Las pinturas de René Magritte —el surrealista de la pipa que no es una pipa— siempre me han reconfortado. Como supongo que a mucha gente porque, al final de cuentas, no se necesita un gusto muy sofisticado para gozar de Magritte, siendo ya parte fundamental de la iconografía del siglo XX. El señor con bombín y una manzana verde en donde debería ir el rostro, aunque no tan famosa como, digamos, el rostro del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda, sí es una imagen familiar para la mayoría de la gente.

Parecería que la obra de Magritte es hasta pueril y que gracias a eso goza de la fama que tiene; sin embargo, el genio de Magritte radica en simplificar al máximo una idea compleja e, incluso, hacernos sentir inteligentes.

La primera vez que vine a Nueva York, en el 92, fue también la primera vez que vi Los amantes, de Magritte, en vivo y a todo color. Fue una exposición sobre surrealismo en el Met —irónico, porque es una obra cuya residencia oficial es el MoMA—. Me impresionó de tal manera que quedé prendado y acabé comprando un afiche —cuyo paradero actual es en casa de mi hermana, pero lo recuperaré—.

Después de ese viaje inciático, volví muchas veces a esta ciudad. Nunca dejaba pasar demasiado tiempo sin volver y cada vez que podía me metía al MoMA a ver, entre otros, ese cuadro. Incluso, tuve la suerte de hospedarme en muchas ocasiones por casualidad en el Hilton de la Sexta, a una cuadra del museo. Entraba directo, pasaba por todos los  demás cuadros gozándolos igualmente, pero Los amantes tenía un significado especial. Chirico, Mondrian, Van Gogh, Picasso, Dalí, Monet, Matisse, Pollock, Johns, Warhol, todo muy bien, los otros tres o cuatro cuadros de Magritte, también bien, pero el importante era ese.

Años después, tuve la suerte de vivir aquí. Mi casa estaba a tres estaciones del metro del museo y gracias a una tarjeta corporativa con la que me salía gratis la entrada, pasaba casi cada semana a ver mis cuadros. Sabía de memoria la ubicación, entraba como quien entra por su casa, me paraba delante de Los amantes, diez minutos, y luego me iba a donde tuviera que ir. Era solo una especie de parada en pits; una bocanada de aire fresco en medio del verano o una hoguera cálida en los meses invernales. Si tenía un tiempito libre y estaba en Midtown, podía pasar a ver los cuadros; mis cuadros.

Un buen día, poco antes de mudarme de la ciudad, fui al museo como cualquier otro viernes. Subí las escaleras y doblé en automático, sin fijarme en nada más y cuando llegué a la pared donde estaba mi cuadro —el horror—, estaba otra pintura de Magritte. Busqué desesperado en las salas contiguas por si me había equivocado y cuán aterrada habrá parecido mi cara que uno de los vigilantes del museo me preguntó si estaba bien. Le expliqué que en esa pared debía de estar Los amantes y ella me contó que cada cierto tiempo, los curadores cambian los cuadros, que quizá el que buscaba estaría en préstamo o, quizá, en la bodega. Estaba tan desencajado, que la mujer preguntó por el walkie talkie y alguien le dijo que no, no estaba en préstamo, así que seguramente estaría en la bodega y que en algún momento lo volverían a subir.

De eso pasaron ocho años en los que no volví a ver Los amantes. Incluso montaron una exposición de Magritte en México, pero ese cuadro no lo llevaron. Cada vez que venía a Nueva York, regresaba al MoMA y en su lugar estaba El palacio de cortinas III y a nadie parecía importarle.

Hace un par de días volví al museo, sin muchas esperanzas, debo confesar. Y mi sorpresa fue mayúscula. Por fin, a alguien se le había ocurrido volver a colgar la felicidad en la pared. Fue como volver a casa; como cuando todo tiene sentido.

Los turistas se agolpaban frente a la Noche estrellada, mientras que Las señoritas de Aviñón eran ignoradas y Los amantes los veían con cierto desdén. Benditos turistas que me dejaron un buen rato frente a mí cuadro sin importunarme. Porque, parafraseando a Magritte, eso no es una pintura, es la vida.

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