En estos días se me han aparecido muchos monstruos y caí en cuenta que vivimos en medio de una jauría infinita de monstruos, porque eso es esta ciudad, un monstruo eterno, juguetón y mortal conformado por una infinidad de pequeños monstruos que nos acechan.

La ciudad de México es un monstruo que se la pasa jugando con nosotros como un gato juega con una lagartija. La ciudad pone los peligros a la vuelta de cada esquina y mediante un caos ordenado nos mantiene; pero en cualquier momento puede desbocarse la marea y alcanzarte. Infinidad de monstruos en espera de un error, como los de los mapas antiguos, que rondan los confines de una Tierra plana y que si logras sortearlos, al final, te vas por la borda del planeta, como quien cae en un vacío interminable desde el borde de la cama.

Hace unos días, Alma Delia Murillo escribió sobre su monstruo favorito, que es esta ciudad, pero en el sentido de que es albergue de quimeras y, al final, esas quimeras son las que le dan sentido. Yo digo que esta ciudad es un monstruo conformado por muchos, y cada uno es la tragedia que nos acecha en todos lados. En esta ciudad estamos en constante riesgo de padecer una tragedia, siempre cerca de que la muerte nos alcance por error —o, más bien, por probabilidad—.

Un coche pierde el control y nos golpea mientras caminamos por la banqueta; una alcantarilla mal puesta que se resbala y nosotros con ella para golpearnos en la cabeza; un descuido del tipo del gas a la hora de cargar un tanque y la explosión nos siega la cabeza; una bala perdida en un enfrentamiento entre maleantes y policías por el tesoro de un camión blindado nos perfora el hígado mientras tratábamos de comprar el pan; un espectacular cae impunemente a causa de unas ráfagas de aire, aplasta el toldo del auto y nos fractura el cráneo.

La tragedia ocurre, inesperada, accidental, súbita y sobrevivir un día en esta ciudad es, en realidad, lo inusual. Morir de viejo, lentamente a causa de la diabetes, parece más difícil que acabar muerto mientras compramos el pan dulce en la panadería del barrio a causa de una tiroteo callejero. En esta ciudad, el peligro nos ronda a todo momento y ni siquiera he traído a colación la posibilidad de otro terremoto, ese monstruo devastador que viene del centro de la Tierra para enseñarnos lo insignificantes que somos.

Simplemente salir a la calle cada mañana implica evitar todos los monstruos del monstruo, los infinitos tentáculos de la tragedia. Pero esa es la batalla y uno no debe pensar durante la batalla, sino sobrevivir, para llegar a la noche. Sortear la escalera de un pintor de casas; detenerse y revisar dos veces que no vengan coches en la esquina; cambiar de acera para alejarse del camión del gas.

Ya de vuelta en casa, antes de ir a dormir, podrás pelearte con los monstruos domésticos, que son en realidad como unas pequeñas mascotas inofensivas —esas que, sin embargo, de niños nos quitaban el sueño—. Habrá que robarle un par de galletas al Cookie Monster, luego ignorar al que habita debajo de la cama o escondido en el armario, y meterse a la cama sin que te arañe el frío, ese monstruo invernal que, aún cuando parece ficticio, hiere.

Después de un rato, agazapados debajo de las cobijas, podemos pensar en la suerte que hemos tenido por estar a salvo una noche más. Sin embargo, como marco de las pesadillas, se escuchan las sirenas de policías y ambulancias, que van y vienen en efecto Doppler, y que en realidad son avistamientos de los mismos monstruos que enfrentaremos de nuevo a la mañana siguiente.

 

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