Lo primero que debemos hacer si es que tenemos una pizca de inteligencia, de autocrítica y de responsabilidad social es aceptar que todos los candidatos presidenciales son iguales: una mierda.

A partir de ahí, cada uno puede optar por defender al que le parezca la mejor opción por los motivos que sea: ya sea porque es el menos peor, porque parece el mejor preparado, porque sus propuestas sean sensatas. Parto de la premisa, además, de que cada quien definirá su intención de voto teniendo en cuenta el país que quiere en el futuro —habrá, por supuesto, quien vote porque le conviene a sus intereses personales, por algún hueso o porque esté en contubernio con algún partido o persona, pero ellos serán las menos—. Como sea, pero lo que no podemos perder de vista es que los cinco han abrevado de las mismas aguas que nos tienen donde nos tienen. Ninguno puede negar sus raíces, aunque lo intenten.

Meade no está afiliado al PRI, pero lleva a cuestas el oscuro pasado del partido que representa, así como los nefastos ejemplos del sexenio en curso donde la corrupción ha sido moneda corriente. Duarte, Moreira y Peña son apellidos que pesan demasiado y poco importa lo demás. Al final de cuentas, su preparación no logra elevarlo por arriba de la élite que representa, por más que no forme parte oficial del partido.

Anaya, por su parte, logró desmarcarse de sus predecesores panistas (Calderón y Fox), pero en el proceso traicionó a su partido y acabó aliándose con el que ideológicamente es su opuesto natural; lo único respetable del PAN en tantos años había sido que mantenían una ideología y uno puede estar en contra de esa ideología, pero sabía qué podía esperar del partido hasta ahora. Además de su poca experiencia, Anaya dejó claro en unos cuantos meses que es capaz de comprometer lo que sea en su búsqueda de poder.

López es un tipo que decidió afiliarse al PRI en la década de los 70 —estando Echeverría en el poder— y se quedó ahí más de una década, pero se ha cambiado de partido cada vez que no lo dejan ser candidato a algún cargo público. Aunque es quien tiene más experiencia en un cargo de gobierno, eso amplía los ejemplos de lo que podríamos esperar de él: en su gestión, por ejemplo, impulsó varios programas sociales bastante atractivos; sin embargo, también hay que decir que se saltó al Congreso para realizar una obra que había comprometido desde antes, como el distribuidor vial y con eso dejó una profunda deuda; además, gente allegada a él estuvo inmiscuida en casos de corrupción.

Zavala no logra desmarcarse de Calderón. Vive en el dilema constante de querer tapar su profunda falta de experiencia con el pasado político de su marido, al tiempo que quiere forjar su propio nombre. En este sentido, quizá ella sea la más diferente a todos, salvo que su única experiencia se finca en haber estado casada con un presidente. Ella está atrapada en su propia plataforma, además de que parece totalmente perdida en el proceso.

El Bronco se ha disfrazado de blanca paloma independiente, pero, por un lado, formó parte del PRI durante 34 años y, por el otro, demostró todo lo que le aprendió a su ex partido al falsear firmas para conseguir su candidatura. Por si fuera poco, demuestra, cada vez que abre la boca, su montaraz visión del mundo y una absoluta ignorancia legislativa que da pena ajena.

Por si este pasado no bastara, los tres principales candidatos, en su carrera por el poder, han decidido vincularse con personas que tienen turbios pasados. Ha sido tan descarada dicha práctica en este proceso que incluso en entrevistas para televisión nacional —básicamente en el programa Tercer Grado de Televisa— los periodistas preguntaron de manera abierta a cada candidato por estas personas, llamándolos impresentables. Los impresentables, en general, son personas que tienen pasados públicos muy cuestionables y, en algunos casos, hasta procesos abiertos con la justicia y que tienen algún puesto en los equipos de los candidatos, algunos, incluso, están incluidos entre los nombres de congresistas plurinominales de cada alianza.

Como si fuera lo que se espera, se habla de los impresentables sin pudor, y los candidatos los defienden o evaden las preguntas, con mayor o menor éxito, pero ya lo vemos como si fuese algo normal y ahí es donde estamos cometiendo el mismo error de fondo que siempre.

Si queremos un cambio de fondo, un alto a la corrupción y el fin de la violencia, yo no veo cómo ninguna de estas personas que traen la misma escuela de todos los políticos que nos han puesto donde estamos —desde Echeverría hasta Peña Nieto—, puedan cambiar nada y el desfile de impresentables, como en pasarela de alta costura, es donde esto se hace más evidente.

Ahora ya no hay mucho por hacer. En lo personal, yo no puedo darle mi voto a ninguno de estos candidatos y he tenido que aguantar el discurso furioso de muchos que argumentan en contra de la anulación del voto. Sin embargo, simplemente no puedo darle mi apoyo a ninguna de estas personas. No puedo.

Quien va al frente de las encuestas es López y todo parece indicar que ganará las elecciones. Es, además, quien tiene a los seguidores más férreos de todos —y también a los detractores más aguerridos—. Por ello pienso que los primeros que deberán cuestionar a su candidato en caso de ganar son quienes lo siguen. Aún cuando consideren que López es la mejor opción para gobernar el país —o precisamente por eso—, no pueden olvidar su pasado, no pueden perder de vista a sus impresentables. En la medida en que los seguidores de cada candidato tengan presente el pasado y las alianzas dudosas de sus candidatos podremos, como sociedad, exigirles que cumplan lo que prometen y que hagan un trabajo respetable.

Al final, parafraseando las palabras de Meade —a quien no le tengo el menor respeto pero nos regaló una joya que difícilmente podremos olvidar—, tenemos que movernos en un esquema en que los impresentables no sean válidos. Sin embargo, ese esquema no existe. No tendríamos que aguantar que en el séquito de ningún candidato a la presidencia hubiese personas no respetables pero así es. Además, no debemos olvidar el pasado de cada candidato, porque de lo contrario, cometeremos los mismos errores de siempre. Hay muchas cosas que no deberían ser ni siquiera negociables y, sin embargo, a los candidatos les importa poco porque, por lo pronto, nosotros aguantamos cualquier cosa.

Así como estamos, los impresentables somos todos: quienes se colaron en los equipos de los candidatos, los mismos candidatos por relacionarse con esas personas y nosotros por permitirlo.

Adenda
Por supuesto, lo que no menciono en este exhorto es que para ejercer la crítica es indispensable invertir tiempo en informarnos y en ese proceso, además, no censurar las opiniones encontradas con nuestros deseos. La mera tarea de mantenernos enterados de los hechos lo veo muy difícil y si a eso le sumamos la importancia de no sesgar la información que nos llega, sino contraponerla, analizarla y sacar conclusiones parece misión imposible. En un mundo en el que rige el fake news y donde la mayor fuente de información son los memes que circulan en redes sociales, es prácticamente imposible evitar la ignorante tiranía social de la que habla Javier Marías en su columna de El País Semanal. Quizá, después de todo, sí nos merecemos los gobiernos que tenemos.

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