo que es: un análisis superficial, con base en mi experiencia y lo que he leído. Lo que recomiendo es que investiguen bien a estos candidatos antes de decantarse por alguno. Y habrá tiempo para eso, porque en un país de simulación, como este, ya empezaron las llamadas precampañas, que con un panorama tan definido en realidad son las campañas extendidas por parte de candidatos que aún no se registran oficialmente. En cualquier caso, “en pos de un electorado bien informado”, estamos ya pagando la carrera de estos tres caballos flacos —y de otros candidatos a más de 3,400 puestos de elección popular que estarán en pugna el 1 de julio de 2018—.

Es triste ver cómo este país se ha ido resquebrajando, se está yendo a la mierda, y no hay una posibilidad, un camino por el cual pudiese salvarse o, mejor dicho, pudiésemos salvarnos; al menos no aparente, desde mi perspectiva. Esta carrera por el poder político, es de caballos flacos, pero los jinetes de la caballada parecen los del Apocalipsis en lugar de los líderes que necesitamos. De esta forma, ganará quizá el jinete que representa a la Guerra o el que representa al Hambre o, quizá, el que representa a la Muerte —el que falta es el misterioso jinete del caballo blanco, el que representaba a la Victoria; ese no vino— y, en cualquier caso, nuestro exterminio, el fin de los tiempos, parece inevitable.

Anuncios