Gracias a la herencia de los Reyes Católicos y la consolidación de Carlos I, Felipe II pudo decir que en su imperio nunca se ponía el sol y no mentir al hacerlo. El Imperio Español conquistó América, tenía posesiones en África, tenía Filipinas y la mitad de Europa.

El legado más notable, cinco siglos después, nos guste o no, es que la religión con más adeptos en el mundo es el catolicismo y el segundo idioma más hablado del planeta es el español —detrás sólo del chino, porque pues hay muchos chinos—.

Por supuesto, no me interesa hablar de lo injusto, cruel, irracional, aberrante y terrorífico que fue el Santo Oficio, sino del idioma que además de poder de unificación —o como parte del mismo— tiene esta característica de ser un elemento democratizador poderosísimo.

Una vez que nuestros padres nos enseñan nuestras primeras palabras, hacemos al idioma materno absolutamente nuestro al tiempo que heredamos un lenguaje que tiene másde 500 años de historia —eso si tomamos como su nacimiento la publicación de la gramática de Nebrija en 1492; aunque se hablaba desde mucho antes—. Ese idioma que aprendemos cuando somos unos lactantes se convierte en el rasero con el que medimos al mundo y modela, incluso, nuestra manera de pensar, como lo explica Lera Boroditsky en esta presentación TED.

No importa que hayas nacido en la corte de los Austrias, en la capital del Imperio más poderoso del mundo en el siglo XVI, o en la colonia Narvarte en los años setenta del siglo XX, ese idioma es tan propio para unos como para otros. No hay linaje, etnia, sexo, credo, ni capacidad intelectual que merme o demerite esa posesión: el lenguaje es nuestro, de todos y cada uno.

Al aprender el idioma, lo aprehendemos y luego lo manipulamos a nuestro antojo. Las reglas son sólo convenciones que utilizamos para mantener el nivel de comprensión lo más elevado posible, pero desde la publicación de Nebrija hasta nuestra época, no ha pasado un día en que el idioma no rompa sus propios límites para encontrar nuevas palabras, nuevos significados, nuevas posibilidades.

Al final, vinieron las independencias, la ruptura de la corona y sus colonias, pero el idioma ha sobrevivido en buena parte del Imperio. Incluso, me atrevería a decir que ese es el verdadero imperio; el imperio del idioma, del español, que rige de Gijón al Cabo de Hornos, de Tijuana a Girona, y que, además, mantiene una invasión constante y poderosa allende al Río Bravo, hasta Anchorage —América del Norte está infiltrada hasta el tuétano y aunque no sea una conquista oficial ya una quinta parte de Estados Unidos habla español—.

Quizá, como lo hiciera Felipe II, el español deba enarbolar la Cruz de Borgoña como emblema de su imperio —¿o será que una simple eñe capital funcione?—. Podríamos sentarnos a ver cómo avanza el idioma en el continente mientras comemos palomitas, pochoclo, canchita, cotufas, rosetas, pororó —o como sea que le quieran decir en cualquier parte del imperio— hasta la conquista total.

El problema vendrá después, cuando intentemos entendernos dentro de nuestro propio imperio, porque no cualquier weón pendejo es un colega capullo o un amigo joven o un carnal imbécil. Porque comerte la concha de tu madre no es un acto tan incestuoso como alguien pensaría y comerte la concha de la madre de alguien más seguramente derivaría en un pleito —no importa si eres o no demasiado pendenciero—. Porque jugar con los popotes no es lo mismo a que si Torrente te dice “nos hazemo’ una’ pajillas” —aunque sea sin mariconadas—. Porque la torta de jamón del Chavo no tiene nada que ver con la torta que te puedas comer en cualquier otra parte del imperio; y tortearte a alguien en el metro tampoco será bien visto en el subte. Porque dominar el uso de los verbos webiar y chingar, al chile, sólo te sirve en México y en Chile. Porque unas chompas no tienen nada que ver con que los chómpiras rifen, ni con que bailen tíbiri tábara, ¿cachái?

La vaina es verraca —¿o berraca?—, sin duda. Pero ese marrón nos lo comeremos después. Todo sea por el imperio del español.

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