Cuando era niño me gustaba pensar que al meterme a la cama estaba entrando en una trinchera y mientras la guerra ocurría afuera de ese recoveco, yo estaba completamente a salvo.

Imaginaba obuses, el estallido de granadas y muertos cayendo afuera de ese pequeño remanso en el que podía guarecerme, tranquilo, hasta que conciliaba el sueño. Ese tiempo, sin embargo, el de conciliar el sueño, se ha vuelto con los años, en un paréntesis efervescente en el que mi creatividad se desahoga. Antes, solía tener una libreta que usaba a esa hora para apuntar mis ideas, pero acababan muchas veces en garabatos que no podía descifrar la mañana siguiente; ahora, en cambio, le dicto al teléfono y a la mañana siguiente lo paso a la computadora —muchas veces esas ideas no llegan a nada concreto, pero otras tantas valen la pena—. Mi dificultad para poder caer dormido cada noche, ha encontrado una razón de ser pero el costo fue la mudanza de esa trinchera nocturna.

Ese lugar feliz donde estoy seguro mientras el mundo se cae a pedazos se mudó, pero no de lugar: sigue siendo en la cama, cuando mi cabeza está recargada en la almohada y mi cuerpo protegido por las cobijas, pero ahora es por las mañanas. Una vez que despierto, pero me rehúso a enfrentar el mundo. Hay un estado de somnolencia, de ensoñación, en el que todo es posible y en el que siempre hay un final feliz, en el que estoy seguro y soy capaz de cualquier cosa. Esa es mi nueva trinchera por lo que, muchas veces, en el intento de alargar ese espacio, acabo durmiendo muchas horas de más. Mi pereza encuentra el hábitat perfecto en ese remanso y se multiplica como una plaga; hay veces que puedo pasar mañanas enteras en mi recoveco feliz, guarecido por la almohada, empoderado por una felicidad tan efímera como ficticia.

En los últimos días he buscado refugio en esa trinchera matutina —por ello es que este texto aparece publicado a tan altas horas del día—. Aunque he tratado de ponerme en pie lo antes posible, despegarme de la almohada, dejar mis sábanas amarillas y meterme a la regadera cuanto antes, la mera perspectiva de estos días es tan poco alentadora que no es difícil caer en la trampa de la trinchera.

El primer bemol del día es el calor que, al menos para mí, significa una reducción considerable en mis niveles de energía. Luego, debo enfrentar cada mañana la ausencia de un gato con el que compartí departamento durante más de quince años y que, a pesar de que llevaba meses preparándome para su deceso y de que no deja de ser un gato, quedé muy lejos de estar en forma para pasar la página. Por si eso fuera poco, mi casa está de cabeza por una limpieza profunda que he tenido que enfrentar y por un pequeño problema en la duela que aún no puedo dimensionar porque el experto que debió ir a revisar el asunto desde el sábado aún no se digna a cumplir con su palabra. Las cerezas del pastel —porque sí, tiene dos cerezas este pastel—, son, primero, unas elecciones de las que estoy convencido que no saldrá nada bueno gane quien gane, y luego una escasa perspectiva de empleo en esta, de por sí inestable, vida del freelance.

Ante esta orden del día, no me sorprende que cada mañana, luego de que suena el despertador, yo opte por darme la vuelta y busque refugio en esa ensoñación que parece felicidad, pero que en realidad sólo se convierte en un desperdicio de minutos que luego no regresan y en los que bien podría ir solucionando los problemas que tuviesen solución.

Mi remedio es enfrentar todo esto paso a paso. Un problema a la vez y esperar que todo se vaya resolviendo para bien o para mal. Lo primero, será mañana intentar desprenderme de las sábanas amarillas apenas suene el despertador, sin perder el tiempo con esta droga que parece la trinchera de la felicidad, pero en realidad es algo más parecido a una trampa, una emboscada de desidia, uno de los nudos más engañosos que he tenido que desatar en mi vida. Ya después vendrá lo demás, el calor, la ausencia, la casa como zona de guerra, los arreglos inminentes, la falta de empleo y las putas elecciones.

El objetivo será solucionar el mayor número de problemas antes de que empiece ese otro anestésico que es el Mundial. Salir avante de estas dos trincheras de felicidad ficticia a la vez puede ser misión imposible, porque caigo aún sabiendo que, como advertiría el Almirante Ackbar: “It’s a trap!”.

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