Un día que no es hoy vi escrita la frase un día que no es hoy y pensé que ningún día era hoy, salvo uno, que sería efímero. Parece una obviedad, pero a pesar de ello —o exactamente por eso— empecé a caer en una espiral de la que apenas con estas letras encuentro la salida.

Se abrió la posibilidad, de pronto, de todos los días que ya fueron y todos los que aún no han sido. Y ya sé que esto no es nada nuevo, que para eso ya Agustín de Hipona había confesado lo efímero del presente. Es decir, tuvieron que pasar más de mil seiscientos años desde el remoto siglo V para que a mí me viniera a caer el veinte, un día que no es hoy. Así, robándome las ideas de Agustín, sería justo decir que, con casi plena certeza, un día que no es hoy han pasado las mejores cosas de la vida. Un día que no es hoy.

Puedo decir, por ejemplo, que un día que no es hoy habría podido escribir  mejor este texto que pretende llenar un hueco hoy, precisamente. Eso es en realidad lo que me gusta de la frase, la terrible y devastadora nostalgia que deja a su paso, como un río de lava de un volcán en Centroamérica. Esa sensación de que un día que no es hoy ha sido más memorable que hoy, siempre.

Un día que no es hoy, quizá, hubiera intentado escribir algo con más sustancia y no pasar párrafo tras párrafo revoloteando sobre lo que un día que no es hoy hubiera podido ocurrir. Un día que no es hoy nacimos, pero moriremos un día que no sabemos si será hoy. Esa cita llegará un día que, por lo pronto, no es hoy, pero podría ser.

La espiral que originó la frase parece perfecta, casi como la frase misma. Es de esas espirales que te arrastran y no hay manera de asirse a nada; una espiral de proporción áurea que me tiene pensando en todo lo que puede ofrecer un día que no es hoy. La nostalgia es el cebo que me hizo caer en la trampa. La mera idea de que un día que no es hoy habría estado fuera del yugo de este calor insoportable o lejos de la discusión sobre candidatos a la presidencia, me seduce inevitablemente. Un día que no es hoy pude haber estado tirado en la playa, bajo una palapa y con un mojito en mano. O como la mujer que acuñó la frase que me robé para este texto, quien un día que no es hoy estuvo en París con un gato que seguramente entiende el idioma francés de sus dueños para ignorarlos como cualquier gato haría sin importar su nacionalidad o residencia.

La frase, esa que he repetido hasta el cansancio en este texto, es la puerta hacia un escape del presente y ahí es donde radica su atracción. Es engañosa, sí, porque promete algo que no puede darnos —que sería ubicarnos temporalmente en ese día que no es hoy—, pero tan atractiva que nos jala a su abismo sin remedio. Un escape tan necesario hoy y no otro día.

Un día que no es hoy puede ser, sin duda, mejor que hoy. Pero también puede no serlo. O mucho peor, podemos vivir hoy como si fuera un día que no es hoy. Esa es quizá la historia de mi vida. Yo vivo siempre en un día que no es ese; en un fuera de lugar —para usar una metáfora tan de moda— permanente. Me pregunto, por un momento, qué se sentirá tener la consciencia hoy de este día y no de otro. Me pregunto si un día será ese día, sin que ronde el fantasma de un día que no es hoy.

Seguramente eso ocurrirá, pero un día que no es hoy.

 

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