La idea de vivir en una isla desierta siempre me ha parecido atractiva por la posibilidad de no tener que convivir con nadie. Muchas veces fantaseé con ello cuando, en un juego de esos para perder el tiempo o para coquetear con alguien, siendo niño u adolescente, surgía la pregunta esa de, si te fueras a vivir a una isla desierta y sólo te pudieras llevar diez discos, ¿cuáles te llevarías?

Me imaginaba en la deliciosa soledad y me gustaba la idea, pero no podía reducir la lista a sólo diez. Y para el caso, me preguntaba cuántos libros podría llevarme y entonces la ilusión terminaba hecha pedazos. Hace unos días tuve una regresión a aquellos tiempos porque me pidieron que enumerara diez discos que me han marcado en mi vida en un juego de Facebook y reviví este inocente ejercicio de síntesis, sin embargo, concluí que era imposible dejar una lista definitiva.

Cumplí con la petición, jugué el juego, y el resultado fueron los discos que ilustran esta publicación, pero no he podido dejar de pensar en la injusticia que es reducir la lista a diez. En este juego nunca mencionaron la isla desierta, porque ya somos personas mayores, quizá, pero siendo mi referente tuve miedo de tener que dejar de escuchar cierta música que no incluí en la lista. Diez son muy pocos discos y, además, creo que si hiciera esa lista una vez al mes, nunca serían la misma; habría variaciones, inevitablemente, supeditadas al estado de ánimo en que me siente a hacerla y eso no significaría que estuviese mintiendo nunca. La percepción es muy engañosa, sobre todo cuando va aliñada con la nostalgia y la memoria.

Durante esos diez días que duraba el juego, era divertido pensar en un disco y buscar la foto de su funda en Internet, una actividad mucho más atractiva que leer mentiras sobre los candidatos mentirosos a una presidencia que es una burla. Tras cerrar la lista, sin embargo, seguí pensando en discos, épocas, sonidos, bandas y música y llevo un par de semanas volviendo a escuchar muchos de esos discos que incluí en la lista y muchos otros tantos que excluí. Al final, he querido hacer justicia con esta adenda, solo porque es lunes y porque puedo y por qué no.

Mi nostalgia trip lo empecé con Genesis, quizá porque me costó mucho dejar fuera al grupo. El primer acercamiento que tuve fue con un par de álbumes: Seconds out, que es en vivo, y And Then There Were Three. Me gustaron, pero no me abrieron los ojos. En 1982 escuché Duke y fue entonces cuando me fui de bruces —quizá ese fue el disco que debí incluir en la lista original—. Me gustó tanto que me clavé escuchando Genesis y fui para atrás. Llegué hasta el Nursery Crime —el Trespass y el From Genesis to Revelation los oí mucho tiempo después— gracias a que encontré a un vecino cuyos hermanos mayores tenían los acetatos; nos los pudimos volar —los devolvimos— para escucharlos en mi casa. Me gustó tanto, que expandí la búsqueda y conocí a Peter Gabriel —aunque tardé años en digerirlo, hasta que llegó So y luego fui recuperando todos sus discos previos— y a Phil Collins —nada que ver con la música de Tarzán; a la fecha sigo creyendo que su primer disco, el Face Value, es maravilloso aunque olvidado—. Genesis se volvió música de cabecera, sobre todo los discos Selling England By The Pound, A Trick of The Tail, Wind & Wuthering y el propio Duke. (Aquí una selección personal de Genesis en Spotify.) *

 

Otro grupo que me dolió dejar fuera fue U2. Creo que The Joshua Tree es el disco que debí poner en la lista. Aunque el Achtung Baby es más completo, más maduro, el de 1987 sí fue un golpe en la mesa —sobre todo, debo decir, su lado B es soberbio, empezando porque en aquella época aún había, literalmente, un lado B—. La confirmación del nivel de la banda fue el Achtung Baby —me estoy saltando adrede el Rattle and Hum, porque es un disco inusual y extraño; no lo cuento como el siguiente álbum de estudio de U2, a pesar de que tiene joyas escondidas del tamaño de Heartland o de All I Want Is You—, y lo digo sin menospreciar los previos, porque The Unforgettable Fire —el primer álbum que tuve del grupo— es también grande. (Aquí una breve selección de mis Greatest Hits.)

