Dime a qué le tienes miedo y te diré por quién vas a votar.

Tristísimamente, las elecciones de este año en México no están definidas por los gustos, las convicciones o la ideología, ni siquiera por la búsqueda de la mejor opción de país que queremos. En cambio, lo que regirá el voto este año —y, por supuesto, está rigiendo las campañas— es el miedo. Y el miedo provoca respuestas irracionales.

Se acaba el imperio de las ideas, el poder del razonamiento, la pulcritud de los ideales; en cambio, a las urnas vamos a ir con la misma convicción con la que saldríamos corriendo de la cocina si de detrás del refrigerador nos saltara una rata.

La definición del diccionario de la palabra miedo dice que se trata de una angustia por un daño o riesgo real o imaginario. Lo interesante es esa aclaración de que se trata de un peligro real o imaginario, aunque el desasosiego no encuentra diferencia. Ese es el punto fino, porque todos los candidatos a la presidencia de la República representan un riesgo o un posible daño al país e, indirectamente, a cada uno de nosotros.

Y no importa que el riesgo sea imaginario, porque el miedo es el mismo. Es decir, tratar de convencer a alguien de la “confianza” que le puede tener a un candidato es inútil si dicho candidato entra en las fobias de nuestro interlocutor. No hay mucho que hacer. Lo que he notado, por ejemplo, en las charlas de café al respecto de los candidatos que tenemos delante es que muchas veces la gente ya tiene tomada una decisión y no niegan las razones que cualquiera esgrime en contra del candidato que ya escogieron. La respuesta inmediata es “sí, pero el otro es peor”.

A la gran mayoría del electorado le parece que las opciones que tenemos no son buenas, que cada uno de los candidatos tiene bemoles graves y, sin embargo, están dispuestos a solapar esas fallas con tal de castigar a los otros que representan un peligro mayor, que les dan más miedo.

El mesianismo de Andrés Manuel no es tan malo ante la corrupción corrosiva del PRIAN; la inexperiencia y falta de estrategia de Margarita no está tan mal comparada con la demagogia y populismo del Peje; la hipocresía y falta de lealtad de Anaya es tolerable contra la corrupción y desvíos de dinero descarados del PRI; la estirpe de ineptitud y deshonestidad de Meade no es tan mala en comparación con el cubil de desertores y buscahuesos en que se ha convertido Morena. Y así, las discusiones siguen ad infinitum.

Al principio, no entendía cómo la inmensa mayoría de la gente estaba de acuerdo con apoyar a un hijo de puta —el que fuera—, para librarse de otro. Eso es tanto como decir que queremos seguir con la mierda al cuello y estamos de acuerdo con ello. ¿Sólo porque la otra mierda que también nos llegaría al cuello nos parece menos apetecible?

Sin embargo, apenas se empezó a diluir mi sorpresa también empecé a ver todo con un poco de más claridad. Porque basta abrir los ojos y ver a nuestro alrededor para darnos cuenta que en realidad nos gusta vivir así. Porque muy pocas son las personas que hacen algo para que las cosas cambien, empezando por no pararse en segunda fila sólo para comprar cigarros, por no comprar películas piratas, por no morder a un policía de tránsito, por no estacionarse en un lugar prohibido, por no andar en bicicleta sobre la acera, por no pasarse un alto, por no comprar una grapita pa la fiesta o un churrito pa poder dormir.

Por qué deberíamos de esperar que el presidente o los gobernadores de todos los estados no desviaran fondos, si consuetudinariamente nosotros rompemos las mínimas leyes que nos aseguran una mejor convivencia. Sí, claro, el primer argumento es decir que no es lo mismo pasarse un alto que desviar miles de millones de pesos como JaviDú. Y no, no es lo mismo a nivel formal, pero parten del mismo fundamento de ilegalidad.

Desde hace años llegué a la conclusión —nada científica, es cierto, pero no por eso imposible— de que la supervivencia de la raza humana era una concesión que hacían las ratas con nosotros. Sí, las ratas. En este texto abundo al respecto, pero estoy seguro que si un día las ratas del mundo se decidieran podrían acabar con nosotros como especie sin mayores problemas. Sin embargo, nuestra presencia es la que les da de comer con nuestra basura, nuestro descuido. Para qué nos matarían si las alimentamos y, al final de cuentas, nosotros tenemos más miedo de ellas que ellas de nosotros. Pues el mismo caso con esas ratas que están en el poder. Sin embargo, el otro gran peligro es que, a diferencia de los roedores de alcantarilla, nuestros gobernantes son torpes y nos están llevando al final como especie, quizá sin entenderlo y nosotros, con tal de evitar un riesgo, asumimos el otro que, al final, también nos matará.

Pero cómo vamos cambiar como país, si no damos el primer mínimo paso para cambiar como personas. Votamos contra lo que nos da más miedo, pero solapamos con nuestros actos el estado general de las cosas. Quizá nos merecemos vivir sometidos por nuestras fobias.

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