Lo que más me gusta de los gatos es su impostura. De día, frente al mundo, son altivos, elegantes, soberbios; pero escondidos en la somnolencia de la noche pierden la careta y se acurrucan, despanzurrados, con las pupilas dilatadas como hoyos negros de afecto, mendigando cariño como indigentes solitarios. Por ello creo que todos deberían de tener un gato alguna vez en su vida.

No siempre fue así —es decir, no siempre me gustaron—, de niño les tenía miedo, gracias a que mi primera interacción con un felino dio como resultado un arañazo en la frente y en mi orgullo. Tenía cuatro años de edad y acabé asustado, con el rostro marcado y, además, me llevé un regaño por alterar la paz del gato. Concluí que esos animales eran criaturas impredecibles y peligrosas, e incluso tuve dos perros en mi niñez y adolescencia. Esa idea prevaleció durante más de 20 años.

Por ello, puedo entender el temor y desasosiego que provocan los gatos en mucha gente; ese resquemor, saber que es posible que aún cuando no le hagas daño, el animal puede sacar las uñas y esgrimir un zarpazo. Me gustaría decir que esa percepción es producto de un prejuicio, pero no puedo. Tengo que aceptar que la naturaleza salvaje de los gatos, lejos de estar domesticada, sólo está dormida. Y la prueba descansa en los brazos de los felices propietarios de gatos domésticos, llenos de heridas producto del juego y de algún malentendido.

Asimismo, no puedo obligar a nadie a tener un gato y no puedo pedir que le pierdan el temor así, sin más; lo que sé, sin embargo, es que una vez que se conoce su naturaleza en general y la personalidad de cada felino, dejan de ser impredecibles. Años después de aquel desencuentro que tuve, conocí a un cachorro que decidió mostrarme afecto y mientras dormía en mi regazo, sumergido en su propio ronroneo, me hizo pensar que un gato no podría ser impredecible ni peligroso —como creía fielmente desde los cuatro años— si crecía conmigo; jamás atacaría a un miembro de su manada. El cachorro aquel me había ablandado y la posibilidad de hacerme de un gato empezó a deambular en mi cerebro.

Rumié la idea algunos años, pero no hice nada porque parecía demasiada responsabilidad para un periodista soltero que rondaba los treinta y viajaba mucho. Sin embargo, mi hermana me acorraló y el día de mi trigésimo segundo aniversario me obsequió una gatita de menos de dos meses. Así fue como llegó Desdémona a mi casa y se quedó casi 16 años hasta la semana pasada.

La gente solía extrañarse cuando un soltero en sus treintas decía que tenía un gato. Era como si, primero, pensaran que encargarse de un ser vivo era demasiada responsabilidad —como yo mismo lo pensaba; no los culpo— y, después, asumían que en un perro había una correspondencia más adecuada. ¿En qué momento se emparejaron los gatos con las mujeres y los perros con los hombres? Es significativo, quizá, que la imagen de la señora loca de los gatos, siempre es señora, a pesar de honrosos ejemplos de lo contrario como Monsi y su jauría de felinos —¿qué habrá sido de todos esos gatos?—.

Por otro lado, desde que me convertí en dueño de una gata, procuré, en la medida de lo posible, mantener esa parte de mi vida tras una cortina de discreción. No por otra cosa, sino porque sé que las personas que hablan incesantemente de sus mascotas son insoportables —también las que hablan incesantemente de sus hijos o, para el caso, de cualquier tema recurrente que no es de interés general—. Por ello, no hablaba de mi gata a menos de que me preguntaran; sin embargo, en más de una ocasión me pillé hablando fervorosamente sobre el animal a pesar de que sólo se había tratado de una pregunta retórica que tenía como objetivo ocupar el tiempo de espera en lo que llegaba algún mesero.

Asimismo, intenté no convertirme en esa persona solitaria que proyectaba sus carencias en su mascota —no quería convertirme, precisamente, en el señor loco de la gata—. Tardé, pero luego me di cuenta que sí era esa persona solitaria que proyectaba sus carencias en su mascota, por lo que me aboqué a cultivar la discreción. Traté de imitar esa genial impostura, manteniéndome de día y entre la gente, como un tipo frío y sin afectos —quise ser elegante, pero tuve que aceptar mis limitaciones—, mientras que en la oscuridad de mi casa solía hablar en voz alta con mi gata mientras ella me ignoraba, la perseguía para poder acariciarle el lomo y hasta me despanzurraba a su lado en busca de un poco de afecto.

