La primera vez que vi un cuerpo muerto fue en el verano del 79 o del 80. Ya poco antes mi tía, la más cercana, había muerto en un accidente así que el concepto de muerte no era algo lejano; ya tenía muy clara esta idea de dejar de estar en el mundo, pero este evento me colocó en otro nivel de realidad.

Como casi todas las tardes estaba jugando en la calle con algunos de mis primos y unos vecinos. Estábamos pasando unos días en casa de mi abuela, como lo hacíamos cada vez que nuestros padres nos lo permitían o se cansaban de decirnos que no. En pleno ocaso, cuando la luz es tenue y se empieza dificultar la vista del balón, antes de que se encendiera el alumbrado público, notamos que a lo lejos —unas cinco cuadras—, donde estaba un Sumesa, había muchos autos de la policía, sirenas encendidas, luces azul y rojo anunciando algo fuera de lo ordinario.

Con un espíritu detectivesco, propio de cualquier preadolescente, decidimos ir a investigar qué había pasado. Cuando llegamos, el lugar estaba acordonado y había mucha gente. Aprovechando mi tamaño, me escabullí entre las personas, y cuando pude abrirme paso hasta delante, lo primero que vi a mis pies —al menos detrás del vidrio que dividía la tienda de la banqueta— fue un policía, con un agujero de bala en el pecho, bañado en sangre. Lo vi fijamente unos segundos y luego lo cubrieron con una sábana tan vieja y roída que en lugar de otorgarle al cuerpo inerte algo de dignidad lo sumía en la miseria. A los pocos minutos, la sangre empezó a elevarse para manchar la sábana, paulatinamente, como hace una oruga para moverse.

Mis primos y amigos, no pudieron abrirse paso entre la multitud, así que fui el único del grupo que vio el cadáver, todavía tibio, de un policía en el suelo. Casi cuarenta años después, sigo teniendo la imagen clara en la cabeza. Ese policía, ahora tendría quizá 65 años, pero no, su vida acabó en el suelo de un supermercado hace muchos años.

Regresando a casa yo estaba un tanto callado. Mi bisabuela Carmela me acusó con mi abuela por decir “malas palabras” mientras jugaba en la calle —si me escuchara hablar ahora, en lugar de acusarme preferiría, quizá, desconocer su parentesco conmigo—, así que sufrí una reprimenda, lo que me impidió contarle a mi abuela lo que había visto y me lo guardé. Al día siguiente, por teléfono, le conté a mi madre, pero no me prestó atención; quizá pensó que me lo inventé y no la culpo, porque pensar que el relato era cierto era colocar a su hijo en la escena de un crimen apenas unos minutos después de haberse cometido —bien pudieron haberme mandado al súper a comprar jamón o lo que faltara para la cena y haber estado en medio de un tiroteo—.

Pero al final, lo peor de esta anécdota, es que sigo viviendo en esta ciudad y en lugar de que fuese un hecho aislado, ahora, en pleno siglo XXI, encontrar muertos en la calle es algo mucho más común que cuando era niño. Incluso, cuando lo pienso, ese policía que cayó abatido en el robo de un Sumesa, de no haber muerto bien podría ser ahora el cabecilla de una banda de secuestradores —eso es lo que tememos de los policías que deberían estar protegiéndonos—.

Pero no solo eso. Además de sospechar —con justificada razón— de la policía, también dudamos de la pulcritud de los propios gobernantes —jefes delegacionales o el mismo jefe de gobierno de la ciudad—. No es descabellado pensar que el crimen organizado está infiltrado en todos los estratos del Estado. Y si eso es cierto, qué podemos esperar.

Es por ello que padecemos una de las épocas más violentas en la Ciudad de México. Vivimos en un sitio en que bien nos pueden desaparecer, asesinar, violar o, en el mejor de los casos, asaltar, cualquier día a cualquier hora y en cualquier esquina.

Pienso en Carmela, mi bisabuela, quien nació en el siglo XIX y no toleraba mis malas palabras. Hace cien años, ella estaba en el proceso de parir cinco hijos en medio de una revolución. Sorteó el peligro de crecer en un país convulsionado y tuvo la suerte de morir de vieja, sólo para que su linaje, un siglo después, tenga que librar las mismas probabilidades que ella de morir por una bala perdida en medio de una guerra de la que no se ve un final cercano.

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