Sueno como un anciano cuando digo que necesito volver a mi rutina. Pero es así, ambas cosas son verdad: soy ya un anciano y sí, necesito volver a mi rutina.

En las últimas semanas —como todos, supongo— he perdido la rutina y conforme pasan los días y no la recupero apremia el nerviosismo. Yo sé que el discurso de la libertad, esa idea más falsa que utópica a la que aspira el mundo, indica que la rutina se funde con la monotonía y de ahí al aburrimiento y la esclavitud. Yo mismo me creía esta tontería hace años y durante años viví sin rutina, en el desorden constante. Ahora, con una mentalidad más funcional y un cuerpo mucho más frágil, necesito de la rutina para sentirme bien físicamente, y necesito de la rutina para encausar mi tranquilidad emocional. Ni modo, es así, pero en las últimas semanas me he dedicado a romper mi rutina; lo he hecho como un experimento y el resultado ha sido comprobar que la necesito para sobrevivir.

Desde hace meses, los lunes, por menesteres —una de esas palabras improbables que me gustan— que explicaré en otra ocasión, suelo cambiar el escritorio de mi casa, para trabajar en un Starbucks —no, a mí tampoco me gusta el café de Starbucks, pero aunque como cafetería es muy cara, como oficina temporal resulta barata y confiable—. Cada lunes llegaba a la cafetería y me apoderaba del mismo lugar, me pedía un macchiatto doble, me ponía mis audífonos, le subía a la música, pensaba que el café de Starbucks no era bueno, pero como oficina estaba bien y me ponía a escribir. Sin embargo, las últimas semanas mi lugar suele estar ocupado, por lo que acabo deambulando en la terraza donde mucho ruido y gente fumando. Mi oficina alternativa había dejado de ser atractiva. Lo que más me molestaba es que siempre estaba el mismo tipo sentado en la mesa que según yo era mía —quizá el tipo acababa de encontrar una rutina que le gustaba— y yo quedaba fuera de lugar. Pensé en buscarme otra oficina, pero no hay una tan cómoda —es decir, tan cerca—. Este hombre rompió una de mis rutinas y me descolocó, así que aproveché el fin de año para romper un poco con todas mis demás rutinas en un intento de liberación. El resultado es lo que ya sabía: necesito mantener mi rutina para conservar cierta tranquilidad.

Hace años, cuando me mudé al departamento donde vivo, encontré un local en la calle de atrás donde ofrecían servicios de fontanería, albañilería y cerrajería. No se veía que tuvieran mucho trabajo en el taller y siempre había unos cuatros o cinco viejos escuchando la radio. Por las tardes, de plano se sentaban en la banqueta frente al local a beber y conversar. Rutinariamente, se reunían estos cuatro o cinco viejos en un taller que ya había visto pasar sus mejores épocas, sólo para ver pasar el tiempo. Un buen día, hace unos tres meses, cerraron el local, pero uno de los cuatro o cinco viejos se sentaba junto a la cortina de metal todos los días, en una de las sillas donde antes convivía con sus colegas, pero ahora solo. Seguía bebiendo cada tarde, pero ahora en silencio. Era como si lo hubiesen olvidado. No sé qué pasó, quizá se murió el dueño del taller y se desbandó esa pequeña cofradía alcohólica, pero este último borracho de la corte no tuvo a dónde ir. Quizá todo tuvo que ver con el terremoto o quizá sólo sea ocioso buscar motivos, no lo sé.

Luego me di cuenta, que el hombre dormía ahí mismo, todas las noches; en la banqueta, pegado a la cortina de metal. Luego, los dueños de la tiendita de la esquina, a un par de metros del local, le empezaron a dejar dormir junto a su cortina de metal; lo que parecería cualquier cosa, pero hacía toda la diferencia porque ahí este hombre puede bajar la lona que funciona como toldo de la tienda por el día y cubrirse del frío. Cada noche, rutinariamente, el viejito ebrio baja la lona, arma una pequeña guarida y temprano al día siguiente levanta su tinglado y la lona, dobla las cobijas y el catre, esconde todas sus pertenencias en diferentes recovecos y luego barre toda la banqueta. A las ocho y media de la mañana está recogida y barrida la esquina. Religiosamente, este indigente, sigue una rutina que le permite vivir en una esquina de la colonia Narvarte.

Yo no vivo en la calle y no estoy tan viejo, pero he llegado a la inevitable conclusión de que necesito esa rutina tanto como el indigente de la esquina para que mi vida pueda seguir avanzando. Cada acción, desde levantarme y comer algo, inexorablemente, como un creyente se despierta y reza el rosario, hace que todo se sostenga. La rutina son las cuerdas y contrapesos que sostienen la tramoya; la rutina es el engranaje de una maquinaria gigante que logra que la vida —la del indigente como la mía— se mantengan a flote.

En un rato, como si fuera el primer lunes del año —porque para mí, como si lo fuera— iré al Starbucks y me pregunto si encontraré libre mi lugar, ese lugar que funciona como ansiolítico contra mis obsesiones. Luego de apoderarme del lugar, me pediré un macchiatto doble, me pondré mis audífonos, le subiré a la música, pensaré que el café de Starbucks no es muy bueno, pero para ser mi oficina alternativa es perfecto e intentaré recuperar todos los pequeños trozos de mi rutina paulatinamente en este año que para mí ha comenzado un tanto desfasado.

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