A mi favor, puedo decir que en los gatos veo una mayor correspondencia con un soltero en sus treintas que en los perros. Los gatos, con su absoluta displicencia, suelen recordarle a uno la vida en familia y para ellos pareciera que uno sólo existe cuando tienen hambre, sed o necesitan una puerta abierta. Y al mismo tiempo, sin embargo, la gata mostraba unos celos feroces cuando llegaba con alguien a casa. De hecho, cuando se quedaba a dormir alguna chica en casa, a mitad de la noche, pillaba al gato viéndonos con un dejo de devastadora censura. Si creyera en los fantasmas, juraría que era el fantasma de mi madre encarnado en la gata reprochándome mi mal juicio, con una mezcla de celos y desaprobación displicente.

Ese nivel de interacción es mucho más sofisticado que el que ofrece un perro, quien con gusto infinito mueve la cola apenas le dedicamos una mirada. Mi gata, en cambio, era experta ignorándome: sus orejas se movían hasta ubicarme perfectamente en el espacio, no importaba que tuviera los ojos cerrados o estuviera viendo a otro lado, me escuchaba perfectamente cuando le llamaba y, entonces, con una intención expresa, me ignoraba, lo que implica una interacción mucho más sofisticada, más parecida a la interacción con alguna de mis parejas. Ser ignorado, en cualquier caso, es mejor a ni siquiera ser escuchado.

Chocolat - slimUn gato, desde mi experiencia, es además el contrapeso que necesitamos en la vida. Por ejemplo, ahora que escribo estas líneas y dudo, nadie me ve con superioridad moral dándome a entender que lo escrito es burdo o abiertamente estúpido. Nadie voltea la vista disimulando el malestar estomacal que le provoca una prosa tan cursi y predecible. Tengo que ser yo mismo el juez de mis textos y eso es muy cansado, además de complicado y desgastante.

Quizá por esto sea que los gatos apelan más a las personas urañas y viceversa. Es una relación simbiótica mutualista, como un ñu y un ave, como una anémona y un pez payaso, como una rémora y un tiburón. Yo llegué a pensar que mi gato era mi sombra o viceversa.

Todo esto podrá sonar absurdo porque sabemos que los animales son eso, animales. Tenemos la certeza de que los gatos —y los perros para este efecto— carecen de consciencia. Sin embargo, nuestras dudas comenzarán cuando queramos dibujar la línea donde empieza la consciencia. A cualquiera que haya sido dueño de un gato o un perro le costará trabajo creer que ese animal carecía de consciencia en el momento en que dilataba sus pupilas para mostrar arrepentimiento —o lo que ante nosotros parecía arrepentimiento—. Nunca podré saber, por ejemplo, que habría estado pensando el gato sobre mí cuando me veía fijamente. Incluso tendría que saber que no estaba pensando nada, pero por más estudios que lea nadie podrá hacerme creer que el animal no estaba pensando en algo. De hecho, tendría que empezar por explicar cómo es posible que el gato se comunicara conmigo para hacer que le abriera el grifo del agua porque sólo le gustaba beber agua corriente o cómo me forzaba a seguirla para que le abriera la puerta del balcón. O cómo explicar algo más sutil como un cambio de comportamiento si me notaba triste o distante. La conclusión, quizá, sería que yo estaba proyectando mis necesidades en el animal, pero la duda nadie me la quitará.

En cualquier caso, lo que me parece innegable es esa capacidad de los felinos de desdoblarse en dos personalidades: la que le dedican a todos los mortales que yacen por debajo de su superioridad, y la que despliegan en la intimidad, cuando en un extrañísimo desliz deciden mostrarse vulnerables.

Sólo por el placer de atestiguar este fenómeno de la naturaleza es que creo que todos deberían de tener un gato alguna vez en la vida. Y sí, tendrán que aguantar ese desdén, la displicencia, el ser ignorados o tratados como meros esclavos cuya existencia se justifica cuidando del gato, incluso se llevarán innumerables rasguños, pero en algún momento podrán ver su lado oscuro. Esa es la verdadera superioridad del gato, el poder usar esa careta y no sé aún si la careta es la soberbia o la vulnerabilidad, nadie lo sabrá —algunos asegurarán una cosa y otros otra—. Esa es la magia de su genial impostura.

Anuncios