Este fin de semana estuve viendo televisión nacional y tuve que bancarme numerosos spots publicitarios de partidos políticos y candidatos que quieren convertirse en nuestros gobernantes y me pregunté si el del problema era yo.

Toda mi vida el proceso electoral en este país ha sido una farsa. Cuando muy chico, porque todos sabíamos quién ganaría; cuando pudo haber un cambio, se “cayó el sistema” —sí, esa fue una excusa—; después un asesinato que provocó la votación del miedo; y luego, uno pensaría que con la alternancia el proceso habría ganado seriedad, pero no. Primero porque con un personaje como Vicente Fox no se puede ganar ningún tipo de seriedad y luego porque ya sabemos que el sistema es una farsa en la que un tipo puede asegurar que ganó, nombrarse presidente legítimo y cerrar la principal avenida del país durante ocho meses sin que pase absolutamente nada. La cereza del pastel llega seis años después cuando un pelele que ni siquiera puede mencionar los tres libros que más lo han marcado —como si no supiera mentir, por favor— y el partido político que se había perpetrado setenta años en el poder regresan a la presidencia como si fuesen una opción fresca.

En resumen, toda mi vida, el proceso democrático de este país ha sido una farsa. Una gran farsa. Y sin embargo, estuve viendo estos spots, por ejemplo, un niño vestido de indígena cantando sobre un movimiento naranja; una pareja pidiéndonos que alarguemos los buenos deseos decembrinos para todo el año —mientras el gobierno que representan no deja de subir los costos de la vida mensualmente—; luego el PAN hablando de un “cambio inteligente” con la imagen de un líder que no genera nada de confianza y una alianza con el PRD que lo único que provoca es incertidumbre, y al final una serie de personas hablando de “ya sabes quién” —sí, ese que cerró Reforma ocho meses—, usando como arma irrefutable todos los años que lleva de campaña para “demostrar” que es la opción que nos conviene.

Al final, todo ese tiempo aire, tanta producción publicitaria y yo acabé preguntándome si era yo o el cinismo de partidos políticos y candidatos ha crecido exponencialmente. Si toda mi vida he vivido la farsa democrática, quizá sea que, con la edad, mi nivel de tolerancia haya bajado, pero lo primero que pienso es que ni siquiera en sus campañas publicitarias —donde sabemos que exaltarán lo que consideren sus bondades y esconderán sus debilidades— parecen opciones viables. ¿Seré yo o el nivel de la farsa política de este país va en picada convirtiéndose más en una carrera de cinismo?

¿Será que llevamos tanto tiempo tolerando y promoviendo esta farsa que ya ni les importa? Más de cincuenta años —por lo menos— llevamos solapando el mal gobierno. Con una frase como “sí roba, pero deja obra”, un presidente como Adolfo López Mateos (presidente de 1958 a 1962) es uno de los mejores presidentes que tuvo México en la segunda mitad del siglo XX. Más de cincuenta años llevamos solapando la corrupción y la mediocridad; y hablo de cincuenta años porque es de lo que he oído hablar —he vivido menos, pero me tocaron las consecuencias de presidentes previos—, pero quizá sea mucho más tiempo —cualquier historiador podría sacarnos de la duda—.

Y sigo preguntándome: ¿Seré yo y mi escasez de tolerancia o los políticos de este 2018 son mucho más cínicos y torpes que los de hace treinta años, cuando se cayó el sistema? Y, entonces, ¿será que somos más ignorantes ahora para tolerar esto con toda la desfachatez?

Creo que han pasado muchos años, más de un siglo, y nuestra situación no mejora. Hace más de 100 años que el pueblo se levantó en armas en una revolución; se van a cumplir 101 años de la Constitución del 17. Y sí, ahora hay luz y podemos ver series por Netflix; la gente usa pantalones de marca y gel en el pelo, pero me parece que la ignorancia que impera ahora, en el siglo XXI, es igual o peor —porque es como una ignorancia ilustrada— que la de hace cien años.

Me parece, más bien, que no tenemos solución. Hay que cambiar el sistema educativo, eliminar la pobreza extrema, pensar como una comunidad y eso no veo que pueda pasar —al menos no en los años que me quedan de vida—. Quizá soy yo, que me he vuelto un viejito intolerante, incapaz de ver las cosas buenas, pero me parece que sólo nos falta el sombrero para ser los mismos mexicanos de hace cien años.

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