Contrario a la creencia popular, los toros bravos no embisten contra el color rojo; el color no tiene nada que ver con su capacidad de arremetida. El toro de lidia carga contra lo que le parezca peligroso, básicamente, porque es bravo —es una reacción instintiva; si fuera un animal manso, huiría— y su visión es tan poco definida (incluso dicromática, según algunos estudios) que en realidad se guían más por el movimiento: un movimiento cercano, incluso de un trapo, como un capote, o un hombre corriendo, pueden interpretarlo como un peligro y desatar el instinto, por lo que la res cargará, con toda su fuerza, contra ese objetivo.

Por esa razón es que, en la tauromaquia, es una virtud la quietud. Así, un capote de brega, un simple trozo de tela, es el artificio del engaño. Si el torero permanece inmóvil y el vuelo del percal atrae la embestida del toro, el animal no arremeterá contra él, sino contra el movimiento. Claro, lo difícil es guardar la serenidad, tener la sangre lo suficientemente fría, para no mover un músculo cuando una res de más de media tonelada y fuerza descomunal arremete contra uno. Hay que, de hecho, ir en contra de nuestro propio instinto —que sería huir lo más rápido posible—, para salvar la vida.

Estar en un ruedo, solo, ante un toro que embiste a toda velocidad contra uno podría ser considerado por algunos un momento de esos en que las cosas no están saliendo lo mejor posible. Quizá, uno preferiría estar tirado en un camastro frente al Océano Pacífico, cerveza en mano. Sin embargo, no debemos olvidar que cuando las cosas no salen, cuando la vida va mal y el panorama se oscurece, siempre, siempre puede empeorar la situación. No importa qué tan malo parezca el escenario, siempre puede ir a peor. Es una ley de vida.

Ver venir a un toro que quiere empalarte con astas puntiagudas es uno de esos momentos en que todo puede empeorar: se te puede caer el capote; puedes salir corriendo en un acto reflejo. Si fueras un torero, incluso sería peor que el animal no embistiese —la ironía de la vida—.

Es en esa situación en la que estamos, cuando pareciera que ya no podríamos caer más bajo y, sin embargo, la situación empeora. Luego de 70 años del PRI, pensamos que cualquier cosa tendría que ser mejor, pero llegó Vicente Fox. Luego pensamos que cualquier cosa sería mejor que un ranchero impulsivo y entonces llegó Calderón para iniciar una guerra sin estrategia y sin plan de contención. Con el país en caos, asumió el poder Peña Nieto y, aunque no lo crean, la situación de inseguridad, delincuencia y corrupción está peor que nunca.

En otras palabras, estamos de pie en un ruedo y un toro bravo arranca a toda velocidad para embestirnos. En ese momento, arrancaron las campañas políticas para elegir a nuestro siguiente presidente y en la boleta tendremos que escoger entre Meade, Anaya, López, Zavala o Rodríguez.

No se necesita ser un genio para ver que la situación ha empeorado y el fondo aún está lejos. Se nos puede caer el capote, vamos a salir corriendo y la res nos va a empalar sin piedad. Las astas podrían perforarnos el muslo, romper la arteria femoral y moriríamos rápidamente, quedando un cuerpo exangüe sobre la arena. O quizá los cuernos penetrarían nuestro vientre dejando caer las tripas al ruedo. Somos tan frágiles ante la fuerza de un toro que incluso podría apenas darnos una voltereta y nosotros morir en la caída con el cuello roto. Sin embargo, el asunto siempre puede empeorar, entonces, en la voltereta, quizá, quedaríamos paralíticos, pero vivos viendo cómo el toro sigue arremetiendo contra nuestro cuerpo inerte durante algún tiempo.

Quizá lo único sensato que podemos hacer a estas alturas es permanecer inmóviles, extender el capote de brega y, con dos cojones, tratar de lidiar a este toro que viene, frenético, con la intención de arrollarnos. La faena tendrá que durar seis años.

 

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