Siempre me ha gustado la palabra debris. La escribo sin tilde porque en realidad conocí la palabra en inglés, donde no lleva tilde, pero la palabra es de origen francés y debería escribirse débris. En español, no se usa esa palabra, sino escombro, la cual también me gusta, pero no me resulta tan exótica como la otra. En cualquier caso, estamos en medio del débris, de los escombros, y pareciera que no hay manera de salir: moriremos aquí atrapados.

Hace más de seis meses del segundo 19 de septiembre. Vimos cómo se derrumbaron edificios, gente se quedó sin casa y muchos murieron; hemos tenido, como ciudad, como comunidad, que salir adelante. Por segunda vez, al menos en mi vida, y el 85 fue mucho peor.

Sin embargo, debo decir, que no, desgraciadamente, no resulta sorprendente que haya irregularidades en la administración de recursos públicos —como donaciones— para los damnificados por el terremoto. No genera sorpresa que seis meses después del desastre haya gente sin casa, prácticamente olvidados, luego que el gobierno local y federal se llenaron la boca —incluso hubo anuncios de televisión y radio que presumían— lo que habían hecho a favor de la población, como si fuese una gracia y no su obligación. Así es, hay gente que no recibió nada de la ayuda que el gobierno dijo que daría; hay gente que sigue viviendo en el desamparo.

A pesar de ello, el gobierno local, en su afán por quedar bien a corto plazo, por deslumbrar en medio de una carrera electoral, en lugar de hacer lo que le corresponde, anunció que crearía un memorial con un costo de 14 millones de pesos —además de los casi 50 millones que costo la expropiación del terreno—. Por supuesto, Mancera lo anunció en un tuit.

Y yo me pregunto —junto con mucha más gente—: ¿No sería mejor usar ese dinero para la reconstrucción? ¿Por qué piensan en un memorial si ni siquiera han podido poner en orden las cuentas? ¿Para qué sirve un memorial si sigue habiendo gente sin casa?

Todo parece el típico ardid electoral para darnos atole con el dedo. Algunos comparan la decisión a la Estela de Luz, que se ha convertido en un monumento a la corrupción por el dinero que costó. Sin embargo, este caso me parece aún más doloroso, porque aunque sea más barato, la herida aún está fresca. Todavía camino por mi colonia y hay cantidad de edificios acordonados, con grietas visibles, deshabitados, en espera de ser demolidos. Aún hay familias sin un techo donde vivir y esta gente, en lugar de cuidar el dinero, en lugar de evitar el desvío de fondos, en lugar de fijarse en lo importante, quiere un memorial. Es un desafío directo, me parece. Es una declaración: no sólo no me importa que se roben el dinero, además, malgastaré tantos otros millones —de dónde seguramente habrá algún otro desvío— para pararse el cuello.

Ni siquiera quiero hablar de todos los tantos otros temas urgentes a resolver en la ciudad —como la falta de agua, la falta de infraestructura y el indiscriminado número de permisos de construcción que se emiten—, sino de lo fundamental, de la gente que se quedó sin casa. Quién, en su sano juicio, antepone la creación de un memorial a quienes perdieron todo. Y no digo que lo de un memorial no sea una buena idea —quizá lo es—, pero hay tantas cosas que apremian mucho más.

Mancera lo ha vuelto a hacer: una más de las banalidades —como el uso de tuiter para anunciar sus “logros”— antes de irse de su puesto al frente del gobierno. Apenas un ejemplo del vacío de autoridad y de lo desorientadas que están las prioridades de quienes nos gobiernan. Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que esta gente esté en el poder. Yo creo que nos quedaremos atrapados en medio del débris, en medio de los escombros, en lugar de erigir la ciudad que debería de ser.

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