 

También está, por supuesto, Prince, de quien escribí hace unas semanas, con música que me marcó, aunque sería difícil reducir el golpe en un solo disco. Otro grupo que dejé fuera, aunque fue un pilar en mi educación musical y sentimental, fue The Police. Los cinco discos de la banda me parecen soberbios. Sin embargo, los fui conociendo poco a poco y en retrospectiva —quizá por eso los dejé fuera, aunque el Synchronicity fue el que debí incluir—. Escribí esto hace una década, y aunque el texto se siente viejo, explica lo que significó para mí ese grupo.

Un disco que me marcó también fue Tres Sonatas para piano de Beethoven, por Ernst Gröschel. En realidad pudieron haber estado tocadas por cualquiera. Era un disco que seguramente compré por una bicoca, una mala grabación. Sin embargo, escuchar la Pathetique, la Appasionatta y Claro de Luna es algo que, a la fecha, me llena de tranquilidad. (Por si se sienten con ánimos, aquí las sonatas.)

 

Un grupo que es claramente una herencia —quizá por eso lo dejé fuera en la lista original—, aunque, sin duda, me marcó, es Chicago. Mi papá es un fan irredento de este grupo, sin capacidad de autocrítica, sigue escuchando lo que hace el grupo a la fecha. Por ende, desde que nací he escuchado a la banda y su mejor trabajo es el de los años setenta. Después Chicago se descompuso —técnicamente, porque perdieron a su guitarrista, uno de los líderes de la banda— y fueron dando tumbos —algunos muy exitosos comercialmente— hasta desdibujarse, pero los primeros once discos de la banda son los que valen la pena. La banda se fundó en 67 y en 77 salió el Chicago XI —no son exactamente once, porque el cuarto es un disco en vivo y el noveno, una compilación, pero así los numeraron—. Mi problema sería escoger alguno de estos: quizá el seis, quizá el siete, el diez, el once. No sé. No podría decidirme. Desgraciadamente, en la actualidad Chicago es más recordado por su infausto álbum XVI, de 1982, y la famosísima Hard to say I’m sorry, y hay a quien le gusta, pero ese ya era otro grupo, otro sonido con algunas reminiscencias, breves destellos de nostalgia, pero otro grupo. Quizá debieron cambiarle el nombre. (Mi selección de Chicago.)

 

En un siguiente nivel en este ejercicio personal, aunque no menos indispensables, vienen hartos grupos y sonidos. Desde Soda Stereo, Fito Paez o Caifanes, hasta Silvio Rodríguez, Carlos Santana, Supertramp, Miles Davis, Caetano Veloso, El último de la fila, Elis Regina o Miguel Ríos; hay un sinfín de artistas de quien podría rescatar muchísimos discos. Y luego vendría una inevitable y larga lista de one hit wonders que fueron moldeando mis gustos musicales y que sigo oyendo y necesito cerca.

Mi ecléctico y vasto catálogo de gustos personales han complicado, desde niño, la inocente fantasía de pensar en el equipaje que me llevaría a una isla desierta. Sin embargo, hoy, bien podría llevarme una tableta con conexión satelital, cargada con Spotify —ahora que su catálogo incluye a The Beatles y a Peter Gabriel— y no necesitaría más nada en cuanto a música se refiere.

El problema, ahora, se concentra en la lista de los libros, porque aunque podría llevarme un Kindle —o en la misma tableta del Spotify—, para mí sigue siendo indispensable el olor del papel. La ilusión vuelve a resquebrajarse y la idea de irme a una isla desierta donde no tenga que convivir con otras personas es una utopía.

 

* Todas las listas que anexo son selecciones mías, que no respetan ningún otro criterio que no sea mi gusto personal.

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